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25 Octubre 2014, Santo Domingo, República Dominicana, actualizado a las 5:05 PM
Ventana 3 Marzo 2011
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Ensayo
César Nicolás penson, los críticos marxistas y el caso de Haití
  • César Nicolás Penson
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Giovanni Di Pietro
San Juan, Puerto Rico

El autor reactualiza la obra y el pensamiento literario de nuestro escritor costumbrista mayor para tocar de forma paralela algunos problemas de la literatura dominicana de hoy.

Para nadie es un secreto que al desdichado César Nicolás Penson le ha tocado la mala suerte de tener en su contra a los críticos marxistas. Aunque reconociéndole sus indudables dotes como escritor, estos críticos lo han acusado de muchas cosas, pero esencialmente de dos, como se colige del prólogo de José Alcántara Almánzar a la edición de 1972 de Cosas añejas, reproducido en las subsiguientes ediciones, a saber: 1) que se expresa siempre “en términos de la cosmovisión de la clase dominante”, y 2) “su visión deformada de la sociedad haitiana y los brotes de racismo que salen a cada paso de sus narraciones.” (Cosas Añejas, Alfa y Omega, págs. IV-V) Fiel a los lineamientos que estaban de moda en la crítica literaria en el país en 1972, Alcántara Almánzar no escamotea ninguna oportunidad para condenar y ridiculizar a este escritor por sus supuestos crímenes contra la vecina nación haitiana y su pueblo, víctimas, según él, de la despiadada explotación por parte de la clase burguesa, tanto de éste como del otro lado de la frontera. Los dos pueblos --enfatiza nuestro crítico-- se prestan al engaño de esa clase que piensa sólo en sus intereses y siempre defiende la hegemonía de aquel “amo gigante y voraz” que serían los Estados Unidos. (pág. V) Es tanta la indignación del crítico ante nuestro desdichado escritor, que llega hasta el extremo de referirse despectivamente a él como el “Sr. Penson”. (pág. V)

    En estos días, a raíz del desmoronamiento del socialismo inspirador de las palabras de Alcántara Almánzar, es sumamente curioso ver cuán ridícula ha sido la posición de esta corriente crítica ante Penson. ¿Cómo pudieron ocurrir semejantes aberraciones?, nos preguntamos. Pero la respuesta es obvia. Los tiempos en que este crítico escribía eran tiempos de fanatismo ideológico. Los dogmas que imperaban no dejaban lugar a que se considerara de una manera despejada la obra de un autor. Y, como es bien sabido, Penson no fue el único que sufrió los vejámenes de la desbordada inquisición marxista en el campo de la crítica literaria. Suponemos que ahora, con los nuevos aires que han llegado, Alcántara Almánzar cambió de opinión y simplemente le achaca a sus años mozos la equivocación en que incurrió con relación a Penson.

    Sin embargo, al repetirse este prólogo en las subsiguientes ediciones de Cosas añejas (nosotros estamos usando la edición de 1986), y al ser la obra de Penson singularmente popular en las escuelas --por qué razón no nos lo explicamos, a menos que no sea por sentimentalismo, por curiosidad acerca de los tiempos de antes, o por la cómoda prédica antiburguesa de los maestros de escuela, casi todos imbuidos en el verbo marxista--, es más que evidente que esta manera distorsionada de ver a este escritor está vigente todavía. Y, según ella, Penson sería el escritor lacayo por excelencia de la burguesía y uno de los más destacados forjadores del así llamado racismo dominicano.

    Que conste, esta distorsión no es responsabilidad exclusiva de Alcántara Almánzar. Todo un ambiente intelectual y pseudo intelectual elaboró esta necia imagen que tenemos de Penson, como, además, la que tenemos de otros escritores que, desde la perspectiva de este período inquisitorial, resultaban personas non gratas para la crítica marxista. Tampoco dicha distorsión pertenece exclusivamente a este país y su literatura. Algo similar ocurrió en prácticamente todos los países y sus propias literaturas.

