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La República jueves, 12 de octubre de 2017
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REPORTAJE

Mendigos abundan en calles y avenidas de la capital

ES LA MENDICIDAD DESNUDA BAJO LA GRAN FAROLA SOLAR QUE CAE IMPLACABLE SOBRE ESAS VÍAS PÚBLICAS, SU ÚNICA SALIDA PARA SOBREVIVIR

Guillermo Pérez
guillermo.perez@listindiario.com
Santo Domingo

Pululan por todas partes, como en rondas improvisadas entre espacios de vehículos, en un flujo constante a través de flancos de calles, avenidas y aceras de la capital.

Se lanzan como tropel hambriento sobre unidades atascadas por los taponamientos o a espera de un cambio de luces de semáforos, extendiendo sus manos sudorosas con hábiles movimientos, golpeando cristales de las unidades, mientras piden dinero o comida, lo que sea, ante conductores y viajeros.  

Aun con sus limitaciones motoras, se han adaptado de tal forma a sus necesidades que muchos dejan ver esa mutación en sus desplazamientos presurosos, con impulsos sobre el pavimento, coordinando el próximo paso ventajoso, y evadiendo por reflejos las amenazas de un golpe fatal del metal de autos que tantas veces han lastimado sus cuerpos.  

Son pedigüeños, gente sana y enfermos, con alguna limitación de sus facultades físicas o mentales. Algunos muy lánguidos y anémicos, pobres y harapientos, que han ocupado la vías públicas del país, en masa, provenientes de numerosos espacios poblados, barrios y campos, donde parece que no hay acogida para ellos ni oportunidades para proveerse de la subsistencia.

Pedigüeños al desnudo
Es la mendicidad desnuda bajo la gran farola solar que cae implacable sobre esas vías, única alternativa de muchos para no morir de hambre. Como no hay programas que les saque de las calles, evalúe su estado de salud, los alimente y prepare para encarar sus días por venir estarán bajo luz y sombra durante mucho tiempo.

En estos tramos y cruceros de Santo Domingo, entre el ruido ensordecedor de los autos, la maldición de alguien molesto por su presencia que los consideran un estorbo social, están y sufren muchas víctimas de rupturas familiares y personales, con situaciones asociadas a la pobreza, el desempleo y la miseria.

Haciendo hogar sin resistencia
Para suerte suya, no se toparon con resistencia alguna aquí y se han quedado en su mejor lugar: las vías públicas. Y siguen allí, todos los días, a merced del sol abrasador que cae como infierno sobre ellos, de la lluvia que estropea a veces sus planes, ante el rechazo o maltrato de indolentes.

Una mirada compasiva de ellos, dejando aparte a algunos que hacen de “avivatos” o “cuentistas”, vagabundos, ladrones o drogadictos, terminará frente a rostros quebradizos de ancianos, menguados en fuerzas para levantar sus flácidas manos y recoger la moneda de un piadoso, igual que niños de las calles formando un regimiento de inocentes, abandonados a su suerte, o usados por familiares para este riesgoso vivir, y adultos con marcas de problemas de salud.

Es una actividad improductiva y parasitaria, considerada en el sector de la economía como la más secundaria y precaria.  

Un detalle relevante de este triste problema está presente en las características especiales de tal tipo de comunidad que se ha “soltado” a las calles a vivir en nombre de la mendicidad: Una cofradía de dominicanos, haitianos y, pocos pero presentes, algunos venezolanos.

Este cuadro es parte del paisaje miserable pintado cada día en las atoradas vías capitalinas, básicamente aquellas de mayor congestionamiento, o próximo a semáforos y aceras. Las avenidas 27 de Febrero, Máximo Gómez, Abraham Lincoln, Winston Churchill, Independencia, Duarte, Lope de Vega, Kennedy, Nicolás de Ovando, y otras, son un espejo diario de este problema, que además se convierte en un peligro a su seguridad, y dificultades mayores para los conductores.

