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28 Agosto 2014, Santo Domingo, República Dominicana, actualizado a las 1:21 AM
Santo Domingo
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Monumentos y lugares
EL CONUCO: EL CAMPO EN EL CENTRO DE LA CIUDAD.
ES UN LUGAR QUE RECOGE LA ESENCIA DEL PAÍS

Los taínos, primeros habitantes de la República Dominicana, llamaban conuco a  pequeñas porciones de tierra que ellos cultivaban. En nuestro país esta palabra evoca la más viva estampa campesina, con sus casitas de palma, sus sombreros de paja y sus fogones de hojalata y carbón.  Hace 16 años de Niurka Read de Camino decidió crear en la ciudad un lugar con el sabor, el color y las tradiciones del campo,  a este sitio le llamó el conuco. Desde la entrada se sabe que este restaurante es algo diferente. Un coche con hermosas flores y dos señoras sonrientes ataviadas con el traje típico de los bailes del campo flanquean la entrada.

El Conuco representa un atractivo  turístico que  con ingredientes básicos de la comida criolla como el arroz, las carnes, el plátano, la yuca, el pollo, berenjenas, habichuelas y otros,  ofrecen  exquisitos platos como el sancocho, mondongo, longaniza, picaderas, yaniqueques, empanadas de yuca, arepitas y más.

Los nombres de los  platos están acompañados por un dominicanismo como estos  tres ganadores de festivales gastronómicos: El arroz conuco (como ingredientes tiene arroz blanco, chicharrón  de cerdo, cebolla, puerro y salsa de soya); El Bacalaco de la Comai (bacalao, crema de leche, pasta de tomate, tomates frescos, cebolla, brandy, verdura y una hoja de laurel) y el Pollo Merengue  (pechuga de pollo picada en cuadritos, hongos, crema de leche, salsa de soya, hoja de laurel).

La atención comienza en la puerta del Conuco,  con la bienvenida que da un staff de dominicanos y dominicanas que a ritmo de guira y tambora marcan el inicio de un show que, para muchos, resulta inolvidable. En este espectáculo para toda la familia se baila   merengue, salsa, bachata y música típica (perico ripia), mangulina, todo en el idioma español.

La decoración está  hecha con objetos del campo dominicano como los jarritos de aluminio, guiras, tambora, batea de madera, aparejos, lámparas de gas propano, matas de plátanos  y el simulacro del hombre que vende las hortalizas en los mercados (marchante) y las mujeres que cocinan en los conucos.

Tiene capacidad para 300 personas.  Diariamente es visitado por turistas, dominicanos residentes en el país y el extranjeros y  han desfilado importantes figuras de la política, empresarial  el cine y el espectáculo nacionales y extranjeros entre ellos ex presidentes, primeras damas, y  actores de la talla de Brad Pitt,  Robert  de Niro,  Matt Damon y otros.

EL PARQUE NACIONAL DEL ESTE, LAS ISLAS SAONA Y CATALINA AGUARDAN CON SU BELLEZA NATURAL.
DESCUBRE LOS RECURSOS NATURALES DE LA ROMANA

La Romana es una de las provincias de la región Este del país dotada de valiosos recursos naturales que la han hecho merecedora de reconocimientos internacionales sobre todo en el renglón turístico. Aunque es una de las provincias más pequeñas con que cuenta el país, tiene dentro de su jurisdicción territorial dos islas: la Catalina y la Saona. Isla Catalina

Catalina puede considerarse como una maqueta ideal de la diversión en el trópico, una especie de diseño vivo para manejar un área dedicada al turismo, mientras se conserva buena parte de la naturaleza auténtica.

Asombra la belleza que se encuentra en esta isla reducida que no llega a los 15 kilómetros cuadrados, de los que se ha destinado un kilómetro de playa para el manejo de turistas que buscan exclusivamente la diversión bajo el sol, aprovechando arenas perfectamente elaboradas, aguas de temperatura óptima, un mar para todos los deportes acuáticos, todos los colores del universo tropical y alternativas de aislamiento para una sublime comunicación con el entorno.

En temporada de cruceros, este recurso natural con que contamos es el descanso ideal para los turistas que nos visitan.

Isla Saona
La isla Saona, dotada de extraordinaria belleza natural, fue descubierta en octubre de 1495 por un gran amigo de Cristóbal Colón, llamado Michael Cunneo, durante el segundo viaje del descubridor y almirante español a estas tierras.

Colón, en contraposición a lo que sostenía Cunneo, creía que la isla formaba parte de la tierra firme, y al descubrir que en realidad era isla, decidió darle por nombre “La Bella Savonesa”, en honor a Savona, la ciudad natal italiana de su amigo, a pesar de que los indígenas la denominaban con el nombre original de Adamanay. Con el tiempo, el nombre de Savona, devino en el actual, Saona, perdiendo de este modo la V.

En esta isla el almirante pasó una tempestad y tuvo que buscar refugio en su interior, invocando a la virgen de La Antigua, actual patrona de la ínsula. Los primeros habitantes de ese territorio fueron los indios macorixes, los cuales fueron todos exterminados por los españoles durante la conquista.

Más adelante se convirtió en un gran refugio de piratas de diferentes nacionalidades que la usaron para planificar y ejecutar sus acciones delictivas.

Parque Nacional del Este
El 15 de septiembre de 1975, la isla Saona fue declarada Parque Nacional, mediante el decreto número 1311 del Poder Ejecutivo. Está separada de tierra firme por un canal muy estrecho por la parte Este, llamado Paso de Catuano o Cotubanamo (nombre indígena de reptiles) y su distancia desde esta ciudad es de 39 kilómetros (dos horas y media de trayecto).

La isla Saona tiene una extensión de 22 kilómetros de largo (este a oeste) y de 5 a 11 kilómetros de ancho aproximadamente.

En el territorio hay en la actualidad dos poblados: uno pequeño, situado al noroeste llamado Catuano, con varias casas, y que fue antiguamente un destacamento militar.

El otro, al suroeste, se llama Adamanay por ley del Congreso del año 1967, pero el nombre de Mano Juan es el que predomina. La isla, en la actualidad, es una población pequeña con alrededor de 600 habitantes, dedicados a la pesca y a la agricultura, y es bien visitada por turistas y nacionales dominicanos.

EL LAGO ENRIQUILLO.
NATURALEZA

Posee una concentración de sal tres veces mayor que la del agua del mar, a pesar de que muchos manantiales de agua dulce desembocan en el lago. La razón es que la cantidad de agua que se evapora es mayor que la que cae en forma de lluvia y también contribuye a ello el alto contenido de sal presente en el suelo marino del lago y de la región.

Es el cuerpo interior de agua más importante de la República Dominicana, en términos de extensión. Cuando está plenamente lleno, alcanza unos 260 kilómetros cuadrados de superficie, lo que lo convierte en el lago más extenso de las Antillas.

