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COSAS DE DIOS

Los colmillos

  • Los colmillos
Alicia Estévez
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Mozzarella era un buldog inglés impresionante, enorme y hermoso, con unos colmillos que daban miedo. Un amigo, de visita en casa un día en que Mozarrella fue nuestro huésped, exclamó al verlo: ¡Qué hermosura de perro! Otros tendían a retirarse porque parecía temible. Pero era manso, de hecho, murió el pasado sábado sin haber usado jamás sus colmillos para atacar a nadie.

Tenía en las mandíbulas las piezas necesarias para haber causado mucho daño a cualquiera, pero nunca las usó. Y esa existencia de Mozzarella, que se marchó de este mundo sin demostrar su capacidad para herir, me lleva a reflexionar sobre nosotros, los seres humanos.

Todos llegamos, como Mozarrella, dotados de armas que podemos utilizar contra los demás. En el caso del perro eran sus colmillos, en el nuestro, puede ser una lengua afilada, que responde como un fuete a la menor provocación; una mente brillante, que deja en ridículo a cualquiera que ose desafiarla; unos brazos poderosos, capaces de destruir con un esfuerzo mínimo al enemigo; unos recursos económicos que nos permiten humillar a los demás o una belleza apabullante,  que abate cualquier autoestima.

En fin, así como cada quien nace con su debilidad a cuesta, todos traemos nuestros propios colmillos habilitados para devorar al prójimo. El tema está en si los usamos o no. Si nos vamos a morir, como Mozarella, sin mostrar cuánto daño pueden causar nuestros dientes, cuánta destrucción somos capaces de generar con nuestras palabras o con nuestras acciones.

Quisiera decir que he usado poco mis colmillos, pero he devuelto los ataques y herido tanto como he sido herida.  Me ha faltado la mansedumbre necesaria para guardar mis armas ante el zarpazo ajeno. Lo cierto es que se necesita más valor para mantener el arma enfundada, mientras el otro te agrede, que para hacer uso de ella a fin de defenderte. En eso Jesús es el gran Maestro. Imagine si el hijo del Rey del Universo hubiese usado todo su poder contra sus enemigos. En lugar de recordarlo por la forma positiva en que usó ese poder, para sanar, para liberar, para salvar a los suyos de la furia del mar y los vientos, ahora lo recordaríamos por su capacidad de destrucción.

Por eso toca pensar,  antes de exhibir la fiereza de nuestros colmillos, si queremos ser recordados por nuestra capacidad de dañar o por nuestra capacidad de dar amor, como recordamos hoy al manso de Mozzarella, quienes le quisimos.

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