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El lado ecológico del olvido

Normalmente asociamos la pérdida de la memoria sobre episodios del pasado a una limitación cognitiva, cuando en realidad puede ser parte del buen funcionamiento del cerebro.

Sobre este fenómeno, muchos autores incluso reconocen las bondades del olvido ya que el cerebro actúa como órgano protector del dolor que nos produce recordar ciertas experiencias traumáticas.

El significado del olvido o de olvidar, interpretado desde esta óptica, adquiere otra connotación. Cuando percibimos que el cerebro actúa como mecanismo de defensa empezamos a darnos cuenta de las ventajas que tiene la fragilidad de la memoria en nuestra vida cotidiana.

Una vez atendí un cliente que le preocupaba no recordar nada antes de los cinco años y al trabajarle con ejercicios de re-improntación descubrió que fue el año que se separa de su madre y lo envía a vivir con sus abuelos. El trauma de este evento y no obtener ningún apoyo terapéutico, lo hizo borrar inconscientemente todo recuerdo del tiempo que vivió con ella.

Uno de los ensayos más interesante que he leído sobre la fragilidad de la memoria fue escrito por los psicólogos norteamericanos Jonathan Fawcett y Justin C. Hulbert.

Quise hacer referencia al mismo en esta columna pues confieso no haber sido consciente de esa perspectiva ecológica del olvido, aprovechando aclarar que en ningún momento nos hemos referido a la pérdida de la memoria producida por cambios complejos en el cerebro, como en el caso del Alzeheimer u otros tipos de demencia.

En la mencionada publicación titulada (traduzco) “Las distintas caras del olvido: hacia una mirada más constructiva sobre el olvido en la vida cotidiana”, los autores establecen que el olvido tiene sus virtudes y que, por lo tanto, su apreciación ha sido infravalorada, ya cuando olvidamos nos incomoda, pero cuando nos asiste lo pasamos desapercibido. En resumen, así como olvidar puede ser desagradable también recordar puede serlo.

Según los galenos, el olvido cumple tres roles distintos: el guardián, el bibliotecario y el inventor. Si analizamos cada uno de sus roles, podremos entender las virtudes a que refieren: el guardián nos facilita el perdón y el desarrollo de la resiliencia ante eventos donde hemos sido víctimas o victimarios, jugando un papel sanador.

El rol de bibliotecario refiere a un tipo de amnesia que clasifica nuestro conocimiento y nuestras experiencias en función de su utilidad, descartando aquello aquellos detalles del pasado, en que no hemos sido coherentes con nosotros mismos; ofreciéndonos la estabilidad; y por último en su rol de inventor el olvidar algunos eventos permite que volvamos sobre los mismos permitiéndonos identificar una nueva oportunidad y encontrar soluciones creativas a nuestros problemas.

En conclusión: “El mejor sistema de memoria no es aquel que recuerda absolutamente todo, sino aquel que regula el acceso a la información según las necesidades del entorno” según afirman Fawcett y Hulbert.

Licelotte Baigés

Trainer Internacional

en PNL