En su entorno anidan diferentes especies de aves y se encuentra en una región de bosques secos y bosques espinosos subtropicales donde las precipitaciones anuales son muy escasas.

Darle la vuelta al lago conlleva un recorrido de 60 kilómetros. En el paseo se pueden apreciar impresionantes recursos naturales como el Balneario de Las Marías, un manantial de aguas cristalinas que brota en la misma orilla de la carretera; el poblado de Los Ríos, que cuenta con el único museo rural del país y la Azufrada, un manantial y balneario que tiene la peculiaridad de contener una alta concentración de azufre.

Además, los manglares, la Surza, el primer manantial proveniente de la Sierra de Bahoruco que emerge a la orilla de la carretera por la vertiente sur-occidental del Lago, y la Laguna Cabral, el mayor cuerpo de agua dulce de la República Dominicana, con maravillas ecológicas muy valiosas y originales.

De acuerdo a estudios geológicos, el lago es parte de lo que antes era un brazo de mar que dividía a la isla de La Hispaniola en dos: la parte Sur, donde se encuentra la Sierra de Bahoruco, y la parte Norte, donde está la Sierra de Neiba.

En el centro del lago existen tres islas: Isla Cabritos (declarada Parque Nacional en 1974) con un área de 26.4 km2, Isla Chiquita y La Islita. La isla Cabritos  es la más grande de todas, famosa por su concentración de cocodrilos, iguanas y medio centenar de especies de aves, entre las que destacan las garzas y los flamencos.

En ella, por ejemplo, hay senderos como el del “rastro de la iguana”, donde se observan al caminar las huellas de la iguana de Ricord, especie que solamente existe en República Dominicana y que se diferencia de la iguana rinoceronte, que habita los alrededores del lago, en que la primera tiene escamas en la cola y la segunda, un pequeño cuerno en la cabeza.

Posee una concentración de sal tres veces mayor que la del agua del mar, a pesar de que muchos manantiales de agua dulce desembocan en el lago. La razón es que la cantidad de agua que se evapora es mayor que la que cae en forma de lluvia y también contribuye a ello el alto contenido de sal presente en el suelo marino del lago y de la región.

Es el cuerpo interior de agua más importante de la República Dominicana, en términos de extensión. Cuando está plenamente lleno, alcanza unos 260 kilómetros cuadrados de superficie, lo que lo convierte en el lago más extenso de las Antillas.

En su entorno anidan diferentes especies de aves y se encuentra en una región de bosques secos y bosques espinosos subtropicales donde las precipitaciones anuales son muy escasas.

Darle la vuelta al lago conlleva un recorrido de 60 kilómetros. En el paseo se pueden apreciar impresionantes recursos naturales como el Balneario de Las Marías, un manantial de aguas cristalinas que brota en la misma orilla de la carretera; el poblado de Los Ríos, que cuenta con el único museo rural del país y la Azufrada, un manantial y balneario que tiene la peculiaridad de contener una alta concentración de azufre.

Además, los manglares, la Surza, el primer manantial proveniente de la Sierra de Bahoruco que emerge a la orilla de la carretera por la vertiente sur-occidental del Lago, y la Laguna Cabral, el mayor cuerpo de agua dulce de la República Dominicana, con maravillas ecológicas muy valiosas y originales.

De acuerdo a estudios geológicos, el lago es parte de lo que antes era un brazo de mar que dividía a la isla de La Hispaniola en dos: la parte Sur, donde se encuentra la Sierra de Bahoruco, y la parte Norte, donde está la Sierra de Neiba.

En el centro del lago existen tres islas: Isla Cabritos (declarada Parque Nacional en 1974) con un área de 26.4 km2, Isla Chiquita y La Islita. La isla Cabritos  es la más grande de todas, famosa por su concentración de cocodrilos, iguanas y medio centenar de especies de aves, entre las que destacan las garzas y los flamencos.

En ella, por ejemplo, hay senderos como el del “rastro de la iguana”, donde se observan al caminar las huellas de la iguana de Ricord, especie que solamente existe en República Dominicana y que se diferencia de la iguana rinoceronte, que habita los alrededores del lago, en que la primera tiene escamas en la cola y la segunda, un pequeño cuerno en la cabeza.

EL PICO DUARTE: LA CRÓNICA DE UNA LUCHA CUERPO A CUERPO CON LA NATURALEZA.
TURISMO ECOLÓGICO

Desperté una mañana  en el Valle del Bao y descubrí un paisaje tocado por la magia del hielo en un país que creía era el reino del sol. Me tomó de sorpresa pese a que aquel amanecer fue precedido por una fría noche en que la temperatura pasó la barrera de cero grado y siguió indetenible, e indiferente, hasta llegar a menos dos, escarchando las frágiles paredes plásticas de las casas de campaña.

La vista de aquel frío manto blanco cubriendo la hierba del valle, y que ante la llegada del sol asombrosamente se desintegró en densos vapores y ascendió al cielo, fue la explicación que necesitaba para entender por qué personas maduras y jóvenes recorren una y otra vez la tortuosa ruta que conduce a la llamada Cima de la Patria.

La interrogante me había asaltado al comprobar que el camino hacia el Pico Duarte, el Valle del Bao, o cualquier lugar ubicado en la zona protegida del Parque Armando Bermúdez, es una larga odisea donde la fuerza de la naturaleza abruma y donde débiles y fuertes caen para volver a levantarse, picados en su dignidad, ante el paso de otro viajero cansado pero que no se detiene.

El escenario de esta lucha es un increíble mar de pinares verdes que tiene como telón de fondo montañas milagrosamente azules, a la luz del día, y bajo cuyos pies se tiende una alfombra de helechos interminable que surge indistintamente de una tierra negra o fangosa.

Cada etapa de este viaje merece ser contada, no hay nada fácil o simple en él, todo es impresionante, desde la flor de maguey amarilla como un pedazo de sol en medio de la espesura, los ríos desafiantes, caudalosos y terriblemente fríos hasta la fuerza que emerge de la debilidad ante las incomodidades y el peligro.

La preparación
Mi viaje hacia el Pico Duarte se inició con un chequeo médico, los que habían visitado el lugar me recomendaron que revisara mi presión arterial y así lo hice.

El doctor dijo, muy entusiasmo, que había estado en el Pico, me dio mucho ánimo, todo estaba en orden.

Hice mi equipaje que consistió en una bolsa de montaña, para cargar las cosas más pesadas en mulas; una mochila; una bolsa de dormir; una cartera canguro para la cámara fotográfica; calmantes; relajantes musculares; mentas y chocolates que debía tener a mano de acuerdo a otra advertencia que me hicieron de que los necesitaría porque se quemaba mucha energía.

