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Religión/Senderos sábado, 14 de julio de 2018
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DOS MINUTOS

Yo no sirvo para eso

El discípulo no asume la tarea del Reino de Dios como una causa que le convence, sino en obediencia de fe.

  • Yo no sirvo para eso
Luis García Dubus
Santo Domingo

“¡Déjenme quieto, yo no sirvo para eso. Además soy empleado, y estoy comprometido con mi trabajo el día entero...!” Eso era lo que él había respondido cuando alguien lo invitó a formar parte de una comunidad.

Luego, por probar, accedió a ir un día.  Allí se encontró con otros iguales a él, que habían dicho algo similar:

“¡Yo soy ingeniero, y lo que hago es ocuparme de mi oficina!” “¡Soy médico y lo que hago es atender pacientes!”  “¡Soy abogado, y me ocupo de mis clientes!” “¡Soy ama de casa, y administro mi hogar!”  “¡Tengo una pequeña empresa, y trabajo todo el día!”

Sin embargo, desde hace años ya, se reúnen semanalmente y todos están allí, alrededor de alguien a quien no ven, y recibiendo mucho más de lo que se supone que estén dando.

En la primera lectura de la misa de este domingo aparece un hombre llamado Amós diciendo lo mismo: “No soy profeta, ni hijo de profeta, sino pastor y cultivador de higos”.  Pero luego añade: “El Señor me sacó de junto al rebaño y me dijo: Ve y profetiza a mi pueblo.”

Y Amós obedeció y empezó a repartir esperanza. Igual que el ingeniero, el médico, el abogado, el ama de casa, el empleado y todos los del ejemplo con el que comenzamos.

Ni Amós ni ellos son profetas ni hijos de profetas, pero no se han negado cuando Dios los ha invitado a acercarse a Él, y a dejarse utilizar por Él, aun sin ellos estar preparados, porque Dios no elije a los capacitados, pero capacita a los que elije.

Yo los conozco a todos, menos a Amós.

De ellos puedo decir con inmensa alegría que su existencia entera se ha convertido gradualmente en un signo de que el Reino de Dios ya está entre nosotros.

No es lo que puedan decir lo que más importa, es su vida misma lo que anuncia constantemente una presencia que la ha invadido, enriqueciéndola grandemente con dignidad, con esperanza, con fortaleza, con paz y alegría sobrenaturales.

En conclusión:

1. La misión no la elije uno

El discípulo no asume la tarea del Reino como una causa que le convence, sino en obediencia de fe. Su existencia entera se hace signo del Reino que ya está entre nosotros.

2. La misión es buena noticia

El Reino es la noticia de la presencia del Amor Absoluto, del verdadero, del incondicional, del gratis... del único amor digno de llamarse amor. Y es oferta de salvación, de liberación, de alegría y de paz.

3. La palabra nace de la abundancia del corazón

Lo que hemos recibido gratis, llenos de agradecimiento, lo compartimos con alegría.

Eso es la Iglesia: somos todo el pueblo de Dios en medio del mundo, pidiendo y permitiendo que “venga a nosotros su Reino”.

La pregunta de hoy

¿Por qué los envía el Señor de dos en dos?

Aquí está el sentido de toda amistad y de toda comunidad: acompañarse, animarse, alentarse, amarse y servirse de apoyo.

“¡Ay del solo, que si cae, no tiene quien lo levante!” pero “donde hay amor, ahí está Dios”.

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