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EL DEDO EN EL GATILLO

Editorial Argumentos

  • Editorial Argumentos
Luis Beiro

Miguel Sang Ben me llevó a la editorial Argumentos, cuyo sello e imprenta acababa de adquirir. Para mí, fue como llegar a Austral o a Siglo XXI. Funcionaba en la calle Josefa Brea, casi esquina con José Martí, muy cerca del conocido hospital Morgan 17. Sería mi primer trabajo retribuido. De mi salario se descontaría una parte para cubrir el costo del apartamento que compartiría con dos jóvenes que en poco tiempo resultarían mis buenas amigas. Esos ingresos me permitirían mantenerme por un tiempo hasta tanto consiguiera otro empleo. Allí tendría que editar libros, buscar autores de prestigio y promover la publicación de libros de buena acogida en el mercado.

Al otro día comencé a viajar en las llamadas “banderitas dominicanas”, ómnibus que por cincuenta centavos me llevaban de la casa hasta la esquina de la empresa. Fueron tiempos donde aprendí la importancia de darme un “baño de pueblo”.  Miguel Sang Ben me lo había advertido: “Para que conozcas la sociedad debes moverte entre las altas, las medias y las bajas esferas”.

Los seis primeros meses de mi nueva vida transcurrieron entrando y saliendo de aquel local. Lo llegué a imaginar el centro del mundo no solo por la relación de amistad que sostuve con el personal de la imprenta sino porque el dinero que ganaba quincenalmente de inmediato lo cambiada en dólares (en la Duarte con París) y lo iba guardando hasta que procurara enviárselo a mi familia cubana.

Por  esa fecha, Dulce María Loynaz mereció el premio Cervantes de Literatura, y se me ocurrió preparar una antología poética y lanzarla al mercado. También contacté autores como Armando Almánzar (Cuentos en cortometraje), Huchi Lora (Las décimas de Huchi Lora) y Cuqui Córdova (Mellizo Puezán, el Indio de Acero). Trabajé con esos autores y logré que sus libros integraran el naciente catálogo de Argumentos.

Pero la tristeza no dejaba de golpearme la razón. Necesitaba escuchar la voz de los míos. Me revolvía la conciencia saber que viviría separado de ellos por un tiempo. Mi esposa y mis hijos quedaban a mansalva de la gracia de Dios en un país ateo. Ni qué decir de mis padres.

Todavía la fiebre del celular no había llegado a Santo Domingo y campeaban por sus respetos pequeñas empresas de comunicación internacional que por unos pocos pesos te conectaban a cualquier país, menos a Cuba, cuyas tarifas desorbitantes eran casi imposible de costear. Sin embargo, me las arreglaba dejando a un lado gastos menores para que mi intenso bigote y mis cabellos sin una sola cana pudieran relucir un poco mejor. Fervetel, Turintel, Darytel y otras terminadas en “tel”, exhibían sus casetas en la calle Duarte y a ellas acudía para que en un minuto, y  a veces menos, pudiera escuchar los lamentos de mi esposa, la sonrisa de mis hijos y el llanto de mi madre.

Un buen día, la editorial Argumentos trasladó su sede para la segunda planta de un viejo edificio en la calle Máximo Gómez, frente por frente al Cementerio que antecede a la famosa avenida 20. Como mi situación económica no era la mejor, Miguel Sang Ben me permitió dormir y comer allí para de esa forma no descontar más el costo del alquiler.

Solo que en aquel local, adornado con un hermoso sofá que serviría de cobija para mi cuerpo acostumbrado a caminar por las populosas calles de la ciudad, llenas entonces de gentes amables y venduteros variopintos, no tenía luz ni agua. Mi economía permanecía deficitaria y no estaba en condiciones de desviar un solo centavo destinado a mi familia a comprar cualquier tipo de iluminación convencional. El problema de la luz lo resolví una mañana de domingo dentro del Cementerio. Con una funda recogí una buena cantidad de velones a medio usar colocados alrededor de las tumbas. La procura del agua fue un poco más compleja. En el parqueo del edificio había una pila que goteaba. Pasaba incontables horas llenando cubos que, acumulados convenientemente en el baño del local, me servían para mis necesidades fisiológicas y de aseo personal.

¿Qué comía? Hice amistad con un vendutero que, al final del día, me procuraba de manera gratuita algunas frutas que por determinadas causas, sus clientes desechaban. Piñas, chinas, guineos… en fin. Después de subsistir, debía recoger el desorden bien temprano en la mañana para que al comienzo de la jornada laboral, nada indicara que aquel local también servía de morada a un peregrino asombroso y asombrado.

Creo que Miguel Sang Ben nunca imaginó mis venturas y desventuras por procurarme unos pesos más. Nunca se lo dije. Y conociéndolo bien, me imagino que, de saberlo, hubiera estallado en risa ante tan ingeniosa iniciativa.

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