Las microempresas han querido ser
identificadas por el valor de su inversión, los empleos que generan y el manejo
del negocio. Los valores y la complejidad del manejo implícito son los que
unidos deben definir una microempresa, no uno solo de estos parámetros; sino
todos a la vez.
El desarrollo de este tipo de negocios en
nuestro país, igual que en otros, se encuentra obstaculizado por los criterios
que han primado en los administradores del Estado. Aunque de manera demagógica
en el pasado se usaba la microempresa como tema de campaña para ganar votos y
por estos conseguir el poder.
Sin embargo, ahora en este nuevo siglo
con el surgimiento de nuevos gobernantes se ha presentado un criterio pro
desarrollo de manera más sincera. Es por tanto el momento a aprovechar para
contribuir a su verdadero desarrollo.
Esto así, debido a que un desarrollo en ese sentido contribuye de manera
clara a la reducción de la pobreza, por sus efectos demostrados de creación y sostenibilidad de empleos en los
niveles inferiores de la sociedad.
No obstante, me preocupa el criterio
manifestado por Mayra Jiménez, directora del Consejo Nacional de Promoción y
Apoyo a las Micro, Pequeñas y Medianas Empresas
(Promypime).
Es de su opinión, que en vista de que “el
pobre paga”, solo es requerido un seguimiento de parte del ente crediticio
pos-crédito. Grave error, ese seguimiento o asistencia técnica debe ser
provisto por una institución, el Instituto de Formación Técnico Profesional en
República Dominicana (Infotep), por ejemplo.
Dicha institución debe ser ajena al crédito; aunque con relaciones formales con
el proveedor de este. Esa asistencia debe ser antes y después del crédito y
debe tener como objetivo: 1) Poner el micronegocio en condiciones de recibir el
crédito y 2) Contribuir con el buen manejo administrativo del mismo.