    Penson era un escritor romántico. En este sentido, al igual que todos los escritores románticos en todo el planeta, tenía un marcado interés en el pasado. En Europa, por ejemplo, los románticos redescubrieron los tiempos de la Edad Media e hicieron de ellos algo así como una “edad de oro”, aunque ese “oro” siempre estuviera teñido por la sangre de crímenes inimaginables. Había que “deleitar” a los lectores, y proyectarse en ese pasado era un recurso retórico válido. Como escritor romántico, Penson hace lo mismo en la República Dominicana. Cuando mira el pasado de su país, descubre en él lo que sería el equivalente de la Edad Media en términos dominicanos-- el tiempo de la colonia y el período de la ocupación haitiana. Y, sin duda, ambas ambientaciones históricas de sus narraciones tenían sus crímenes horrendos de la misma manera que la Edad Media en el caso europeo. Tenían que tenerlos; de lo contrario, ¿cómo “deleitar” a sus lectores? De modo que lo que Penson escribió está directamente relacionado con una determinada manera de escribir, la corriente romántica, y no podía salirse de ese molde.

    Otro aspecto del romanticismo fue la exaltación tanto del pueblo llano, con sus costumbres y sus temores, como de la aristocracia, con sus respectivas costumbres y sus  privilegios, estos últimos ya en su fase menguante. Soplaban vientos nuevos. Y eran los de las revoluciones burguesas, empezando con la Revolución francesa de 1789. Estos vientos se traducían en un verbo nacionalista. Haití declara su independencia de Francia. Otras naciones americanas declaran su independencia de España. En Santo Domingo, Núñez de Cáceres hace lo mismo con su Independencia Efímera. En cierto sentido, era lo que estaba de moda en todo el mundo. Independencia quería decir nación. “Nación” y “raza” muy a menudo se intercambiaban como términos; y, en verdad, poco tenían que ver con lo que después se llamó racismo. Y, como es predecible, el romanticismo hizo suyo el verbo nacionalista. Ocurrió en todas partes. Ocurrió también en la República Dominicana. Y, como es obvio, ante la ocupación haitiana.

    Por consiguiente, como escritor romántico, Penson no hace más que reflejar esta tendencia universal. No es nada fuera de lo común. Tampoco tiene nada de extraño. Y, mirando el asunto desde cerca y con cuidado, de ninguna manera existe, por parte de nuestro escritor, el más mínimo siniestro propósito de falsificar los hechos desviando la historia patria fuera de su programado carril. Sin embargo, en su afán inquisitorial, los críticos marxistas no ven las cosas tan sencillo como las hemos expuesto, o sea, de forma natural, como Dios manda. Más bien, insisten en ver todo tipo de conspiraciones donde no las hay. De ahí, pues, la mala suerte de Penson. Al ser sacado de su correcto ambiente histórico-cultural, el pobre termina convertido en una sospechosa figura dedicada a avasallar al pueblo trabajador, el cual sólo quiere paz y progreso en la utopía socialista (esto antes de que dicho concepto existiera), frente a la inmisericorde explotación de la burguesía. Aún más: en manos de estos críticos, Penson se convierte en la imagen de un racista rabioso que se obstina en levantar barreras infranqueables de odio entre el pueblo dominicano y el haitiano.

    En realidad, una lectura atenta de Cosas añejas, o sea, una lectura que tome en consideración el ambiente histórico-cultural en que la obra fue escrita, nos revela con mucha claridad lo grotesco que resulta esta imagen de Penson. A pesar de los supuestos “penetrantes” análisis de los críticos marxistas, nuestro escritor no es el portavoz de los designios explotadores de la clase dominante. Tampoco es, verbi gracia, ese racista que ellos pretenden que sea. Se nos dirá: “¡Es que ya sabemos que las cosas no son así!” Pero nosotros sostenemos que no, que al desdichado Penson todavía le falta ser absuelto de los crímenes que se le imputan. Es más, queda todavía pendiente la tarea de limpiarlo de todo el lodo que por tan largo tiempo esos críticos desaprensivos, coadyuvados por los maestros inescrupulosos y los escolares que los han emulado, le han echado y siguen echándole encima.

