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FUERA DE CÁMARA

Cartas en el otoño

  • Cartas en el otoño
CÉSAR MEDINA
lobarnechea1@hotmail.com

Siempre he creído que el otoño es la mejor estación del año para estar en Nueva York. De él, del otoño, guardo algunos de mis mejores recuerdos “de la juventud de mi vejez”, como le llamó García Márquez a los primeros años de su edad adulta en una de sus obras cumbres: “El Otoño del Patriarca”, escrita sin puntos, sin comas…

… Sólo que en mi caso esa historia va entrepunteada y entrecomillada porque debe escribirse a partir del nacimiento de un amor pródigo en ternuras y realizaciones personales y profesionales --que por 23 años viví junto a mi excompañera Myrna Pichardo--, y el inicio de una vejez con la prematuridad de un cáncer voraz contra el que lucho a brazos partidos.

Pero el otoño en Nueva York es siempre bonito, agradable, con la frescura propia de esta estación que alcanza a enfriar la piel sin calar los huesos, para lo cual basta un abrigo ligero, unos jeans y cómodas zapatillas para andar largas jornadas a pie sin sufrir cansancio y sin agotar la vista ante tanta belleza joven y alegre.

Por eso no puedo sustraerme por muchas horas seguidas sin desafiar las brisas pre invernales y darme una escapadita por Times Square o desde mi refugio en el Upper East Side atravesar las avenidas Tercera, Lexington, Madison y Quinta hasta penetrar al Parque Central, y agotar horas en la vida contemplativa sin más nada qué hacer que apreciar la grandeza de la naturaleza y de lo que es capaz de hacer el hombre sobre ella.

Las hojas multicolores cayendo precipitadas con la más leve brisa forman una alfombra espectacular que no puede escapar al ojo más indiferente mientras los árboles comienzan a mostrar el esqueleto reseco que en unos meses volverá a reverdecer con la llegada de la primavera.

En este marco de belleza natural leo con deleite esta carta que me envía desde Bruselas mi amigo querido y compañero de siempre, Aníbal de Castro.

… “Antes De Comenzar”
“Mi querido amigo: Fue esta mañana, muy temprano, cuando leí tu artículo de ayer y, a seguidas, el de hoy. Manera triste de comenzar el día, de frío invernal y sol brillante pese a ser otoño.

“Nimiedad, quizá; coincidencia, sin duda. También ayer lunes me desperté aún más temprano, sobrecogido un tanto por lo que acababa de soñar: Me encontraba no sé dónde, pero apareciste sorpresivamente, bien vestido y con buen semblante.

Coloquialmente, te pregunté extrañado qué ocurría.

Respondiste que habías respondido muy bien al tratamiento y que el médico te había dado permiso para que viajases al país por unas semanas y luego regresaras para el seguimiento de rigor.

“En esa nebulosa en que de ordinario se envuelven los sueños, de repente estábamos en el comedor de tu casa donde tantas veces hemos compartido. La misma comida de siempre, con el concón universal como protagonista. Dijiste esta vez, sin embargo, que con el tratamiento habías perdido un poco el apetito y que te habías acostumbrado a espaciar las comidas.

“Te serviste moderadamente con el aviso de que en un par de horas volverías a comer. A esto respondí que me quedaría en el apartamento a esperarte y acompañarte nuevamente a la mesa.

Los recursos anclados…
“El subconsciente, querido amigo, nos trabaja. Ahí están anclados todos esos recuerdos y experiencias que, de no estar semiocultos, nos amargarían la cotidianidad. O nos la alegrarían. Pasado y presente se unen de manera inexplicable y se nos revelan en los sueños.

“Soy un descreído como para darles a los sueños categoría de vaticinio. Pero, qué bueno sería reencontrarnos en el Santo Domingo de siempre, en esa rutina cuyo cumplimiento equivale a un pacto con la vida.

“Las pequeñas cosas se agrandan cuando se extrañan o desean con vehemencia. Como el imperativo que he hecho mío de que mejores y volvamos a trabajar, a descorazonarnos; celebrar, quejarnos y, en fin, reemprender la rutina de vivir.

“Un abrazo. Aníbal De Castro”.

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