Llevé también una cantimplora para el agua con aditamentos para colgarla en el costado.

Salimos bien entrada la tarde, en el trayecto tuvo lugar la autopresentación de los excursionistas, que incluía, además de nombre y ocupación, informar si se trataba del primer viaje al Pico, la mayoría éramos “pinos nuevos”, Pedro, el organizador de la aventura, se puso la mano en la cabeza y dijo ¡Ay Dios mío!

Estaba lloviendo cuando llegamos a Mata Grande, el punto de reunión para encontrarnos con los dos camiones que nos llevarían a donde pasamos la noche. Los que atendieron la sugerencia de que llevaran capas de agua, las usaron en seguida. Yo seguí el consejo de un “experto en Pico” y le hice tres orificios, para la cabeza y los brazos a una enorme funda negra, me sirvió muy bien.

En este camino vi los primeros pinares, la vegetación característica del Parque Armando Bermúdez, a ambos lados de la carretera. La mayoría de las casas son hermosas y lucían deshabitadas. Un letrero muy curioso decía “Cambio esta casa por una casa, o un solar en la capital o un carro”.

Cuando llegamos al refugio de Rancho al Medio ya era de noche. Se nos presentó brevemente a nuestro guía principal, Sergio Goris.

La caseta está ubicada en una subida que me pareció empinada, hasta que conocí otras del parque. Uno de los guías auxiliares, cuatro en total, nos dijo que aquella subida era una especie de ensayo de lo que nos esperaba.

La cabaña, al igual que otras, en servicio, que hay en el parque, cuenta con lo indispensable, una cocina, agua potable, traída directamente del río a través de una rústica tubería, y letrina. Había dos camitas que no nos tocaron a nosotros porque llegamos al mismo tiempo que otro grupo de una agencia de viajes que ocupó la mitad del espacio según la división establecida por los guías.

Fue una noche fría con un sueño inquieto interrumpido por chistes, comentarios y risas. En la mañana todo el mundo estuvo de pie temprano y luego del chocolate matutino, que nunca faltó, un grupo se dedicó a realizar “aeróbicos” para calentarse en medio de la carretera, atrapados por la neblina.

Donde ustedes pongan el pie yo pongo la cabeza
Después que Pedro y Denisse,  entregaron a niños y adultos del lugar donaciones con útiles escolares, el guía Sergio Goris tomó la palabra advirtiéndonos que estábamos bajo su responsabilidad y que “donde nosotros pusiéramos el pie él tenía que poner la cabeza” hasta que saliéramos del parque.

Cada quien se armó de un “bastón” improvisado, cuya utilidad no imaginaba.

Partimos hacia las Guácaras, la distancia era de 17 kilómetros, los cuales se triplican por lo accidentado del camino, las subidas son empinadas e interminables, las bajadas, pedregosas y enfangadas; el paisaje, deslumbrante.

Los pinos cubiertos por guajacas, planta parásita a quien llaman también “barbas de viejo”, parecían fantasmas pacíficos. Un coincidencial compañero de viaje, veterano de nueve subidas al pico, dijo “esos son los velos que se les ponen en Navidad a los pinos”. Le respondí que entonces en esta zona los pinos siempre están en Navidad.

Por momentos perdía de vista el paisaje y me concentraba en el camino, esto ocurría, invariablemente si luego de distraerme tropezaba con una raíz o una piedra, cuando olvidaba el dolor del golpe me absorbía otra vez en el paisaje.

Vi una exótica flor amarilla con un enorme y fino tallo, resaltaba su tono encendido en medio del verde de los helechos, el verde y gris, por las “barbas de viejo” de los pinos, el azul del cielo, y la variada gama de verdes, desde el seco hasta el brillante, que ofrece la vegetación de los profundos precipicios.

No sabía que era la flor del maguey, cuando me acerqué a la orilla y lo descubrí quedé maravillada. Ignoraba que el maguey diera flores, y menos, que fuera tan bella.

Llegamos a un río con un rústico puente colgante que debíamos pasar uno a uno, según la advertencia del guía. Estaba formado por tres troncos uno de los cuales se movía al pisarlo. Lo recorrí lentamente, no me sentí segura hasta llegar al final. Muchos optaron por meterse al río, saltando por las piedras, en lugar de cruzar el singular puente.

La fatiga
Durante un buen tiempo traté de que nadie me viera cuando me detenía cansada y en cuanto sentía que se aproximaba otro excursionista reanudaba la marcha. El orgullo no duró mucho, al cabo de tres horas de camino ininterrumpido los pies duelen, la mochila no pesa, ¡equilibra!, y las mentas se hacen indispensables.

Comencé a rezagarme y volví a juntarme con otros excursionistas del grupo en un brevísimo alto a mitad del camino junto a un río. Nos abastecimos de agua, que estaba casi helada, y apenas eran las dos de la tarde, el río me pareció un hipócrita, su belleza y limpio caudal eran una invitación al baño pero la frialdad de sus aguas paralizó mi entusiasmo, así, comprobé luego, son todos los ríos del parque.

Reanudé la marcha, luego de largo rato la respiración se hacía difícil debido a la fatiga. Misael, voluntario de la Cruz Roja que andaba con el grupo, vino en mi auxilio. Me prestó el mulo en que estaba montado y por fin pude descansar.

Desde la montura el paisaje se disfruta más, abarcaba una zona mayor, no tenía la preocupación de tropezar, pero los abismos, que desde el suelo no se les ve el fondo, se crecen amenazantes.

En el parque hay muy pocos árboles frutales, así que nos asombró gratamente encontrarnos con una mata de limones dulces. Salimos del camino y comimos algunos. Posteriormente, le pregunté al guía y me explicó que antes de que el parque fuera declarado como tal, en 1956, algunos terrenos fueron sometidos a la explotación agrícola por  parte de los campesinos y los pocos árboles frutales datan de esa época.

También me dijo que es frecuente ver en los refugios matas de limones porque los vacacionistas traen frutas y dejan allí las semillas que luego se reproducen.

Cuando consideramos que habíamos comido suficientes limones reanudamos la marcha, pasamos junto a la cabaña de la Loma del Loro, que ya no es utilizada por los excursionistas pero fue una de las primeras que se construyó, había dos caminos, así que nos desorientamoso un momento, cuando se tiene dudas lo recomendable es esperar al guía, pero escuchamos voces más adelante y seguimos hacia la derecha, guiándonos por éstas.

El filo de la navaja
Comencé a notar que el camino se hacía más estrecho, apenas cabía la mula, y en la orilla derecha vi un profundo precipicio, el sentido común hizo que me detuviera y esperara a Misael, a quien entregué la montura para que continuara en ella.

En ese momento ignoraba que me encontraba en el “Filo de la Navaja”, llamado así por los campesinos por su estrechez y peligrosidad.

