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23 Octubre 2014, Santo Domingo, República Dominicana, actualizado a las 4:56 PM
Religión/Senderos 28 Octubre 2012
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SENDEROS
Jugando a ser Dios…
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Jocelyn Quezada

Cuando las cosas no nos resultan se produce: enojo-depresión-rabia-angustia- miedo. La diferencia entre lo real y el ideal que tenemos en nuestra mente nos aturde. El hecho de que no ocurra como queremos nos lleva a crear el drama y a sentirnos indefensos. Cuando nos hacemos conscientes de esta realidad nos encontramos ante una elección. Podemos actuar como niños y dar pataletas, en el caso de los adultos el niño que hay en nosotros responderá mal, se tornará agresivo, mostrará cara de disgusto, depresión, estrés… Puedo exigir que solo yo tengo la razón y que soy la que sabe cómo deben ser las cosas o puedo rendirme ante la sabiduría infinita y concentrarme en que lo sucedido es otro escenario de la vida, con un propósito individual. Hay que vivir ciertas experiencias para aprender, crecer, aceptar o ignorar.

Aprender. Cuando aprendo despierto a quien yo soy, me doy cuenta de lo que soy capaz y me coloco ante la posibilidad de modificar mi conducta. Asumo responsabilidad por mis acciones, sigo mi camino o cambio el curso. No me culpo, ni me vuelvo víctima porque las cosas no salieron como yo las pensé. Así no funcionó para mí. Veo cómo no puedo volver a hacerlo. Abro una nueva puerta.

Crecer. Esta acción duele, porque provoca cambios en mi vida. Sufre el niño al pasar a la adolescencia y luego al convertirse en adulto.

Debo actuar sin la receta de otros, tomar mis propias decisiones y seguir el camino que yo elija. Si me decido por atajos tendré que verme con los gigantes del camino.

Aceptar. La oración de la serenidad dice: “Dios, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar…”. No puedo cambiar a otros, ellos también tienen que pasar por este proceso de aprender a decidir. Debo ser respetuosa y saber que los demás tienen el mismo derecho que yo reclamo para que se me permita expresar mi opinión. Lo que terminó, terminó.

Me doy la oportunidad de aceptar las diferencias, respetar y amar la diversidad.

Ignorar. Nadie quiere que le digan ignorante. Todos nos preciamos de ser sabios. Es así como inicia la lección de vida con nuestras experiencias, sin conocer respuestas, sin saber qué hacer; por tanto, debemos dejarnos guiar por aquello que creemos superior a nosotros.

No se trata de asumir que no pasa nada, sino de aceptar que no sé la respuesta, y espero que se me revele.

Jugar a ser Dios cuando todo marcha según lo planeado es fácil, de lo contrario estamos en desacuerdo con la experiencia; y ésta, aunque no nos guste, es Dios, porque el nombre de Dios es Yo soy, no fui, ni seré cuando pase esto, es ahora en este instante. Juego a ser Dios cuando me preocupo en lugar de ocuparme.

Las situaciones que estamos viviendo tocan nuestra sensibilidad, pero lejos de llenarnos de miedo, debemos ocuparnos en cómo vamos a contribuir para que esto no siga.

Nos sorprende el pensamiento de impotencia superable sólo cuando nos damos cuenta que la omnipotencia es de Dios, no mía, que no agrego valor ni ayudo a Dios si sólo me preocupo. Nadie por si solo puede “salvar el mundo”, pero si cada uno trabaja consigo mismo y hace un cambio positivo en su vida podremos dar un gran salto. ¿Te animas?

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