    Es dudable que en la época en que Penson estaba escribiendo existiera en la República Dominicana una burguesía conformada de la manera en que la entienden los marxistas. La pobreza era tal que las que llamamos clases sociales difícilmente podían  distinguirse entre sí. Siendo éste el caso, ¿cómo hablar del país en los términos en que la crítica marxista lo hace? Si Penson defendía una determinada posición, ¿cuál era? ¿Y con relación a qué? En Cosas añejas no aparece una burguesía. Lo que aparece son las familias de primera que vivían en la ciudad de Santo Domingo. Pero éstas no se distinguían por su riqueza. No la tenían ni la ostentaban. Se distinguían esencialmente por su apellido, su reputación y sus ancestros. Su base económica se fundamentaba en la posesión de tierras y su conexión con el gobierno de turno como suplidor de puestos de empleo. La colonia era una colonia, y las familias de primera sólo tenían sus privilegios dentro de esa realidad política. Pese a esto, como ya mencionamos, los privilegios que disfrutaban estaban en su fase menguante. Santo Domingo no era una colonia rica. Sus funcionarios dependían económicamente de la metrópoli.

    Es que, para Penson, las familias de primera conformaban esa aristocracia que, en tanto que escritor romántico, ahora está obligado a exaltar por rigor de escuela literaria, y en ningún modo por razones sociales, económicas y políticas. Por eso, cuando examinamos a las familias de primera que describe, pronto nos damos cuenta que viven en una asombrosa promiscuidad con el pueblo llano. El esclavo, el sirviente, el zapatero, etc., que aparecen en las narraciones, no actúan según una supuesta “conciencia de clase” ante las familias de primera. Tampoco éstas actúan de esa forma ante ellos. Esto es así porque, tanto en la colonia como en Santo Domingo bajo la dominación haitiana, la precariedad económica acomuna a todas las clases sociales. Es posible argüir que no es así, y brindar el ejemplo de lo que ocurre en “Drama horrendo”, donde una familia de primera no acepta el fruto de la desgracia de su hija. Pero, en esa narración, no sabemos nada del seductor. El padre “mantuano” se torna infanticida para ocultar la deshonra de su familia, eso es todo. En la época en que el hecho ocurre, ésa era la costumbre en las familias aristocráticas. “El martirio por la honra” lo subraya. ¿Y qué decir de “Barriga Verde”? En esta narración, “taita” Polanco, zapatero y hombre de color, es amigo de mucha gente de primera. El Escribano, que pertenece a esa categoría social, lo estima tanto que hasta se lo lleva a España consigo. Al final de sus peripecias, caso extraño, el “taita” regresa a Santo Domingo cargado de privilegios tan grandes como los de cualquier familia de primera.

    Con todo lo antedicho, es obvio, pues, que se cae cualquier intento de ver a Cosas añejas como una burda trama de Penson dirigida a defender los intereses de esa supuesta burguesía a la cual los marxistas insisten que pertenecía. En esta obra, lo que da vida a los personajes que forman parte de las familias de primera es el “puntillo de la honra”. Su vida, muy a menudo trágica, gira en torno a este elemento, y no en torno a consideraciones de clase o economía. Los protagonistas de nuestro escritor se presentan a sí mismos más bien como estudios psicológicos que reflejan la manera de sentir y de vivir de la aristocracia criolla en su imitación de la aristocracia de la metrópoli, y es así que hay que verlos.

    Por cierto, Penson subraya constantemente la importancia de los tiempos de antes y demuestra nostalgia por ellos, por “los buenos ‘felicísimos y venturosos tiempos’ de antaño”, como dice. (pág. 102) Pero no existe ninguna motivación política en esto. Él expresa nostalgia por la colonia porque en ella ve una época más sencilla en las costumbres y más cónsona con una determinada moral pública y privada. Ésta es la nostalgia romántica por tiempos anteriores a las complicaciones de la vida moderna, por tiempos ligados más al campo que a la ciudad. Y, en Cosas añejas, pese a sus monumentos, la ciudad de Santo Domingo aparece como lo que era, una aldea. En esa aldea, todos se conocían. Todos aceptaban un rígido código de conducta. Como quiera que sea, tras los eventos experimentados en la época en que Penson escribía, ya esa ciudad está cambiando. Está cambiando su gente. Cambian las costumbres. De ahí la nostalgia. Los tiempos de antes, esos “venturosos tiempos”, (pág. 100) seguramente tenían que ser mejores que el presente.