Continué a pie, a los lados se observaban pajones, donde uno de los muchachos afirmaba debía haber culebras. Quizás impresionada todavía por esto cuando me senté en el suelo para descansar, luego aprendí que es mejor permanecer de pie, vi un ciempiés que salió debajo de un tronco podrido, y lo ataqué con la caña que me servía de bastón.

Repuesta del susto sentí remordimiento y reflexioné sobre lo mucho que nos falta aprender con relación a la preservación de los ecosistemas.

La última prueba que debimos pasar antes de llegar a Las Guáranas fue atravesar el río para lo cual era inevitable mojarnos los pies. ¡Qué agua tan fría! Llegue “coja” al refugio y Pedro creyó que no podría caminar, no fue así.

La noche, estrelladísima, con fogata, mucho frío, chistes y cantos pasó, y al día siguiente, emprendimos el camino hacia el Valle del Bao. Me hice el propósito de no montar en mulas, y lo cumplí.

En el pico, se expurgan las penas
Pude realizar el recorrido de once kilómetros gracias a indicaciones de Misael sobre cómo respirar, tomando aire por la boca y soltándolo por la nariz con fuerza aunque pareciera que estaba sofocada, y la compañía y los consejos de un señor de La Vega cuyo entusiasmo me desarmó enseñándome una gran lección.

De él nunca supe su nombre, ésa es una de las maravilla del Pico: un desconocido de repente conoce la verdadera flaqueza o valentía del otro, quizás más que cualquier familiar. Lo encontré cuando estaba muy cansada, me dijo que mis pisadas eran muy largas, y que no debía sentarme, porque el esfuerzo que hacía para levantarme aumentaba el cansancio.

El no dejaba de maravillarse ante la belleza que desbordaba la naturaleza circundante, me decía una y otra vez que disfrutara de esa belleza que no se encontraba en la ciudad.

Cuando lo vi sofocado, casi “quedado en una loma”, traté de animarlo, entonces me dijo que había visitado el Pico seis veces, le pregunté por qué y respondió, sonriente, que era su manera de expurgar las penas. “Me paso el año pecando y vengo en enero, martirizo el cuerpo y regreso siendo un angelito”.

Me reí mucho, pero presté más atención a su última explicación: “Esto no se puede ver en ninguna otra parte del país, hay que presevarlo..... es maravilloso”.

Cuando me separé de mi amigo, me detuve a tomar una foto, me sentí desamparada, traté de alcanzarlo pero no fue posible. Aprendí otra lección del Pico, los compañeros de viaje son ocasionales.

Encontré al guía, me ofreció su mula, le dije que había prometido no montar y lo cumpliría, caminé con mucha dificultad, los senderos son realmente difíciles, había zonas enfangadas con charcos de agua y lodo resbaloso que además era el único lugar por donde se podía pasar.

Goris, el guía me anunció que el Valle del Bao era lo más lindo que había en el Parque Armando Bermúdez. El cansancio puede nublar los sentidos, cuando llegué el valle no me pareció lindo, estaba agotada.

Me di un baño friísimo en el río Bao, que le da nombre al lugar y con ropa limpia y abrigada me senté junto a la fogata, conversando con Goris, miré el valle de nuevo, pensé que por alguna razón aquel hombre curtido por el frío y el sol aún se maravillaba de su belleza después de visitarlo casi doscientas veces.

Descubrí esa belleza poco a poco, el valle parecía sacado de una historia fantástica o un sueño. Las montañas verdes, nítidas, bellísimas se proyectan al fondo mientras todo el valle es un manto verde salpicado con pinos, indefectiblemente cubiertos por velos grises, la neblina dificultaba a veces la visión, pero a la vez le daba un toque de ensueño. Es increíble que antes no me pareciera hermoso.

En la noche había tantas estrellas en el cielo que daba la impresión que se peleaban porque no cabían todas, pensé que en la ciudad, debido a la contaminación, casi no se aprecian. Unos aficionados a la astronomía se dedicaron a adivinar cuáles eran las constelaciones, las fueron señalando una a una.

Me acosté temprano, el frío no invitaba a otra cosa, durante toda la noche escuché a una pareja pelear por una frazada. En la madrugada me despertó una voz, casi eufórica, que anunció, refiriéndose a la temperatura, “bajó a menos dos”.

Cuando salí muchos ya estaban alrededor de la fogata mientras otros recogían escarha de las tiendas de campaña. Los comentarios eran sobre la temperatura. Goris anunció señalando hacia una loma que yo vi altísima. “Este es el desayuno de nosotros hoy, vamos a subir La Pelona”.

La emoción de llegar hace olvidar las penas
Escalar el último tramo que conduce a la cima del Pico Duarte fue lo más fácil de todo el trayecto hacia éste. Lo más difícil me pareció la escalada de la loma de La Pelona, con todo y que la hice en un mulo, que parecía un burro, resultó una jornada agotadora.

Partimos del Valle del Bao cerca de las nueve de la mañana, me sentía muy adolorida, tenía ampollas en los pies y las uñas amoratadas, le dije a Pedro, organizador del viaje, que no creía que podría caminar.

Me buscaron una montura, era un animal pequeño y se veía muy manejable, los primeros tramos, los más fáciles, lo llevé de la rienda, después lo monté con gran facilidad, ya éramos amigos.

El guía Sergio Goris nos advirtió que debíamos llevar nuestras cantimploras llenas de agua porque no encontraríamos ríos en la escalada de la loma. Cada quien llevaba su reserva de agua como un tesoro.

En La Pelona
Desde que se toma el camino de ascenso hacia La Pelona se nota un cambio en el suelo, que se ve más árido.

La vegetación es densa, los caminos, secos y muy pedregosos. La gente avanzaba lentamente, encontré muchos excursionistas que iban montados, aquella elevación enorme era un desafío que muchos no se sentían en capacidad de enfrentar.

Otros, como Bienvenida, que siempre iba a la cabeza del grupo, tomaron el ascenso como algo muy personal, ni pensar en  montar mulas.

Encontré al guía y me dijo que debía disminuir el paso del “burrito” porque de lo contrario éste no alcanzaría la cima. Disminuí el trote pero no sirvió de nada, el burrito comenzó a pararse a cada paso a comer hierba. Le seguí la corriente y resignada comencé a cantar “con mi burrito sabanero voy camino de Belén”, para ver si se animaba.

El ascenso fue posible, más que por la canción, porque encontré a un grupo, que también andaba en monturas, y los burros se mantienen caminando si sienten detrás, y ven delante, que otro lo hace.

Cuando llegamos casi a la cima uno de los guías me enseñó un terreno lleno de rocas grises de tamaños similares entre sí, dijo que ellos le llaman a ese lugar el “Cementerio del Diablo”, porque allí no crece nada. El área es amplia y produce una extraña sensación de desolación. Alguien habló de la posibilidad de que fueran vestigios de erupciones volcánicas. Nadie me ha confirmado esa teoría.

