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Vladimir, Sammy y Cooperstown

  • Vladimir, Sammy y Cooperstown
Oscar Medina

El fin de semana Vladimir Guerrero se unió a Juan Marichal y Pedro Martínez en el Salón de la Fama del Baseball que tiene como sede el pequeño pueblo de Cooperstown al norte del estado de Nueva York. Un merecido reconocimiento a un atleta extraordinario: fuera de serie con el bate, excelente jardinero y rápido en las bases. Lo que se conoce como un jugador con las cinco herramientas.

Pero si bien las condiciones de Vladimir como jugador y los números que puso en su carrera de 16 años en las Ligas Mayores son extraordinarios ---y por ellos se ganó merecidamente un lugar en la inmortalidad---, son sus condiciones humanas lo que le hacen verdaderamente especial.

Guerrero nació pobre entre los pobres, en un pequeño paraje del Sur Corto en la desembocadura del Río Nizao. Abandonado por su padre junto a sus dos hermanos mayores, su madre se dedicó a levantar a esos muchachos luchando contra toda adversidad. Doña Altagracia mantenía a sus hijos con una pequeña fritura que colocaba en la esquina del parque de Don Gregorio y más adelante emigró a Venezuela a trabajar, desde donde enviaba religiosamente dinero a su madre a quien había dejado el cuidado de sus hijos, para quienes siempre fue un ejemplo de trabajo, disciplina, humildad y solidaridad… Mismos valores que Vladimir conservó aún encontrándose en la cumbre del éxito y luego de sepultar para siempre el fantasma de la pobreza.

Se mantuvo en su pueblo, allí invirtió buena parte de sus ganancias, ayudó a su familia a prepararse y apoyó los emprendimientos de familiares y amigos de infancia. En Don Gregorio, prácticamente todos los negocios tienen el apellido Guerrero en su nombre comercial o en su composición societaria.

Vladimir nunca ha tenido gustos estrafalarios. Lo que disfruta es compartir en la intimidad de su casa con amigos y familia. Cocinando unas tilapias o un chivo, y jugando dominó o softball… Y una tarde cualquiera ---ataviado con sus chancletas Samurái--- bajar al parque de su pueblo a “cherchar con los tigres”.  En Cooperstown esperará junto a Pedro y Marichal el arribo de David Ortiz, Adrián Beltre y Albert Pujols, tres peloteros excepcionales tanto dentro como fuera de las líneas de cal que en el transcurso de la próxima década inscribirán sus nombres en la inmortalidad, colocando a la República Dominicana en el lugar que se merece: A la cabeza de los países Latinos con más miembros en el Salón de la Fama.

Otros dominicanos deberían también estar en Cooperstown… O de camino… Pero vínculos con el uso de medicamentos para mejorar el rendimiento deportivo harán muy difícil su ingreso al Olimpo del Baseball.

Al menos mientras la MLB no encuentre una solución para abordar el espinoso tema de los récords y hazañas establecidas en lo que se conoce como la “Era de los Esteroides”.

Manny Ramírez, Alex Rodríguez y Robinson Canó fueron suspendidos por haber dado positivo a pruebas antidopaje. Y eso, lamentablemente, pesará por siempre al momento de pasar balance a sus brillantes carreras.

Pero ese no es el caso de Sammy Sosa, quien nunca dio positivo a una prueba antidopaje ni fue suspendido dentro del protocolo de control de sustancias prohibidas, y con quien se está cometiendo una gran injusticia castigándolo con votaciones impropias de la carrera del toletero petromacorisano.

Sammy fue una estrella desde que llegó a las Grandes Ligas. Era, así como Vladimir, un pelotero con las cinco herramientas. Antes de la Era de los Esteroides ya había alcanzado logros importantes, entre ellos dos temporadas con 30 o más jonrones y 30 o más bases robadas. Y se retiró con más de 600 jonrones y más de 1600 carreras impulsadas.

A pesar que no existen evidencias de que los utilizó, no hay dudas que Sammy está marcado por los esteroides.

Pero también es evidente que se le está castigando por algo que va más allá del supuesto uso de sustancias prohibidas.

En la última votación para Cooperstown sólo recibió 33 votos, para un siete por ciento que apenas le permite mantenerse en las boletas. Mucho menos que jugadores sancionados y con probados vínculos con sustancias prohibidas como Roger Clemens o Barry Bonds… Lo que constituye un gran abuso en contra de este gran atleta y mejor persona.

Un pelotero a quien, además, el baseball le debe demasiado. Ya que protagonizó junto a Mark McGwire aquellas épicas batallas de jonrones con las que atrajeron la atención del público… Aumentaron los niveles de audiencia y revirtieron la acelerada pérdida de afi cionados que veníam sufriendo las Grandes Ligas tras el cierre patronal que frustró a la campaña del año 1994.

Gracias a ese repunte la MLB firmó contratos de derechos de televisión por miles de millones de dólares… Sin embargo los grandes benefi ciarios de ese negocio hoy condenan al ostracismo, con indecente doble moral, a un dominicano que nos llenó de gloria, y que con su bate nos hizo vivir momentos inolvidables.

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