    Sin embargo, según Penson, ellos eran también “tiempos terribles”. ¿En qué otro período se hubieran producido los hechos relatados en “Drama horrendo” o “El martirio de la honra”? Esos personajes tan despiadados que defienden su honra, como el padre en la primera narración o la madre en la segunda, podían darse sólo en “tiempos terribles”, diferenciados marcadamente de los actuales, a causa del atraso psicológico debido a una moral rígida presente en la sociedad. Estos tiempos actuales, cuando Penson escribe sus narraciones, son considerados más abiertos a las debilidades del hombre y más humanos en sus apreciaciones. Los “tiempos terribles” son terribles, además, por otra razón importantísima, por los dominicanos haber sucumbido a la dominación haitiana. A la deshonra de la familia en términos de sangre hace eco, pues, la deshonra de la familia en términos nacionales. Para Penson, los tiempos actuales son un avance sobre los “tiempos terribles” también en esto. Puesto que se ha independizado de ese pueblo vecino que lo oprimía injustamente, en la actualidad el pueblo dominicano disfruta de su plena nacionalidad. Los padres que aparecen en “Drama horrendo” y “El martirio por la honra”, salvan el buen nombre de sus familias llevando su venganza a un grado extremo. Del mismo modo, al luchar por su independencia, los dominicanos han salvado el buen nombre de esa familia de todos representada por la patria.

    Esto nos lleva a la otra acusación que se le hace a Penson, o sea, a su supuesto “racismo antihaitiano”. Ponemos entre comillas esta expresión porque demuestra la equivocación que ocurre con relación a la posición marxista ante el escritor. En la República Dominicana, el “antihaitianismo” no es “racismo” como comúnmente se entiende esa actitud; es, por el contrario, una simple manifestación de nacionalismo. Esta equivocación no ocurre solamente en este país. También se observa en otros lugares. Por ejemplo, tiempo hace, en Italia se hablaba de los austriacos de la misma manera en que se habla de los haitianos. Era sólo una retórica nacionalista inspirada en acontecimientos históricos. República Dominicana no se independizó de España, sino de Haití, el país invasor. Por consiguiente, es lógico que se considere al pueblo haitiano como el supuesto “enemigo natural” de la nación dominicana. Sin duda, esto tiene muy poca razón de ser. Sin embargo, es así que están las cosas. Y lo están, como en el caso de Italia, únicamente como resultado de determinados acontecimientos históricos.

    Durante su hegemonía, los marxistas --y no sólo ellos-- confundieron estos dos términos, “antihaitianismo” y “racismo”. Para ellos, en su afán internacionalista (este internacionalismo, como muy bien se sabe, era sólo para los ilusos, pues la Unión Soviética nunca lo practicó), no debía haber fronteras entre los dos pueblos. Esto así porque su lucha era una sola, la que libraban contra el imperialismo yanqui. Víctimas de la explotación, los dominicanos; víctimas de la explotación, los haitianos. Y las víctimas, como es evidente, deberían unirse para defenderse de sus verdugos. Todo esto es muy respetable. El único inconveniente es que, en nombre de esa lucha, los incautos marxistas dominicanos la emprendieron irreparablemente contra su propia patria. Los dominicanos son racistas, sostuvieron. El hispanismo es una forma de racismo. Hablar de “pueblo enemigo” y de “pueblo agresor” también es racismo. Y también era racismo para ellos proclamar las diferencias étnicas, culturales, lingüísticas y religiosas de los dominicanos con relación a los haitianos. En otras palabras, a través de este discurso, los intelectuales marxistas no sólo terminaron por desprestigiar a su propia nación, sino que eliminaron al mismo tiempo en el pueblo dominicano lo poco que le quedaba de su viejo y noble patriotismo.

    Esta dinámica se ve claramente en las acusaciones que Alcántara Almánzar le lanza a Penson en su prólogo cuando, no sin un marcado tinte de sarcasmo inquisitorial, escribe: “Pero lo que más sorprende en toda la obra del ingenioso polígrafo, es su visión deformada de la sociedad haitiana y los brotes de racismo que salen a cada paso en sus narraciones.” (pág. V) Y más tarde, al acusarlo de hablar de “dos razas distintas”, dice: “no hay dos razas distintas en nuestros pueblos; en el nuestro ha habido más mestizaje y por eso hay diferencias fenotípicas más notorias; pero en origen provenimos de troncos raciales comunes.” (págs. V-VI) Para terminar rechazando la supuesta idea que existe “un odio inveterado entre los dos pueblos.” (pág. VI) “Esa es otra de las falacias de nuestros explotadores comunes,” concluye, “al hacernos creer que sentimos un odio recíproco que llega hasta el paroxismo, para obstaculizar la unificación de nuestras fuerzas frente a ellos.” (pág. VI)

