QUO VADIS

El taxista embajador

A principios de los últimos gobiernos de Joaquín Balaguer, este tenía un compromiso político con un taxista de la ciudad de New York, el cual le había constituido un comité de apoyo en esa urbe y recolectado buena cantidad de recursos para su campaña. Este señor le había solicitado que quería ser embajador.

El presidente Balaguer no tenía la menor idea de donde colocar esa persona e instruyó a la oficina de Protocolo para que se le buscara el lugar más lejano posible donde tuviéramos embajada. Luego de muchas cavilaciones, el embajador Rodríguez Cabrer, Director de esa oficina, llevándose al pie de la letra de la petición presidencial, decidió recomendar que se designara en nuestra misión más distante: Japón. A lo que el presidente Balaguer accedió de inmediato y se procedió a solicitar el beneplácito.

Una vez recibido el beneplácito se emitió el decreto designándolo como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República Dominicana en Japón.

Al llegar a la urbe nipona, le recibió el encargado de negocio de nuestra Embajada y se solicitaron las citas correspondientes para la entrega de las copias de estilo al Ministro de Relaciones Exteriores y de las cartas credenciales al Emperador Hirohito.

Una vez le otorgaron la cita para visitar al Ministro de Relaciones Exteriores, el designado embajador expresó que él quería llevarle un regalo al Ministro, algo que no se estila en audiencias de este tipo, pero se lo permitieron ya que él tenía una gran insistencia de llevarle ese obsequio.

Cuando se sentó con el Ministro de Relaciones Exteriores le expresó que le había llevado un regalo que él iba a agradecérselo por toda la vida y entregó el obsequio, pero le exigió que abriera el regalo delante de él.

Cuando el japonés destapó el regalo, se quedó observando el objeto sin saber de qué se trataba, pues era una botella llena de unas raíces.

En una nota diplomática de la cancillería japonesa. que reposa en los archivos del Ministerio de Relaciones Exteriores, se señala que el referido embajador designado con gestos obscenos le explicaba las propiedades del producto al canciller japonés. Se trataba de una botella de mamajuana. Ya se podrán imaginar qué gestos le hacía para explicarle las virtudes de esos bulbos.

Ese famoso Embajador no solo ocasionó en esta ocasión un problema, sino que en diversas actividades oficiales vulneraba el protocolo establecido en una nación con un ceremonial tan estricto.

Incluso en una recepción el Palacio Imperial de Tokio, el día de natalicio del emperador Hiroito, en el momento en que salió el Emperador para dar un saludo, el embajador raudo y veloz, rompe el protocolo y llegó hasta donde se encontraba el monarca, (a los ocupantes del Trono del Crisantemo no se le deben tocar y solo se le hace una reverencia), pero el dominicano fue y lo abrazó, y le dio su tarjetita diciéndole: “yo soy el embajador dominicano, a su orden”.

Ese señor duró más de dos años en la posición, y llegaban constantemente notas diplomáticas de la cancillería japonesa notificando sus desmanes. No obstante, Japón tuvo que otorgarle la condecoración de la Orden del Sol Naciente, porque era un asunto de reciprocidad de Estado a Estado.