Encorsetada en una masa sólida y blanca, se transmutó en una mezcla de pasión y hastío. Frida pintó musarañas coloristas y oníricas de sí misma, pa’ reírse con dolor de su suerte. Sus pies, inmóviles, quietos y después ausentes, se quedaron en el suelo evadiendo el compromiso de una respuesta decente. En el aleteo obstinado de sus alas, bien halladas en el pincel, Magdalena Carmen Frida, seccionada multiplicada y una, se hizo al viento, tejiendo las largas trenzas de su realidad fecunda, ácida y dulce, volátil y estrafalaria.
A sus pies sentenció: “¿(…) pa’ que los quiero?”.
Y aquel giro en el timón de la fortuna, le atrincheró el paso, le despejó el cielo.