    Esta clase de argumentación nos deja boquiabiertos por la sorpresa. Antes que nada, en Cosas añejas, ese “ingenioso polígrafo” que sería Penson no describe la sociedad haitiana; describe, más bien, la sociedad de la parte española de la isla ocupada por los haitianos. Lo cual es ya otro asunto. Y, al hacerlo, tiene todo el derecho en el mundo de actuar conforme a cómo actúan todos los demás escritores cuyos pueblos experimentaron una ocupación militar enemiga: quejándose del invasor, su crueldad y salvajismo, porque, aunque Alcántara Almánzar no lo crea, toda tropa invasora actúa de esa manera. ¿No lo hicieron los yanquis en Santo Domingo en 1916? ¿No lo repitieron en 1965? Entonces, ¿qué hace que los haitianos actuaran de una manera diferente? El problema es que, en su profunda miopía intelectual, los marxistas nunca lograron advertir los paralelismos históricos. Además, es bien sabido que, al experimentar una invasión de su territorio, no existe pueblo en el mundo que no haga del invasor la imagen del mismo Satanás. Entonces, ¿por qué debería ser diferente en el caso del pueblo dominicano ante la invasión haitiana? Haití vino a esclavizar a los dominicanos, no a darles libertad. Es por eso que hubo resistencia en el país y hubo independencia. ¿O es que no se quiere aceptar la historia como lo que es en verdad?

    En nuestra lectura de Cosas añejas quisimos hacer un cómputo de las referencias que Penson hace a los haitianos. No pasan de 40-43 y no demuestran ser gran cosa en cuanto a calumnias se refiere. Son los harto conocidos epítetos: “salvajes”, “mañeses”, “bárbaros”, y así por el estilo. Por cierto, es significativo que no acusa a los haitianos de “comer niños”, como vulgarmente se hace. Solamente hace una referencia al vudú. Más interesante aún es el hecho de que en “Las vírgenes de Galindo”, o sea, en esa narración que debería contener la más devastadora acusación del salvajismo haitiano, Penson se revela a sí mismo como una persona a lo sumo balanceada en su juicio. No dice, como se pretende, que los haitianos cometieron el horrendo crimen contra esas niñas indefensas; más bien, dice, primero, que el pueblo, en su sabiduría, entendió que haitianos tenían que estar involucrados “en la danza”, y, segundo, que había dominicanos que tomaron parte en el asunto. O sea: que fue un vergonzoso crimen pasional, de gente salvaje, y no de haitianos salvajes. Hay, pues, una enorme diferencia. Además, si una moraleja sale de la narración, es que responsables del crimen no lo son sólo esos hombres salvajes que lo cometieron. Responsable lo fue aún más el padre de las niñas, ya que dejó sin protección a esas inocentes para irse de parranda a la ciudad. Si Penson hubiera sido un racista de verdad, esto no habría ocurrido. Seguramente habría optado por hacer a los haitianos los únicos responsables de la espantosa tragedia.

    En “Profanación” y en “El santo en la colmena”, las otras dos narraciones que tratan directamente de los haitianos, cabe notar que lo que encontramos es simplemente una escritura nacionalista donde Penson se propone demostrar que detrás del pueblo dominicano se encuentra la Providencia Divina que lo amparara. Esta clase de cosas es más que normal en este tipo de escritura. Todos los pueblos que están en guerra (y el pueblo dominicano estaba en guerra en el período que las narraciones describen, pues vivía bajo una férrea ocupación militar) asumen que la Providencia Divina está de su lado de la trinchera y los ampara de sus enemigos. Si aceptamos esta verdad, ¿dónde está el racismo que se le imputaría a Penson? Es que Penson --no nos cansamos de repetirlo-- es un escritor romántico, y, como tal, adopta y no puede adoptar otros temas que no sean los que eran comunes a los románticos. Y uno de éstos, quizás el más importante, es justamente el tema del nacionalismo. Entonces, ¿por qué arrebatarle lo que le corresponde por simple naturaleza literaria? Solamente una actitud inquisitorial puede llegar al extremo de falsificar la relación que existe entre un escritor y la época a la cual pertenece.

