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31 Octubre 2014, Santo Domingo, República Dominicana, actualizado a las 4:31 PM
Ventana 5 Enero 2013
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VENTANA AL EXTERIOR
Shakespeare and Company 
LA LIBRERÍA MÁS BOHEMÍA DE PARÍS ES VISITADA POR CIENTOS DE PERSONAS CADA AÑO Y ESCONDE VARIOS TESOROS
  • Comienzo. Durante sus inicios, el emplazamiento de la primera Shakespeare and Company estuvo en la rue Dupuytren, luego se trasladó al número 12 de l’Odéon.

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Sorayda Peguero
Barcelona, España

“Mi país es el mundo, mi religión es la humanidad”. Las palabras de George Whitman acompañan un dibujo de su cara colgado en la pared frontal del primer piso, en la sección dedicada a jóvenes adultos, junto a un rincón adaptado para que los niños lean cuentos y cuelguen pequeñas anotaciones que van dejando como constancia de su visita. En el cuarto contiguo suenan las notas del viejo piano, lo puede tocar quien quiera. Esta vez, se anima el presentador de un programa de televisión que, junto a su equipo, persigue el rastro de la bohemia parisina. Están hablando en catalán de la ópera de Puccini cuando alguien que atraviesa el umbral de las escaleras se acerca a la puerta y murmura: “this is a magical place!” (este lugar es mágico). 

 En el escritorio que preside la biblioteca dedicada a Sylvia Beach, una joven pelirroja desenfunda su ordenador portátil y acomoda sus notas. Está ensimismada en la tarea de preparar su terreno y por la sonrisa que se le dibuja en la cara adivino que se alegra mucho de estar aquí. Sin duda, es una tumbleweed; así llamaba George Whitman a los escritores noveles, artistas, poetas y filósofos que continúan viniendo de todas partes del mundo buscando Shakespeare and Company, la mítica librería con vistas al Sena ubicada en el número 37 de la rue de la B°cherie de París. El trato es sencillo: basta con echar una mano ordenando las estanterías, leer un libro hasta el final y redactar una breve biografía que incluya una foto. A cambio, el aventurero tendrá a su disposición una cama y una taza de té caliente. La máxima de Whitman era “Da lo que puedas, toma lo que necesites”. La hospitalidad y el trato amable que el escritor recibió durante sus andanzas de juventud por Centroamérica forjaron  la regla de oro que aún conserva este pequeño refugio de letras anglosajonas, en el que se mezclan las pirámides de libros antiquísimos y raros con publicaciones más nuevas que abrigan de arriba abajo todas las paredes. 

El emplazamiento de la primera Shakespeare and Company estuvo en la rue Dupuytren, luego se trasladó al número 12 de l’Odéon. Era el otoño de 1919 cuando Sylvia Beach inauguraba la librería que pronto se convirtió en referencia y punto de encuentro para los jóvenes escritores norteamericanos que llegaron a París en tiempo de entreguerras. Beach se erigió en una suerte de mecenas literaria que encumbró a muchos de sus paisanos expatriados. Fue la primera en editar Ulises, la obra maestra del escritor irlandés James Joyce, que en reiteradas ocasiones había sido rechazada por otros editores. Escritores de la denominada ‘generación perdida’, como Ezra Pound, Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway y Gertrude Stein, acudían a las  tertulias de la librería que también fungía como biblioteca, contaba en su lista de suscriptores con el poeta T. S. Eliot y recibía las visitas habituales de Pablo Picasso y André Bretón. Durante la ocupación alemana, Beach fue arrestada y enviada a un campo de concentración por resistirse a vender un libro de Joyce a un oficial nazi. Como consecuencia de esta desafortunada experiencia para la librera, las puertas de su establecimiento permanecieron cerradas incluso después de que ésta fuera puesta en libertad. 

 Años más tarde, llegó a París un hombre de carácter excéntrico que traía en su modesto equipaje un puñado de sueños peregrinos y una idea que él mismo definía como “una utopía socialista camuflada bajo la forma de una librería”. George Whitman se instaló en una habitación del Hotel Suez, cerca de La Sorbona, donde improvisó una biblioteca de intercambio que acabó por quedarse pequeña y que luego se transformó en un kiosco. En 1951, aquel soñador que AnaÔs Nin recordaba en su diario como “un desnutrido con barba, con pocas ganas de vender y sin dinero”, apostó por algo más formal que aquella pequeña biblioteca de cuarto de hotel. Con la ayuda de una herencia, adquirió un antiguo monasterio del siglo XVII y, haciendo un guiño a su primer amor, bautizó la materialización de su sueño con el nombre de “Le Mistral”. Tras la muerte de Sylvia Beach, en 1962, la librería que en los años 50 alojó a los escritores de la generación ‘beat’, fue rebautizada por Whitman como Shakespeare and Company para rendir tributo a su amiga.   

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UNA ESTRUCTURA LABERTÍNTICA

En la planta baja está el viejo pozo de los deseos, al que le siguen lloviendo las monedas y los encargos. Las obras de Paul Auster, Peter Carey, Dickens, Oscar Wilde y Virginia Woolf, entran y salen de las estanterías, marcando el ritmo de una danza solemne y silenciosa. La estructura laberíntica de Shakespeare and Company es como uno de esos cuentos tridimensionales que al abrirse despliega un escenario fantástico, huido de un pasado que acecha el presente desde las fotografías en blanco y negro que narran los relatos breves de aquellos jóvenes escritores que lograron inscribir sus nombres en las páginas de la literatura universal. Muchos colegas de Whitman expresaron su fascinación por este templo caótico y romántico, levantado con ilusión por quien llegó a ser conocido como “El Quijote” del Barrio Latino. Para Henry Miller este era “el país de las maravillas librescas”.

En diciembre del 2011 Whitman falleció en el apartamento que ocupaba en el segundo piso de su librería, dos días después de su 98 cumpleaños. El local conserva el espíritu libre y bohemio que le legaron sus antiguos mentores. Tanto Beach como Whitman compartieron un concepto de librería independiente, alejado de un interés mercantil y más cercano a una idea de intercambio abierto y libre en el que el compromiso con la literatura adquiría un matiz casi sagrado. Al día de hoy, y bajo la dirección de otra Sylvia Beach (la hija de Whitman) Shakespeare and Company preserva su filosofía de puertas abiertas y se ofrece generosamente, como ese “premio pasajero” que Mario Benedetti describe en su “Vivir adrede”, cuando se refiere a la alegría como “una locurita que está ahí, una primavera de la vida a la que todos tenemos derecho”. 

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