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OYE PAÍS

Más sombras que luces

Ruddy L. González

El pasado sábado en las primeras horas de la mañana, en conversación por whatsapp con un grupo de dilectos amigos, hacíamos un ejercicio dialéctico sobre el balance de la vida de Fidel Castro y su revolución, hacia adentro de Cuba y hacia afuera, en las Américas y el mundo.

Y concluimos, de manera unánime pero con visiones muy diferentes, en que Fidel fue uno de los grandes del siglo XX.

Admirado y exaltado por muchos como el símbolo del desafío y la rebelión contra el poder económico, político y militar de Estados Unidos. Como un hombre capaz de derrocar a sangre y fuego a un régimen apoyado por la burguesía de su país y por poderío  norteamericano, en la implacable guerra fría.

Odiado por muchos otros dentro de Cuba por la cruel dictadura que encabezó, persiguiendo disidentes, prohibiendo todo tipo de libertades, sumiendo a toda una nación, por más de 50 años, en carencias hasta de alimentos, medicinas, ropa y los mínimos artículos para la higiene, como jabón, pasta dental o toallas sanitarias, así  como un encierro total alentado por el temor y la incertidumbre. Repudiado por grandes segmentos de las Américas por la exportación de la cruenta subversión y la guerrilla violenta, que tratando de imponer el comunismo cubano sumió Centroamérica y la mayoría de las naciones del cono Sur en un infierno de guerra que anarquizó el continente, con un saldo de millares de víctimas y división social que aún sufren muchos de sus habitantes. Sobran quienes llamen a esto ‘solidaridad’, como se pretendió calificar sus intervenciones militares en Angola y Namibia.  

 Los que admiran la revolución de Fidel exaltan avances en la educación y la salud. Y algunos de mis contertulios referían que había desaparecido la ‘inequidad’. No faltó quienes se preguntaran ¿cuál logro de la educación, si millares de profesionales no tienen trabajo, y si es que consiguen, reciben salarios de miseria tal como  $5 a $10 dólares al mes? ¿Qué salud si en la atención hospitalaria los ciudadanos sufren los peores rigores comparados con países de la región y donde las estanterías de farmacias están llenas de telarañas, polvo, polillas y cucarachas? Lo de la ‘inequidad’ es, quizás, lo más correcto, porque todos -con excepción, claro, de los jefes de la revolución- viven bajo el mismo estado de miseria, encierro y silencio. No me alegro y menos festejo la muerte de nadie, pero la de Fidel no la lloro...

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