En la recta final, quedé prácticamente sola, el burrito se desorientó y no encontraba el camino, lo normal es que ellos siempre sepan hacia donde van, alguien que iba delante me ayudó y me uní a otro grupo, así pude llegar.

La parte alta de La Pelona es un terreno seco y árido con vegetación de pinares que no poseen el verdor de las zonas bajas del parque. La cima propiamente dicha está conformada por rocas. Desde allí observé las montañas y valles que la circundan, el cielo era de un azul deslumbrante, las nubes muy blancas, y las demás lomas, en comparación con La Pelona, parecían “enanas verdes”.

Encontramos en la cima basura dejada por algunos excursionistas, el guía la recogió y se llevó las fundas en que la depositó. Se quejó por la inconsecuencia de algunos que dejan desechos en el parque. Le di la razón.

Había estado mirando hacia el lugar que dejábamos atrás, el sur, cambié de posición y pude ver por primera vez hacia el norte, allí estaba el Pico Duarte, a lo lejos, se adivinaban la estatua y las banderas.

Descendí al Valle de Lilís, meseta enclavada justo en medio de La Pelona y el Pico, donde encontré a Misael y juntos nos dispusimos a escalar lo poquito que nos separaba de la cúspide del Pico Duarte.

Por fin, hacia la cima
“Están llegando, les faltan dos minutos”, fue el saludo de una pareja de desconocidos que sonrientes bajaban mientras nosotros, sudorosos y cansados, recorríamos los últimos metros antes de llegar a la meta cuyo ascenso nos había tomado cuatro días de camino.

Los que ya han alcanzado la cima parecen ponerse de acuerdo para mantener las esperanzas de los que van llegando, los dos minutos eran en realidad veinte, pero cada vez que  encontrábamos un “conquistador, o conquistadora” del Pico decía que el final estaba cerca.

La vegetación árida, iba preparando el camino para lo que sería el final, la Cima de la Patria es un conjunto de rocas, donde un Duarte estático rodeado de banderas y placas espera paciente a sus numerosos visitantes mientras contempla un amplio paisaje de montañas.

Estos eran tantos, de tan diversos lugares, nadie pensaría que el camino podría ser largo, sonrientes mirando satisfechos hacia La Pelona, llamaban desde un teléfono celular a familiares y amigos, hablaban a gritos: “Llegué, te estoy llamando desde la cima del Pico”.

La emoción era contagiosa, las cámaras iban de una mano a la otra, cada quien era fotógrafo y a la vez modelo, la naturaleza generosa posaba desde sus mil ángulos de maravilla.

No me decepcionó la cima, como le ocurre a algunos, por el contrario, sentí que valió la pena. Leí las placas, miré las banderas, di una mirada crítica a los múltiples letreros que han escrito sobre el monumento del patricio, pese a que hay un mensaje para que el mismo sea respetado, y por último me ensimismé en el paisaje.

Lo que se veía desde allí se puede describir, montañas, sol y cielo, pero lo que se siente es más difícil de definir, es como si se respirara un aire esterilizado por Dios.

Bajamos luego de un rato y a los primeros excursionistas que encontramos les dijimos que estaban llegando, luego, Misael y yo, nos reímos porque, sin proponérnoslo hacíamos justo lo que otros hicieron con nosotros. Misael comentó que me fijara cómo cambiaban los rostros después de subir al Pico, la gente subía seria y bajaba sonriente.

Una bajada difícil
En el Valle de Lilís, encontramos al guía Sergio Goris, pero no al burrito, así que iniciamos a pie el recorrido hacia “La Compartición”, “todo es bajada”, me alentó Goris.

Era cierto que se trataba de bajadas, ¡pero qué bajadas!, mis pies adoloridos parecía que no llegarían. Me repetía una y otra vez que cuál era la cinta métrica que había utilizado Goris para medir los kilómetros que él decía eran cuatro, me parecieron veinte.

En el camino, vi unos pinos secos y ennegrecidos, creí que era a causa de incendios ocurridos hace años en el Parque, un excursionista dijo que datan de la época del dictador Rafael Trujillo, cuando unan compañía americana les extraía la resina haciéndoles unos cortes, que todavía son visibles, en sus troncos. Según su versión, muchos pinos se secaron y otros sobrevivieron.

¡La verdad es que hay que ser limpio!
Cuando llegué a La Compartición, había una multitud de vacacionistas, muchos muy jovencitos.

Era cerca de las seis de la tarde, decidí ir a bañarme en seguida. Hacía mucho frío. Allí no hay un río sino un pequeño manantial cuya agua se canaliza por una rústica tubería. Había que descender una pequeña colina, en ésta me encontré con dos guías, campesinos de las zonas aledañas al Parque, uno le comentó al otro “La verdad es que hay que ser limpio”, haciendo un gesto hacia mí con la barbilla.

Me reí mucho, lo cierto es que no me bañaba porque tenga exageradamente arraigados mis hábitos de limpieza, lo hice porque me advirtieron que el baño, en esas aguas heladas, era el único relajante efectivo para el cansancio, y así lo comprobé cada día.

La de La Compartición fue la noche más fría que recuerdo en el Parque. No tengo idea de cuánto bajó la temperatura, no volví a ver a la persona que tenía el termómetro, pero la verdad es que me pareció mucho más fría que la vivida en el Valle del Bao, donde bajó a menos dos.

En la mañana, Pedro observó que estaba cojeando y recomendó que tomara una montura, pedí que no me dieran el burrito porque era muy lento. Me proporcionaron una mula que cuando observé a uno de los guía jóvenes traerla, a soga corta y aparentemente a la fuerza, pregunté si tenía algún problema, dijo que no, pero la realidad fue otra.

Un gran susto
Montar aquella mula, luego del burrito, era como pasar de una bicicleta a un carro último modelo. Era briosa, fuerte y pronto dejó detrás a todo el mundo. Iba un poco preocupada, por la velocidad que llevaba, pero me decía a mí misma que cuando me pareciera que corría peligro la detendría.

El guía había dicho que subiríamos una loma y luego iríamos en bajada, anunció que había un llano donde se dividía el camino. Cuando llegamos al llano vi un letrero y quise leerlo, traté de parar la mula pero ésta no me hizo el menor caso, tomó rumbo hacia la izquierda, y a todo galope, emprendió una nueva subida.

Yo creía que nos habíamos perdido, cuando vi el precipicio del lado derecho comencé a asustarme de verdad. Hice lo imposible para detenerla y por fin lo logré.

