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FE Y ACONTECER

“Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida…”

Cardenal Nicolás De Jesús López Rodríguez

V Domingo de Pascua
14 de Mayo de 2017 - Ciclo A

a) Del libro de los Hechos de los Apóstoles 6, 1-7.
Nos encontramos en la primera lectura de los domingos del Tiempo de Pascua con el inicio de la Iglesia. Hasta este momento San Lucas nos ha presentado una imagen idealizada de la primitiva comunidad, era un grupo homogéneo, dirigido por los discípulos de Jesús, con un solo corazón y una sola alma, que ponían todo en común y nadie llamaba suyo nada, dando a cada cual según su necesidad.

Pero hay que reconocer que aquella comunidad estaba integrada por grupos de creyentes de diversas culturas, orígenes, mentalidad y posición social; esas diferencias existieron desde el principio y en este pasaje aparecen dos grupos contrapuestos: los helenistas y los hebreos. La diferencia entre ellos comenzaba por su lengua, aunque es probable que todos hablasen griego que era la lengua oficial del Imperio en Oriente.

Estas diferencias se hacían más profundas, por la influencia de la cultura y filosofía griegas en los helenistas, las de la Diáspora seguían siendo judíos, pero no podían sustraerse al influjo griego. Las diferencias apuntadas se traducían en la práctica, en cierto trato diferente que unos y otros recibían. Los helenistas se quejaban de alguna discriminación en su perjuicio y la existencia de un número considerable de viudas se explicaba por el ideal de los judíos piadosos que, viviendo en la Diáspora, querían morir en Jerusalén.

No obstante, los apóstoles respondieron a esa inevitable realidad con una propuesta para hacer un cambio en la organización de la comunidad y esta será la ocasión que favorecerá el surgimiento del nuevo ministerio de los Diáconos.  A los siete varones elegidos por la comunidad eran judíos, los apóstoles les encomiendan el ministerio mediante la imposición de las manos, un rito muy bien conocido en Israel, el cual significaba la transmisión de una potestad, de unos derechos o de una responsabilidad.

Es interesante el procedimiento seguido en la elección de los Diáconos. Por una parte, es la comunidad cristiana que democráticamente elige y propone a los candidatos, pero son los apóstoles que les imponen las manos asociándolos a su ministerio y aunque su función era sustituir a los apóstoles en la tarea de servir las mesas, algunos diáconos predicaban y daban su testimonio de Cristo, como nos refiere San Lucas en el caso de Esteban y Felipe.

Finalmente, podemos decir que este pasaje de los Hechos de los Apóstoles nos revela un incipiente proceso de organización eclesial y un reparto de responsabilidades al ir creciendo y madurando el grupo de fe. Se apuntan las tres acciones pastorales básicas que construyen la comunidad: la palabra, los sacramentos y la caridad.

b) De la primera carta del Apóstol San Pedro 2, 4-9.
La liturgia de la palabra del Quinto Domingo de Pascua se centra en la comunidad pascual nacida de la muerte y resurrección de Jesucristo y se describe como: Un cuerpo vivo que se organiza, y se desarrolla interna y externamente distribuyéndose las tareas y funciones de caridad, de la palabra y del culto. Un pueblo sacerdotal cuyos miembros son piedras vivas del edificio eclesial que tiene por piedra angular a Jesucristo resucitado. Un grupo unido que peregrina hacia Dios al ritmo de la historia y bajo la guía de Jesucristo que es el Camino, la Verdad y la Vida. La Iglesia es un pueblo organizado en la corresponsabilidad.

Este pasaje de la carta de San Pedro nos proporciona el mejor resumen de la dignidad del cristiano y de todos sus privilegios y características: “una raza elegida”; en su exhortación para perseverar en el camino cristiano, describe a los fieles cristianos como un templo espiritual en el cual Cristo es la piedra angular. Cristo, la piedra viva, vivifica a los que edifican sus cimientos en Él, la piedra base del edificio y la destrucción de los que lo rechazan.

c) Del Evangelio de San Juan 14, 1-12.
Este pasaje es parte del largo coloquio en que Jesús se despide de los suyos en la Última Cena. El tema central que domina todo el discurso es la partida de Jesús y el futuro de sus discípulos sin su compañía física, pero con la asistencia del Espíritu Santo. La idea básica de este pasaje de Juan es: Cristo es el camino hacia el Padre para todos los que creen en Él.

Jesús comienza levantando el ánimo a los apóstoles después del anuncio de la traición de Judas y de la triple negación de Pedro. “No pierdan la calma: crean en Dios y crean también en mí”. En seguida les anuncia su partida a la casa del Padre, es decir su muerte y resurrección: “Voy a prepararles sitio; volveré y los llevaré conmigo”.

Ante la pregunta de Tomás, Jesús responde: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí”. Entonces interviene Felipe: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta”. La respuesta de Jesús es: “Quien me ve a mí, ha visto al Padre. Créanme yo estoy en el Padre y el Padre está en mí”. Porque Él es uno con el Padre y son mutuamente inmanentes, Jesús puede constituirse en camino hacia Dios, en Verdad que nos lo revela y en Vida que del mismo participamos. Porque Jesús es la imagen visible y el rostro humano de Dios, el que conoce a Cristo, conoce y ve al Padre. Gracias a Cristo el Hijo de Dios y su Palabra personal, podemos conocer a Dios visiblemente.

Este “ver” no es físico, si no los discípulos ya hubieran visto al Padre con la persona de su Maestro. También vieron físicamente los escribas y fariseos y no captaron en Él al Hijo de Dios. Contemplaron sus obras, sus milagros, su conducta rebosante de bien, su doctrina siempre llena de verdad, tenían a la vista todos los avales de su persona y no creyeron en Él. Porque no es posible ver a Jesús en su identidad divina sino por los ojos del corazón que dan la visión auténtica, la de la fe.

En el evangelio de San Juan los verbos ver, conocer y creer forman una tríada intercambiable, equivalente, casi sinónima. Los tres se conjugan generosamente en el Evangelio de este domingo. La visión de Dios se logra por el conocimiento de El mismo; y ambos pasos desembocan en la fe que es la auténtica sabiduría de Dios, según la Biblia.

Para la “filosofía” de Juan, que refleja el pensamiento bíblico y semita, el conocer es ante todo experiencia personal del objeto con el que se entra en relación y contacto; en el caso, con Dios a través de su Hijo Cristo Jesús que lo manifiesta en su persona y en sus obras, totalmente identificados con el ser y el querer de Dios Padre.  Jesús y el Padre (y el Espíritu Santo) son uno y están en mutua inmanencia, aunque son distintos.

Asombrosamente el hombre es invitado por Dios al círculo de esa comunidad trinitaria mediante la fe y los sacramentos de la vida cristiana. Por analogía trinitaria el discípulo debe estar y vivir en Jesús por un amor que lo identifique a Él en pensamientos, intenciones y acción para poder hacer las obras que Cristo hace.

Fuente: Luis Alonso Schˆkel: La Biblia de Nuestro Pueblo.
B. Caballero: En las Fuentes de la Palabra.

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