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Ley de partidos, arios y chusma

  • Ley de partidos, arios y chusma
Manolo Pichardo

Como si la inteligencia estuviera secuestrada para todos,  así como se pretende plagiar la democracia, algunos veteranos de la política, otros improvisados que se entrenaron en el ejercicio politiquero, y unos cuantos “opinadores” sin el albedrío cerebral que le impone “la verde”, atacan, para ocultar su infeliz postura frente a la ley de partidos, afirmando que lo importante era tener la normativa electoral esperada por tantos años. “Por fin tenemos una ley”, exclamaron después que el burdel se convirtió en mesa para la disección del sistema de partidos.

“Qué insensatos han sido los que trataron de impedir una ley esperada por tantos años por disentir en un solo punto”. Con estas simples palabras sin fuerza argumentativa quieren ponerle humo al alba asumiendo una pobreza neuronal en el resto de los mortales que conoce las notas de cada partitura del arreglo musical urdido para adormecer: una canción de cuna, un chupete anestésico para que cúpulas partidarias amarren la democracia poniendo cadenas a los militantes de las formaciones políticas que son zapata , cuerpo y motor de ellas.

Detrás de ese solo “punto” (que los altos organismos de los partidos decidan el tipo de primarias) está  el secuestro de los partidos y la aniquilación de la chusma, que en términos de la biología política es la raza inferior representada en los militantes o los afiliados que entorpecen la concentración de poder que necesitan los arios para emprender los proyectos mesiánicos que incuban grandeza; un descomunal poder capaz de desafiar a la sociedad en su conjunto.

Es el darwinismo social visto desde un prisma nazi: los supremacistas políticos ven en la aniquilación de las razas inferiores (militantes) una necesidad que se hace natural. Pero sus vesánicos planes son expansivos, porque en su lógica la eliminación interna no es suficiente para llevar a “feliz” término su maquinación estratégica, pues es solo el primer obstáculo. De ahí los “planes ocultos”   que ven los veladores y defensores de la institucionalidad democrática que es la garante de la estabilidad, la seguridad jurídica y un estado de necesario para alcanzar el desarrollo.

Los externos que son objetivos políticos también, envueltos en sus “sabias” estrategias que le llevan a hacer causa común con las de la élite que se cree por encima de sus élites, juegan a la táctica y la estrategia sin distinguir entre una y otra; de ahí la visión borrosa, sus súbitos saltos de rama en ramas y los constantes cambios de rumbo que les encaminan a la pérdida de autoridad política y moral frente a sus dirigidos.

Lo estratégico es la toma del poder político, lo que se convierte en incierto si como organización de oposición los movimientos tácticos que se acometen se convierten en eslabones de la cadena que conduce al grupo supremacista a consolidarse como fuerza con el fin de barrer todo a su paso para lograr la perpetuidad. Es por ello que lo fundamental es defender la democracia aun cuando creamos que coyunturalmente no nos favorezca.

Ahora bien, si las élites se alían en expresiones fascistas, nacistas o falangistas para cerrar los espacios políticos de las mayorías (militantes), aquella chusma “biopolíticamante” inferior, entonces esas fuerzas populares deben arriar los colores partidarios e izar la causa democrática para salvar el sistema de partidos condenado a convertirse en plantilla de franquicias electorales de las cúpulas.

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