Me desmonté, la amarré, y desanduve lo andado hasta llegar a la llanura donde vi el letrero. Encontré un grupo de veganos que venía a caballo, uno de ellos, Tony, me dio su montura, encontramos la mula más adelante donde yo la dejé amarrada, él tampoco pudo controlarla pero lo tomó a chiste, les gritaba a las personas “¡Quítense que esta mula es loca!” y seguía corriendo a todo galope.

Supimos, más tarde, que cuando las mulas ven que toman el camino de regreso a la casa se ponen contentas y lo hacen a toda prisa, además la que yo monté, tenía un pequeño bozal de soga y le correspondía un buen freno porque era muy fuerte.

Nuestro destino era la Ciénaga de Manabao, cuando se terminó la loma iniciamos el descenso, todo el camino estaba lleno de lodo y piedras pero el paisaje que se observa es uno de los más hermosos que vi en el Parque.

Encontramos a un montón de adolescentes descendiendo a pie. Me llamó la atención una señora muy madura residente en Los Tablones, esposa de un guía, que recorrió a pie, sin detenerse a tomar un respiro, todo el trayecto.

En este camino reaparecieron los ríos, que el día antes no habíamos visto, la verdad es que son tan lindos, todos lucen caudalosos, limpios, atravesados por puentecitos de madera, parecían de postal.

Algo inesperado, aunque me lo habían anunciado, pero debo confesar que lo olvidé, fue ver el nacimiento del río Yaque del Norte, un chorrito de agua que brota de la tierra, es increíble.

Cruzamos por la entrada hacia el Valle del Tetero, no lo visitamos porque el grupo estaba muy agotado, pese al agotamiento, en ese momento, dudé si había sido una buena decisión, yo voté por ella, sacar del itinerario aquel valle que muchos me aseguran es un sueño.

Me sentía adolorida de estar montada en la mula, la distancia era de 17 kilómetros de los de Goris, el guía. Cuando llegamos a Los Tablones, donde hay una cabaña, me anunciaron que aún faltaba un pequeño tramo. Al fin llegamos a La Ciénaga, es una comunidad muy pobre pero con un paisaje que quita la respiración. El río es uno de los más lindos que vi en el Parque, desde el pueblecito se ven las montañas y un valle muy verde.

¿Qué debemos llevar para escalar el Pico Duarte?
Los excursionistas que van al Pico Duarte deben estar provistos de una serie de artículos indispensables teniendo en cuenta que se va hacia una zona protegida donde no hay habitantes, farmacias o colmados en muchos kilómetros a la redonda además de que existe la posibilidad de enfrentar temperaturas bajo cero, en cabañas o tiendas de campaña.

Existe la limitante de que no se deben llevar demasiadas cosas porque hay que evitar la sobrecarga tanto para la persona como para las mulas que llevan los bultos más pesados.

Así que el equipaje ideal es el que tenga lo indispensable sin excesos.

ARTICULOS INDISPENSABLES
(Viaje de seis días)
Una tienda de Campaña (si los organizadores no la llevan).
Una mochila.
Una cangurera.
Una bolsa de dormir de invierno. (Si es de verano debe llevar frazada).
Una bolsa de montaña o un bulto de textura fuerte y fácil de manejar.
Botas o tenis. (Que no sean nuevos y llevar un par extra).
Dos linternas (con cuatro juegos de pilas).
Una cantimplora para el agua con aditamentos para colgarla al costado.
Capa de agua o funda grande de basura con tres orificios para la cabeza y brazos.
Un abrigo. (Un buen abrigo o varios).
Traje de baño.
Guantes de lana.
Gorro de lana.
Bufanda de lana.
Medias de lana. (Cuatro pares).
Dos jeans.
Cuatro camisetas.
Dos licras. (Una corta, para caminar en el día. Y una larga para dormir).
Un pito. (Es muy útil para comunicarse con sus compañeros de viaje).
Lápiz de labios. (Se resecan con el frío y el sol).
Primeros auxilios: Calmantes, relajante muscular, antiácido, etc.
Protector solar.
Pasta dental, jabón y papel de baño.
Caramelos, chocolates y picaderas. (Los organizadores llevan la comida pesada).
Cinco fundas grandes. (Se colocan dentro de la mochila y la bolsa de montaña para proteger las cosas de la lluvia. Si la bolsa de dormir no tiene estuche, se coloca dentro de dos fundas de éstas).  

En la mochila irán los artículos imprescindibles y la porción de alimentos que se consumirá cada día. La cangurera sirve para los dulces, calmantes, cámara fotográfica, lápiz labial, etc.

Es necesario llevar la menor carga posible sin dejar cosas que puedan necesitarse en el camino porque el resto del equipaje va en las mulas y no se tiene acceso al mismo hasta llegar al destino de cada jornada.

SAMANÁ, UNA AVENTURA A TU ALCANCE.

Playas, ríos, saltos, cascadas, montañas, bosques, entre otros elementos de la naturaleza se combinan para hacer de esta región del país una de las más bonitas. Su incomparable belleza seduce al visitante e impregna el deseo infinito de tocar de nuevo su puerto.

Un fin de semana no es suficiente para disfrutar de todas las riquezas naturales que posee esta provincia y que pone a disposición de quienes la visitan. Este rincón de la isla cuenta con una serie de elementos que conquistan inmediatamente al visitante y lo convocan a conocerlo más.

Su historia se remonta a muchos años atrás. La península de Samaná fue descubierta al amanecer del 12 de enero de 1493 por Cristóbal Colón en su primer viaje a América. Al día siguiente se libró la Batalla de las Flechas, el primer encuentro sangriento entre indios y españoles en el Nuevo Mundo, por lo que Colón le dio el nombre a la Bahía de Golfo de las Flechas.

La ciudad de Santa Bárbara de Samaná, cabecera de la provincia, fue fundada el 21 de agosto de 1751, por el gobernador Francisco Rubio y Peñarada. En 1805, el General Ferrand hizo confeccionar un plano para eregir a Samaná como capital de la Colonia con el nombre de Ciudad Napoleón. El 4 de junio de 1867 fue declarada como un Distrito Marítimo. La Constitución de 1907, efectiva en 1908, la convierte en Provincia a la cual se le asigna el nombre del indígena de la región.

Un rincón muy particular
Es común encontrar en Samaná a varios de sus pobladores más antiguos hablando inglés. Esto se debe a que en 1824, el Presidente Boyer asentó en esta provincia 300 familias de libertos negros norteamericanos, miembros de la Iglesia Metodista Episcopal Africana. Aún en los parajes de Villa Clara, Noreste y Los Algarrobos, subsiste el habla inglesa, la religión, usos y costumbres de los inmigrantes procedentes de Filadelfia.

Pero no sólo estas personas poblaron Samaná, su población es tan variada como su paisaje. Los antiguos moradores del lugar se fueron conformando con bucaneros, colonos franceses, españoles, africanos, haitianos e  ingleses.   Las únicas canteras de mármol del país la posee Samaná. Su industrialización se hace a través de la Marmolería Dominicana, propiedad del Estado.