    Si nos fijamos bien en el uso que Penson hace del término raza, notamos claramente que tiene muy pocas connotaciones biológicas y que es, más bien, casi sinónimo de nacionalidad y nación. Dicho uso de ese término es más que común a todos los pueblos. No negamos, claro está, que se le pueda utilizar y que muy a menudo se le  utilice de un modo diferente. Pero esto ocurre sólo con los verdaderos racistas, los cuales carecen por completo de materia gris y, al ser un caso patológico, frecuentemente padecen de paranoia rampante. Al leer Cosas añejas detenidamente, no nos resulta que Penson actúe de esta forma, o sea, que pertenezca a gente de esa calaña. Por eso, su manera de emplear el término raza nada tiene que ver con lo que sería el racismo.

    Pero, vamos a suponer, por simple argumento, que para él raza significa una entidad biológica. ¿Qué habría de malo con esto? Los haitianos son predominantemente negros; los dominicanos, mulatos. Existe, pues, una diferencia. Es una diferencia tanto de color, como de autopercepción, lo cual en nada se relaciona con el irracionalismo racista. Si el mulato no quiere ser negro, tampoco el negro quiere ser mulato. O, demostrando  inconscientemente odio hacia su propia innegable naturaleza, el negro le “envidiaría” al mulato ese ridículo cuarto de sangre blanca que supuestamente fluye en sus venas. Es en Haití, no en este país, donde se han registrado guerras raciales entre negros y mulatos y donde existen líneas divisorias sociales trazadas por un rígido compás racista. Sorprenden, entonces, las acusaciones de racista que se le hacen a Penson. Sorprenden porque, al examinar Cosas añejas, no notamos rasgo alguno de un escritor  rabiosamente antinegro. Es que él no quiere a los haitianos por sobradas razones históricas, y de ninguna manera porque sean negros. Como ocurre con ese zapatero que es el “taita” Polanco en “Barriga Verde”, Penson le reconoce al negro todo el derecho a vivir en la República Dominicana y ser un dominicano de pura cepa.

    En cuanto al supuesto odio de raza que fomentaría en sus narraciones, eso es pura fantasía por parte de sus críticos. Nótese que cuando Penson habla de este odio, lo hace usando el término raza como hemos dicho que es usado en general, o sea, como sinónimo de nacionalidad. Obsérvese la cita que Alcántara Almánzar saca de “Las vírgenes de Galindo”, con la cual pretende respaldar su argumento: “eran haitianos, porque el instinto infalible del pueblo había señalado uno, dos o más entre ellos, ira que era fermento del odio de una raza hacia otra raza enemiga eterna del hombre quisqueyano.” (pág. V) Subrayamos esa parte de la oración porque demuestra claramente lo que decimos. Aquí Penson está usando el término raza como sinónimo de nacionalidad. El haitiano es una “raza enemiga”, por razones históricas, del “hombre quisqueyano”, o sea, del dominicano. No se trata de raza en términos biológicos. ¿Y qué decir de ese supuesto “odio”? Es sólo el “odio” de una nación a otra nación usurpadora de su territorio y libertad, no del blanco contra el negro. El “odio” entre naciones antagónicas es una constante en la retórica de la literatura nacionalista. En Europa, por ejemplo, se hablaba un tiempo con toda normalidad de “odio” entre Francia y Alemania, entre Inglaterra y Francia, entre Italia y Austria, entre Polonia y Rusia, y así por el estilo. En América Latina se hablaba de “odio” entre Cuba y España, entre Venezuela, Colombia, etc. y España. Entonces, ¿por qué no puede Penson, como escritor romántico y por ende nacionalista, hablar de igual modo del “odio” entre la República Dominicana y Haití, el país históricamente opresor?

    Terminamos aquí este merecido rescate de la desdichada figura de César Nicolás Penson como escritor romántico y nacionalista, y esperamos que se haga igual justicia en el caso de muchos otros escritores que, como él, tuvieron la mala suerte de ser blancos de esa inquisición marxista aquí denunciada.

                                    (1-2/2/95)

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