reminiscencias

La aciaga noche del 4 de junio de 1970

Prometí relatar en Reminiscencias sucesivas lo ocurrido esa noche. Fue un milagro sobrevivir aquel balazo, no destinado a mí, según dije en la anterior entrega, y debo hablar de las circunstancias en que ocurriera aquel hecho.

Ambiente en el centro de Puerto Príncipe, capital haitiana, en los años de 1970.

Ambiente en el centro de Puerto Príncipe, capital haitiana, en los años de 1970.Fuente externa

José Quezada, un amigo muy estimado, desempeñaba las funciones de Director de Corde, y me dijo que me iba a pedir un servicio profesional que iba más allá que los debidos como abogado de Fasaco.

Era la empresa estatal que manejaba las operaciones del Sisal, entre otras cosas, y comercializaba con diversos productores haitianos la materia prima de la fábrica de sacos. Me dijo el amigo José, (qepd): “Es posible que usted se asombre de lo que le voy a solicitar algo que, según me dicen, es delicado; Hay dos clientes de nacionalidad haitiana que dicen estar en peligro, pues recibieron un pago de setenticinco mil dólares, por sus ventas de sisal, pero ocurre que están alarmados porque su banco allá les exige detalles de ese pago.” Agregó: “Parece extraña la situación, porque dicen estar al día con el banco, pero usted sabe cómo son las dictaduras. Quizás temen que Duvalier mandara a averiguar algo; parece que hubo un intento de levantamiento y lo descubrieron; hay gente vinculada al Régimen en prisión y, según oí decir, parece que hay un capitán del ejército que fuera asesinado y expuesto una semana en descomposición en la galería de su casa, pariente de alguno de ellos. Lo que yo infiero, es que ellos temen la investigación del pago aquí, pensando que los puedan acusar de alguna responsabilidad allá.”

“Irían dos Contadores Públicos con usted para demostrar que el pago que se hizo aquí fue normal, dentro de las operaciones típicas, y que ha habido una especie de cuenta corriente fluida, conforme a lo que hacen todas las empresas, pero, no hubo solicitud de pago de parte de los clientes porque el sisal vendido tenía su precio y estaba ahí a su disposición.” Más o menos fueron las palabras de aquel servidor público ejemplar.

Mi respuesta no se hizo esperar: Cuente conmigo, pero sin pago de honorarios, pues de algún modo debo servir para aclarar esas cosas.

Dos días después nos dispusimos a viajar los Contadores Públicos y yo. Nos ocurrió que perdimos tres vuelos de Panamerican, que los llamaban “El Lechero”, entre Puerto Rico, Santo Domingo, Puerto Príncipe, Miami o Nueva York. En el último intento, que fue por pasaporte olvidado de uno de los viajeros, me exasperé y dije: No vuelvo más. Pero una gentil funcionaria de Panam nos arregló el viaje a través de Air France, volando al día siguiente por Puerto Rico. Tales eran los trastornos del viaje aéreo de entonces.

Llegamos por fin a Puerto Príncipe; iba, además, un diputado de Elías Piña, amigo de uno de los Contadores. Nos fuimos directamente al banco, donde nos esperaban y junto al escritorio de su Gerente había cuatro oficiales militares a su lado, de pie, y del otro lado, cuatro sujetos con traje de fuerte azul, una mujer a la cabeza.

La entrevista fue dramática, pues el Gerente, muy nervioso, preguntaba a los señores Sajous y Malebrache porqué se le había hecho ese pago. Entonces, yo intervine, notando el miedo del banquero en medio del silencio observador más temible y terminaron convencidos de mis explicaciones, o al menos eso nos dijeron.

Salimos para el hotel y luego fuimos a la Embajada. Allí estaba Pedro Casals Pastoriza, amigo entrañable de mi familia que resultara mi ángel salvador, según lo podré explicar en mi próxima Reminiscencia, que es la que tratará el relato de “la noche del balazo” que estuvo a punto de quitarme la vida.

Pedro, en un aparte, me dijo: “Este es un medio muy peligroso y los momentos muy difíciles y oscuros. Ten cuidado y mucha prudencia.” Recuerdo que sacó de su maletín un pequeño revólver y me dijo: “Si eso soy yo, imagínate cómo andan las cosas.”

Recuerdo, además, que el amigo José Quezada me visitó después de mi regreso y me hizo este comentario: “Usted no sabe lo preocupado que estuvo el Presidente, pero más lo estuve yo, que fui el que insistí tanto en que usted fuera a representar a Fasaco.” Naturalmente, yo le respondí citándole la visita que me hicieran en momentos separados don Armando Oscar Pacheco y Mario Imbert McGregor, mis dos amigos, según contara en la entrega precedente.

Debo decir al final de esta segunda entrega que todo será relatado con mayores detalles en la autobiografía que estoy tratando de impulsar bajo el título de “Lo que Pude Vivir”.

No obstante, he creído que mi gratitud de toda la vida para Pedro Casals Pastoriza, así como la de mi familia, me obliga a dejar para la tercera y última entrega el relato de la noche aciaga de junio de 1970.

Esto lo haré más extenso, como explico, porque en medio de los vendavales que tuve que vivir en la lucha política se me quiso degradar con infamias, y ocurre que mi conciencia no se perturbó en ningún momento porque estando en la Clínica Canape Du Vert, recibí la visita del señor Sajous y con lágrimas en los ojos se me acercó para susurrarme: “Gracias a usted, vamos a vivir.” Fue emocionante.

Verán ustedes, en realidad, porqué se salvaron, además, esos respetables ciudadanos haitianos.