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La Vida viernes, 18 de mayo de 2018
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COSAS DE DIOS

Él sí les teme

  • Él sí les teme
Alicia Estévez
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Quiero hablarles de las temibles “viejas beatas que llenan las iglesias”. Doña Lidia tiene mucho más de 80 años, camina con dificultad porque sufrió un quebranto severo en las piernas superado tras recibir sanación del Espíritu Santo, así lo testifica a donde va. Ella visita enfermos para rezar El Rosario.

No acepta que la lleven en vehículos, prefiere caminar, a fin de dar testimonio de su recuperación y cumplir con la promesa que le hizo al Señor cuando la sanó, que se dedicaría a servirle.

Adalgisa cumplió 81 años. Imparte los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, basados en el maravilloso método para orar de este santo. Adalgisa, además, imparte talleres, como uno sobre discernimiento, que nos enseña a diferenciar cuándo un pensamiento viene de Dios, de nuestra debilidad humana o de otro lado.

Bilita es una jovencita de 80 años.

Va en auxilio de todo aquel que la necesite. Preside una fundación que ayuda a niños y estudiantes de abogacía de escasos recursos.

Además, sirve en su parroquia, sin respiro, día tras día.

De todas, Malvina es la que más me impresiona. Imparte retiros con la Renovación Carismática y, cuando la vi, creí que aquella señora, en sus ochentas, no podría mantenerse en pie, pero me tocó participar del encuentro con Jesús más poderoso y transformador de mi vida, encabezado por esa pequeña viejita cuya voz, clamando a Dios, sonaba como un trueno.

Y, por último, en la Comunidad de la Visitación y la Reconciliación, sirven mujeres de 60, 70 u 80 años, que oran por quienes acuden en busca de ayuda espiritual.

Ellas interceden ante Dios con tal asertividad que, además de encontrar la respuesta que buscas, superas cualquier duda de fe.

A las citadas aquí, y otras muchas, hay quienes las llaman “las viejas beatas que llenan las iglesias”.

Parecen inofensivas, la verdad, pero han sido instrumentos para derrotar el mal en infinidad de ocasiones.

El poder que Dios ha confiado en sus manos solo lo conoce Él y nuestro enemigo, el adversario. Por eso, de una cosa estoy segura, a esas viejitas, el diablo les teme

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