Zona Este 17 Noviembre 2012
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PAREJA
Herramientas que elevan el “ancla”
En el artículo pasado, hicimos una analogía entre el ancla y el matrimonio; cómo algunas situaciones detienen el crecimiento de nuestra relación, mientras que otras, nos ayudan a elevar el “ancla”
Licda. Silvia Suriel
Pastora y Terapeuta Familiar
centef@hotmail.es

Retomando el tema del artículo anterior, ahora vamos a responder la interrogante de uno de nuestro lectores, que nos pregunta: “¿Cómo me libero de esta rabia, cómo saco todo este dolor, cómo arranco la amargura que me ha causado mi pareja?”

Amado amigo, antes de contestarte quisiera hacerte consciente de que la falta de perdón no sólo afecta nuestras emociones y relaciones, sino también nuestra salud física. La mente es parte del cuerpo y es ahí donde se generan los pensamientos y emociones positivas o negativas que actúan en nuestras células y órganos en sentido general. Por lo que, mientras más rápido saques el veneno llamado rencor que está contaminando tu cuerpo, más rápido obtendrás la salud mental, emocional, espiritual y física que deseas.

¿Qué debes hacer para poder perdonar?

Reconoce que la falta de perdón tiene anclada tu vida, y los efectos que está causando. No importa quién tenga la razón, si te lo merecías o no , si hiciste algo para ganar esa ofensa o no, si fue injusto o no, si esa persona merece o no tu perdón. Lo que importa es que reconozcas que estás lastimado, que por más que has tratado de olvidarlo no has podido, y que el dolor que te provoca esa herida está afectando todas las áreas de tu vida.

Pon cada cosa en su lugar. Normalmente, cuando nuestras emociones son laceradas, hacemos una mezcla de los eventos pasados con los del presente y hasta predecimos los futuros. Concéntrate, limítate a ver y a examinar la situación actual.

Busca la libreta de ahorros de tu matrimonio y chequea los “depósitos”. Haz memoria de todos los buenos y gratos momentos que han compartido juntos; simplemente, tráelos a tu memoria aunque no quieras, y aunque entiendas que no vale la pena, recuérdalos.

Humaniza a tu ofensor. Recuerda que nadie es perfecto, ponte en el lugar de tu pareja. Trata de identificar qué le llevo a hacer eso y no te conviertas en víctima. Recuerda: “El que esté libre de pecado, que lance la primera piedra”.

Comparte tu carga. Busca a alguien imparcial con quien hablar. Al igual que la dinámica de expulsión que se da cuando vomitas, saca de tu boca las palabras que te ahogan y verás que te sentirás mejor.

Enfréntate a tu ofensor. Por lo general, lo que se espera es que la persona que nos ofendió nos pida perdón. Pero no se trata de quién da el primer paso;  se trata de que tienes que liberarte y que el expresarle a esa persona tu decisión (te perdono) es el paso que hace oficial esa disposición y te compromete con tu proceso de curación.

Ama tu cicatriz. Todas las heridas dejan una marca. ¿Cómo sabes que has perdonado? Cuando tienes una cicatriz (herida sanada) y puedes verla sin dolor, ni lamentos. No se trata de olvidar, quizás nunca lo harás; se trata de que cuando pienses o veas a esa persona, puedas hacerlo de una forma positiva, sin que el pasado afecte tu relación presente.

Busca la ayuda sobrenatural de Dios. Dice la Biblia (el manual de vida) en Mateo 6, que una evidencia de que Dios es el Señor de tu vida, es la capacidad que tienes de perdonar aún a tus enemigos.

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