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Religión/Senderos domingo, 24 de mayo de 2015
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REFLEXIÓN

La gratitud de Dios

Teresa Valentín
Santo Domingo

Si Dios juzgara o midiera la vida según nuestros parámetros lo daría todo por perdido.  Dios, “rico en misericordia”, nos llama a despertar el niño que llevamos dentro, capaz de imaginar y sorprenderse por su amor, y con él trabajar por una nueva humanidad.

Dios cada día sueña y nos ve capaces de arreglar el mundo.

Vivimos tiempos de crisis a nivel global: los economistas dicen que estamos mal, la prensa habla de corrupción en los poderes públicos y políticos.

Noticias de asesinatos, violencia de género, guerras, engaños en las instituciones civiles, etc. Todo ello podría sumirnos en una gran depresión si no confi áramos en Dios. No podemos caer en un vacío existencial, ni lamentarnos de otros vacíos interiores.

San Pablo nos dice que Dios es gratuidad. Su misterio de amor nos llena de esperanza y de alegría, porque hace que nos sintamos, de verdad, hijos queridos.

Nos ama sin mirar nada más, ni siquiera esos supuestos méritos humanos con que nos rodeamos y con los que queremos destacar.

En la plenitud de la historia Dios nos ha dado a su Hijo Jesús que nos despierta, nos da vida y nos guía por el camino correcto de la vida. Respalda todo lo noble y positivo de nuestro actuar.

Pablo nos da una explicación del cambio operado en el ser humano al pasar de la infi delidad a la fe.

Concretiza en su carta a los efesios 2,4-10 los aspectos destacados en este cambio.

Nos dice que la iniciativa es totalmente de Dios, gratuita, no merecida, no conseguida por nuestros méritos, sino por el puro amor y misericordia de Dios. Es un paso de la muerte a la vida, una nueva creación.

Salvación no es perdón de pecados, sino participación en el modo de vida y condición del Hijo. Un estilo nuevo al que nos apuntamos.

La transformación salvífi ca no se debe a, ni depende de las buenas obras ni de ninguna otra actividad humana.

Es un puro don. Lo único que podemos hacer es aceptarlo. La fe, en tiempos de crisis, se fortalece y nos reta a abrirnos a Cristo, fi arnos totalmente de Él, tomarle como único punto de referencia y en esta adhesión el mal se va venciendo, sólo con abundancia de bien lograremos alejarnos del desánimo que se respira por doquier. El que no nos salvemos por nuestras buenas obras no signifi ca que dejemos de obrar el bien, sino todo lo contrario, pues una vez insertados en el plan de Dios, no podemos lógicamente vivir de otra manera. 

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