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Religión/Senderos domingo, 26 de abril de 2015
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DOS MINUTOS

Una simple oveja protegida

En el evangelio de hoy el Señor declara: “Yo soy el Buen Pastor. El Buen Pastor da su vida por sus ovejas”.

  • Una simple oveja protegida
Luis García Dubus
Santo Domingo

En aquellos tiempos, Él quiso decirle a la gente quién era, y les dijo que él era “El Buen Pastor”. Para los hebreos, esta era una imagen perfecta. Ellos sabían exactamente lo que era un pastor.

Pero, ¿y nosotros? La mayoría no hemos visto un pastor, puesto que en nuestro país no hay rebaños de ovejas, ni pastores que las cuiden, las protejan e incluso estén dispuestos a dar la vida por cualquiera de ellas. 

Entre tanto, déjeme decirle que un buen pastor tenía tres características principales:

La primera es que estaba siempre alerta, en guardia, observando con la máxima atención a cada oveja.

La segunda es que estaba dispuesto a afrontar cualquier peligro para proteger a sus ovejas.

La tercera es que era previsor, de modo de mantener a sus ovejas siempre protegidas en medio de situaciones difíciles. Es decir, no es alguien que manda, es alguien que protege.

Precisamente en el evangelio de este domingo (Juan 10,11-18) el Señor declara lo siguiente: “Yo vine para que vivan y estén llenos de vida. Yo soy el Buen Pastor. El Buen Pastor da su vida por sus ovejas”.

Y un poco más adelante añade: “Yo conozco mis ovejas, y las mías me conocen a mí. Yo les doy Vida Eterna, y no se perderán jamás, y nadie me las arrancará de la mano” (Juan 10,15-29).

No sé qué le parece a usted, pero le voy a decir francamente que, en medio del lío que es esta vida, a mí me alegra y me da paz pensar que soy una simple oveja de ese Pastor.

La pregunta de hoy
¿Cómo se convierte uno en oveja de ese Pastor?

Es algo que nadie puede hacer por sí mismo. El Señor lo dijo: “Nadie puede acercarse a mí si el Padre no lo atrae”.

¿Se siente usted “atraído” hacia el Señor? Presumo que sí, puesto que está leyendo estoÖ

Ser oveja de ese Pastor es un misterioso don del Padre, y si usted no ha recibido ese don parece que están por dárselo.

Oí decir al Padre Ramón Dubert en una ocasión que vivimos “manipulados por todo porque no estamos imantados por algo”.

Quien tiene como centro su pobre yo vive esclavizado por las opiniones y reacciones de los demás. Es una triste veleta.

Ser libre del todo se logra al estar adherido a un liberador. Esa es la enorme diferencia y ventaja que tenemos las ovejas de ese gran pastor llamado Jesús.

Dice Él que nosotros conocemos su voz y que Él nos conoce a nosotros, a cada uno en particular, a cada cual por su nombre.

Es asombroso lo que una persona consigue cuando se familiariza íntimamente con la “voz” de Jesús cuando le habla en su interior.

Sólo hay que aprender a escucharla en el silencio, porque esta voz no grita, no es un fuego ni un terremoto: tiene la delicadeza de “una brisa suave”.

“Reservar unos minutos para escuchar y luego dejarme conducir por esa Voz”, me dijo recientemente un ocupadísimo banquero de Santiago, “es lo mejor que me ha pasado en los últimos tiempos”.

Es lo único que hacen las ovejas: dejarse conducir. Y son las personas más seguras y felices del mundo.

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