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Religión/Senderos sábado, 04 de noviembre de 2017
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DOS MINUTOS

¡Qué grande es la humildad!

“Aprendan de mí que soy tolerante y humilde de corazón”, dijo en una ocasión Jesús, quien fue un modelo de humildad.

  • ¡Qué grande es la humildad!
Luis García Dubus
Santo Domingo

Cuando me lo presentaron, me llamó la atención su sonrisa franca. Él era un conocido empresario de Santiago, y no esperaba tanta sencillez en un joven de tan alta categoría socioeconómica.

Me alegré, porque íbamos a pasar la tarde juntos en una celebración deportiva en honor a mi querido amigo Andrés Bournigal, lamentablemente ido antes de lo que hubiera yo querido.

Poco después de empezar la actividad, se acercó a nosotros un empleado de baja categoría, y le llamó la atención en mala forma al joven santiaguero por algo que él juzgó que este último había hecho mal.

Me quedé esperando la reacción, ya que consideraba que no había razón para el “regaño’’, y menos aún en esa forma.

“Está bien”, fue toda su respuesta, “no se repetirá’’. Y seguimos adelante tranquilamente.

Yo creo que este era uno de los 30 caballeros. Nunca olvidaré aquella muestra de humildad de un joven rico que podría no ser más que un engreído.

Jesús, el Maestro, fue especialmente maestro en la humildad. Esta virtud no la pudo enseñar Platón, ni Sócrates, ni Aristóteles, quienes estaban lejos de ella, porque pretendían ser admirados y aplaudidos por su sabiduría.

Dice San Agustín: “Mejor es el hombre humilde que sirve a Dios que el que hace milagros”.

El humilde ve cualidades en los otros y reconoce sus limitaciones tranquilamente; no hay envidia en él, porque la envidia nace de la soberbia.

Hoy se refiere Jesús, aquel pobre carpintero de Nazaret, a los engreídos escribas (versados en la ley) y fariseos (miembros de una secta sumamente exigente) diciéndoles que su religión era una falsedad, porque “todo lo que hacen es para que los vea la gente… les gusta ocupar los sitios de honor… y que la gente los llame maestros’’ (todo lo contrario de la actitud del santiaguero).

Y añade: “Quien se alaba será humillado, y quien actúa con humildad será alabado’’.

“Aprendan de mí”, dice el Señor en otra ocasión, “que soy tolerante y humilde de corazón, y encontrarán descanso para su vida” (Mateo 11, 29).

Cuando Jesús dice: “Bienaventurados los pobres de espíritu”, quiere decir los que son humildes, aunque tengan mucho dinero. Es la primera “bienaventuranza”.

La pregunta de hoy
¿Cómo saber si soy humilde?
Dice la Biblia en Proverbios 27, 21: “Así como la plata se prueba en horno y el oro en crisol, así es probado el hombre en la boca de quien lo alaba”.

“Por eso hay que observar si a usted le pesa cuando lo alaban y estiman, o se ufana y contenta con eso. Ahí verá si es oro o es oropel”, dice San Gregorio.

Por eso le digo, amigo mío, que ninguna virtud deseo más que la humildad, porque dice el Salmo 27, 10: “Tú derramaste, Dios, una lluvia generosa sobre los humildes, y aliviaste su alma extenuada”.

De la humildad no brota la envidia, en cambio, produce como frutos la paz y la paciencia y también el amor, porque dice la Biblia: “Procede con humildad, y te querrán más que al pobre generoso” (Eclo 3, 17).

¡Qué grande es la humildad!

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