Un espacio para el turismo
Las principales actividades económicas de Samaná son el turismo, la agricultura y la pesca. Además en este lugar se encuentra un  pequeño desarrollo minero, en donde se puede observar la producción de mármol. Los productos agrícolas principales son el coco y la yautía.

Las zonas de mayor desarrollo turístico son el centro, Las Terrenas y Las Galeras. En los últimos años la visita de las ballenas jorobadas, que vienen a la zona a mediados del invierno y primavera, llaman a miles de visitantes. Estas ballenas realizan una serie de acrobacias y escogen las aguas cálidas de la bahía para aparearse.

Debido a sus atractivos naturales, el turismo se convierte cada vez más en una de las fuentes principales de empleo e ingresos de los moradores.

Su oferta turística se basa principalmente en sus bellas playas donde se realiza buceo deportivo, la pesca turística y algunos deportes acuáticos. Cayo Levantado, balneario La fuente, salto del río Los cocos, La cascada del Limón, y el Parque Nacional de Los Haitises constituyen otros de los grandes atractivos naturales turísticos de Samaná.

Qué visitar
• La sierra de Samaná es un lugar ideal para practicar senderismo.
• Existen hermosos ríos tales como Libón, Majagual y Tito.
• Puedes optar por playas como Las Galeras, Las Terrenas y Puerto Escondido.
• Si no tienes temor a los botes, puede navegar en uno y llegar hasta el Cayo Levantado.
• Aventúrate por los estrechos senderos hasta llegar al salto del Limón. “Valió la pena”, es la primera frase que surge cuando llegas allá. Curiosidades
• En Samaná todavía se narran muchas leyendas de muertos aparecidos y bacá.
• Las personas mayores de la región hablan perfectamente el inglés.
• En la zona existen muchas iglesias protestantes.
• Cerca del malecón está una de las iglesias más antiguas del país. Es una iglesia  de estilo anglicano construida por los ingleses. 

¡OLÉ! LAS TARDES DE TOROS CON SABOR A MABÍ SEIBANO.
CON CARPAS VIP Y ASISTENCIA MEDICA

La emoción y el colorido que caracterizan las corridas de toros, que se celebran a principio del mes de mayo en esta ciudad, representan apenas una parte de este  evento único en el país. La cantidad de personas nativas y del extranjero que separan esta fecha en el calendario ha dado mayor brillo a este espectáculo que este año coincidió con un programa de celebraciones con motivo de los 500 años de fundada la entonces villa de Santa Cruz de El Seibo.

Las corridas de toros  guardan relación con las celebradas en la época de la colonia en el Convento de los Dominicos, desde entonces se han mantenido con ligeras variaciones. La comunidad ha abogado por la construcción de la plaza de toros y multiusos de esta ciudad, que sería única en el área del Caribe, con la cual se lograría mayor organización y provecho para el turismo.

La lidia atrae personalidades, funcionarios, legisladores, invitados nacionales y extranjeros y gente de todas partes del país, quienes se identifican con la tradición en medio de gritos y aplausos.

El evento cargado de colorido y tradición es visto por niños, jóvenes y adultos en un redondel desde donde se aprecian los pases y movimientos propios del arte de la tauromaquia.

El original montaje logra una mayor connotación con la presencia de artistas, personalidades y autoridades. En la última versión la encabezó como madrina de la celebración de los 500 años de fundación de la provincia, la primera dama Margarita Cedeño de Fernández.

El programa
Las tardes taurinas se celebran entre las fiestas patronales en los primeros días del mes de  mayo, gracias al patrocinio de empresas e instituciones como el Central Romana, la gobernación   provincial, el Ayuntamiento y empresas particulares.

Entre gritos  y aplausos, el público mantiene los ojos atentos a los saques de los toreros.

Años de reclamos, peticiones y proyectos lograron que se ponga atención al aprovechamiento de una arraigada tradición, heredada de la ocupación española y que se busca potenciar y adecuar a la demanda que tiene el turismo en esta región.

El montaje
En las corridas de toros, que se inician a las 4:00 de la tarde, siete ejemplares ven acción. La salida de los animales es seguida de aplausos de la multitud y gritos.

Los bravos ejemplares que ven acción son cedidos por la empresa Central Romana, la que también aporta los tablones para la construcción del corral de madera y cede varios jinetes para dirigir los animales al momento de regresarlos.

Los toreros utilizan vistosos uniformes propios de la lidia, que unidos a la valentía y el entusiasmo del público, hacen de las corridas un espectáculo único en el país. El escenario es el sector de Las Quinientas, en la entrada de la ciudad, ubicada a 125 kilómetros de Santo Domingo.

La plaza
La construcción de la plaza de toros en El Seibo constará de tres etapas: la primera, el redondel fue construido por el Ayuntamiento, posteriormente se contempla la  construcción del edificio de gradas y locales comerciales y al final las vías de acceso, parqueos y áreas verdes.

Las corridas o lídias seibanas se mantienen año por año como el principal atractivo de las fiestas patronales que se celebran en esta ciudad en los primeros doce días del mes de mayo.

Ya se levantó la primera etapa y se está pendiente de las dos siguientes, que según ha señalado el síndico Reynaldo Valera se hará realidad en los próximos meses, con el entusiasmo de que obtuvo la reelección y se siente comprometido con la obra.

El origen histórico
Las corridas de toros, como hoy las conocemos, nacen en el siglo XVIII, cuando la nobleza abandona el toreo a caballo y la plebe comienza a hacerlo a pie, demostrando su valor y destreza. Es Francisco Romero el primer diestro que pone orden a la fiesta y el creador de la muleta.

LA PAZ EXISTE, ESTÁ EN LOS HAITISES.
REPORTAJE

Dos golondrinas nos observan desde el techo de una caverna, un nido de murciélagos se retuerce ante la luz de la linterna, dibujos centenarios hechos por los taínos se aprecian en las rocas, un cangrejo rojo de gran tamaño asoma bajo las raíces de manglares que semejan enormes arañas, una bandada de pelícanos parece posar para la cámara, vuela una garza azul, no es ficción, lo vi en Los Haitises.

En este lugar, el silencio parece un grito y la vida se vuelve monocromática. Todo es verde, las montañas y el agua, salvo momentos en que cruza un ave de las múltiples especies que allí habitan, sólo el verde parece existir en una de las reservas científicas de mayor valor histórico y ecológico del país.

Sobrecogida por tanta belleza María Rosa dice: “Todos los presentes en este bote le damos gracias a Dios porque podemos admirar su obra”.

Colocada tras una cámara de video ella viajaba, al igual que yo, junto a un grupo de excursionistas, que en ese momento nos encontrábamos en una canoa que estaba siendo arrimada al sendero del bosque húmedo.

