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Integración e ideología

  • Integración e ideología
Manolo Pichardo

Un debate ríspido fluía entre argumentaciones de peso, peroratas insustanciales, oraciones sucesivas inconexas y desviadas de los elementos normativos y conceptuales que forman la base de un proceso de integración regional; un exhibicionismo discursivo de los que siempre procuran un goce individual (en solitario, a lo interior), que no es más que buscar desembocadura en un orgasmo intelectual, caracterizaron el inicio de la reunión plenaria del Parlamento Centroamericano (Parlacen) el pasado mes de enero.

 Un punto de agenda de esos que por ser de orden administrativo distrae a los parlamentarios de los asuntos que deben enfocarse con mayor seriedad y niveles de conciencia, llevó al encendido debate que, por suerte, devino en cuestiones de fondo, como la existencia de las llamadas Bancadas Nacionales, los Grupos Parlamentarios y la disposición en que deben estar agrupados los diputados en sus curules.

 Se me ocurrió plantear, como lo he venido haciendo, que las Bancadas Nacionales no son una expresión jurídica del tratado Constitutivo del Parlacen, sino que son el producto de una medida de carácter administrativo que en su momento, hace poco más de una década, respondió a cuestiones presupuestarias, debido a que las cuotas aportadas por los Estados desde 1991, resultaban insuficientes para que los Parlamentarios permanecieran por dos semanas o más en el país sede, pues el dólar se había devaluado tanto que hacía imposible sostenerse por tantos días con los viáticos rebajados en términos de la capacidad de compra. He venido argumentando que las Bancadas Nacionales no deben existir; que solo debemos ser  oficinas operativas, porque resulta un contrasentido “trabajar” por la integración regional y actuar como país y no como bloque. Este argumento me condujo a reflexionar, como lo he hecho en repetidas veces, sobre la forma en que están agrupados los diputados en la Plenaria. Insistí en que agruparlos por bancadas nacionales es un absurdo, que las curules deben estar dispuestas para congregar a los Grupos Parlamentarios, que son expresiones de formaciones partidarias con identidades ideológicas determinadas.

 Un amigo de mucha experiencia y formación, exvicepresidente de un país que aprecio, salió en defensa de las Bancadas Nacionales e incluso sugirió que deberían ser incluidas en una reforma al Tratado, porque las ideologías están desapareciendo. Fuera del salón de debates le expliqué lo irracional de sentar en un mismo espacio a ultra conservadores y liberales, cuando en los grupos parlamentarios habían fijado posiciones en bloque sobre los temas que se discutan en Plenaria; que lo lógico era agruparlos para que tuvieran la facilidad de estar cerca para consultas, como hacen los parlamentarios europeos.

 Pareció convencido, pero en cuanto a lo ideológico se mantenía firme, obviando que las ideologías son sistemas de ideas que expresan una visión del mundo; son las maneras en que concebimos la responsabilidad y los fines del Estado, el manejo de la economía, la salud, la educación, el concepto que tenemos de democracia y libertad; todo partiendo desde una perspectiva clasista, religiosa, filosófica; en fin, cabe aquí la corriente expresión de que “cada cabeza es un mundo” para entender que siempre habrán diferentes puntos de mira, y por tanto, ideas que se conjuguen para parir ideologías. De hecho el discurso de la muerte de las ideologías tiene una base ideológica que procura el cese del debate para que el punto de mira de las  clases dominantes prevalezca de forma natural y sin cuestionamientos.

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