Un medio para subsistir
Otro detalle de tan feo pasaje urbano es que este caso ha pasado de ser un medio de subsistencia de pordioseros y vagabundos, para convertirse en una especie de “oficio” del que, probablemente, nadie querrá ser expulsado. Muchos, como aquellas mujeres con niños entre brazos, incluso con meses de nacidos, fingiendo sufrir de enfermedades, y otros con carteles que describen padecimientos, y algunos con brazos y piernas encorvados entre su ropa, simulando mutilaciones, suman más carga a esta vergüenza para la imagen de la capital.

Una carga de pena
Al solicitar un par de monedas, sus gestos para lograrlo llevan una carga de pena. Ruegan del favor ajeno con insistencia, llegando a veces hasta una desgarradora humillación.

Gran parte usa el dinero para comprar un bocado de comida, otros se van al colmando por alcohol o listos para una porción de drogas que más tarde oscurece, como nubarrón de paso, todos sus problemas y sufrimientos.

Durante tantas horas moviéndose en espacio abierto, con miles de ojos volcados sobre su hacer diario, escuchando sonidos de bocinas por todas partes, enfermos o pedigüeños, “vivos” o malhechores, aprovechan tiempo y se recogen para comer algún bocado, tomar agua o hacer de sus necesidades fisiológicas donde lo reclamen los infaustos ahogos del cuerpo.   

Parte de estos pedigüeños y gente con lesiones físicas tienen sus supervisores.  Padre o madre, o un pariente cercano. La mendicidad también opera como negocio. Mientras se pasan horas pidiendo y exhibiendo sus marcas o cicatrices, piernas o brazos mutilados, o pregonando inventos de sus desgracias, detrás de cualquier sombra u obstáculo le acecha un mandón y controlador. Les protegen para que nada les pase, pero al final recogen parte de sus ganancias.

Es lo más conmovedor que puede presenciarse en una vía de Santo Domingo, cada día, exceptuando un domingo solitario, cuando de las lecciones de sus vivencias han aceptado que también les toca un día para descanso.

Se retiran, y luego, al próximo día, bien temprano, están de vuelta en las calles, con la misma rutina e igual historia sobre sus infortunios.  

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MENDICIDAD: UNA PRÁCTICA DE PEDIR LIMOSNA

Para que el fenómeno de la mendicidad sea un hecho, tiene que haber dos partes constituidas: el mendigo y el que da, y se considera benefactor.

Esta práctica puede generar una serie de interacciones simbólicas, psicológicas, materiales o emocionales.

Esta actividad incluye a todas las personas cuya situación social es la desigualdad social y económica y, por tanto, la pobreza, el desempleo y el desarraigo por carecer de ingresos para vivir.

La desigualdad social, el desempleo, explotación laboral, diversos accidentes, migraciones, la avanzada edad, el vagabundeo y autoabandono, las enfermedades mentales, e incluso, la negativa a recibir ayuda, son algunos de los motivos más frecuentes.

Poco a poco, en el país ha ido desapareciendo la creencia de que la gente que pedía en las calles lo hacía, básicamente, por problemas con el uso de drogas, consumo de alcohol o alguna deficiencia mental.

El problema de la mendicidad implica pedir dinero a la gente en las calles, a choferes, acompañantes y pasajeros.

Estos tienen distintos lugares de colocarse a pedir. Por ejemplo, a la entrada de una iglesia, un colmado, una fiesta, un evento deportivo o un hospital. Pueden solicitar, además de dinero, ropa, alimentos y  medicinas.

La mendicidad, en un contexto religioso, también puede ejercerse por voluntad propia, como en el caso de las órdenes uuuuurante horas moviéndose en espacios abiertos, con miles de ojos volcados sobre ellos, con sonidos de bocinas por cada flanco, mendigos y lisiados, “vivos” o malhechores, aprovechan tiempo y se recogen para comer un bocado, tomar agua o hacer de sus necesidades fisiológicas donde  lo reclamen los infaustos ahogos del cuerpo.

Parte de estos pedigüeños y gente con lesiones físicas tienen sus supervisores.  

Padre o madre, o un pariente cercano. La mendicidad también opera como negocio.

Es lo más conmovedor visto en una vía de Santo Domingo, cada día, exceptuando un domingo solitario, cuando, al fin, se retiran a un descanso.

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