Leyendas e informaciones casi mágicas salían de la boca del guía suministrado por la Dirección Nacional de Parques. Héctor, “Muchas plantas son curativas y en una de las cuevas se refugió la princesa taína Guaney, quien alimentó el mito de la ciguapa porque, para despistar a los españoles, caminaba de espaldas”.

Declarado Reserva Forestal en 1968 y Parque Nacional en 1976, Los Haitises, que significa tierra montañosa, se nos asemeja a los brazos que una naturaleza mortalmente herida levanta hacia el cielo como muestra sobreviviente de su sin igual perfección.

El “envase de huevos” de la geografía dominicana
Le he dado la vuelta al mundo varias veces y puedo decirte que no hay nada igual”. Me comentaba a la salida de la Capital Elizabeth, una venezolana que fue mi compañera de asiento durante la excursión a una de las más controversiales zona protegida del país: Los Haitises.

“Los Haitises, desde los aires, parece un envase de huevos”, explicaba de pie para que todos le escucharan, Garibaldi Mejía, de la Dirección Nacional de Parques, quien acompañó al grupo, compuesto por personas interesadas en organizar expediciones.

Nos fuimos por la autopista Las Américas que penetra en la zona Este del país como una serpiente en la selva. La “carretera vieja”, que cruza los linderos de la cementera, nos llevó pronto a pocos kilómetros de Hato Mayor, la provincia a la que pertenece el municipio de Sabana de la Mar, nuestra puerta de entrada a Los Haitises.

Desde un rústico embarcadero de bambú abordamos la yola que a través de Caño Hondo conduce a al Bahía de San Lorenzo ubicada al noreste de la zona protegida.

A cada lado, el caño es un mar de manglares, plantas de abundantes y extensas raíces que crecen en ecosistemas muy desarrollados.

Las cámaras comienzan a surgir en las manos, las miradas van de la orilla que le queda en frente a cada quien al horizonte. Un grito advierte “agáchate”. La advertencia llegó a tiempo. El guía, repitió lo que dijo al subirnos en la yola, “tienen que estar pendientes, puede golpearlos una rama”.

El guía calma el entusiasmo de las que llevan trajes de baño, “las playas son pequeñas y suelen tener erizos”.

Aves ocultas en las ramas de los manglares, de vez en cuando, hacen fugaces apariciones.

“Esa es una garza azul, hay también petígueres, cotorras...”.

Supe después que dentro de la fauna de Los Haitises las aves son el grupo más numeroso. Hay 110 especies de las 270 que existen en el país.

Las garzas, como la que vimos en el caño, están dentro de la clasificación de zancudas, y en Los Haitises, abundan en los manglares.

Al entrar a la Bahía de San Lorenzo, que conforma la desembocadura del río Yabón, cuyos sedimentos han dado origen a una barrera de arena que la separa de la Bahía de Samaná, vimos un gran espectáculo, pelícanos, que habitan en el litoral u orilla del mar, armoniosamente colocados, como en fila, sobre los posaderos del Muelle de las Perlas.

La cámara me jugó una mala pasada, qué foto perdí.

Héctor, el guía, señaló hacia la loma de Pan de Azúcar y dijo que algunos afirman que es un volcán. ¿Volcán aquí? Uno de los excursionistas me advirtió, “si lo escribes di que lo dijo él”.

Al frente, se veía a lo lejos el Cayo de las Aves, que ya está vacío, ellas emigraron y la Dirección de Parques trató de determinar la razón. Se cree que las espantó el ruido de las yolas que bordeaban el cayo para mostrárselas a los visitantes.

El paisaje era de un verde furioso combinado con un cielo muy azul y totalmente despejado. La exposición al sol se iba sintiendo, me ajusté la gorra de Mikey Mouse, aunque no soy partidaria de mostrar un ratón en la frente, pensé que llevarla fue una buena decisión.

El Bosque Húmedo
La primera parada fue en el Sendero del Bosque Húmedo, una de las zonas del parque que mayor explotación agrícola sufrió. Tras desembarcar, caminamos unos pocos metros hasta llegar a la caseta donde hay un panel con información.

Pudimos observar unas marzorcas de cacao muy grandes. Escuché a María Rosa mientras hacía una grabación de video, al parecer para sus hijos. “Estamos en plena selva tropical, esto es una mazorca de cacao, de aquí salen los chocolates que a ustedes les encantan”.

Nos fuimos a la Cueva del Ferrocarril, la de la leyenda de la Princesa Taína Guaney.

Observamos muchas pictografías, dibujos hechos sobre piedra, algunas se confunden con letreros dejados por visitantes, hace más de medio siglo.

La mayoría de lo especialistas de arte indígena creen que estas pictografías corresponden a culturas precerámicas, mientras otros sostienen que son del período Chicoide.

Aquellos dibujos centenarios, plasmados con jugo de mangle rojo y bija, producen una gran fascinación, son brujos, niños fajados, la cruz y una ballena, me pareció la primera real herencia taína que contemplaban mis ojos.

Cuando salimos de la cueva, el guía recogió jubiloso un oxidado trozo de metal, era “la prueba”, dijo, de que realmente por allí pasaba un ferrocarril.

Nos fuimos a la Cueva de Arena, que normalmente es la primera que toca el recorrido, pero nosotros lo hicimos a la inversa. Cerca de esta cueva se encuentran las oficinas, en Los Haitises, de la Dirección Nacional de Parques.

En el camino vimos la entrada a la Cueva del Indio, está vedada a los visitantes. El guía nos contó que allí fueron encontrados restos de osamentas indígenas.

En la Cueva de Arena hay petroglifos, esculturas talladas sobre piedra, que son representaciones de tipo ritual.

Se ha establecido que hasta el siglo quince las culturas indígenas usaron las cuevas de Los Haitises como centros para sus rituales, especialmente ceremonias y enterramientos. Hasta la fecha no han aparecido restos de que fueran habitadas.

Petroglifos, Golondrinias y Murciélagos
El primer petroglifo que vi, mide como medio metro y está en perfectas condiciones. Dentro hay tres petroglifos más, caritas, colocadas sabiamente una debajo de otra en lugares estratégicos.

Seguimos hasta el lado de la cueva donde habitan las golondrinas y los murciélagos. Las golondrinas, pequeñitas, en niditos que parecían bolsillos, nos miraban desde el oscuro techo, sorprendidas, luego volaron.

Vimos, en una zona muy oscura, un “ramillete” de murciélagos.

En esta cueva se debe caminar con suma precaución, tiene muchos recodos. Hay una cañería y una escalera que conduce a Caño Hondo. Los manglares nos parecieron preciosos y allí sí pude lograr una buena foto.

Fue al regreso, de nuevo a través de Caño Hondo, cuando vi un enorme cangrejo rojo, él nos despidió.