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EL CORRER DE LOS DÍAS
Martí y María Mantilla
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Marcio Veloz Maggiolo

Las cartas de José Martí a Maria Mantilla, por su contenido casi paternal son elementos que se consideran claves para entender cómo el recuerdo de sus vivencias junto a Carmen Miyares conformaron quince años de un trato más que familiar con el que el apóstol recibió el cariño de Carmen Miyares y en el que al través de la imagen de la que fuera su hija o de la que considerara como una hija, sería punto clave de su amor para muchos verdaderamente paterno.

Estas cartas escritas a la que consideraba  su hija, tienen mucho que ver con su camino, su ruta, hacia la posterior invasión que junto a Máximo Gómez, el Generalísimo, llevara a cabo en un trayecto sin dudas angustioso. Cuba esperaba la solución de sus ideas en hechos, con brazos dominicanos dispuestos a morir por la hermana tierra antillana. Martí se ocupa en algunas de sus ocho cartas a María Mantilla de colocar en ellas la fecha y el lugar en donde habían sido escritas.

En esas cartas, señala su temor al imposible retorno; sus miedos y sus amores. Su constante deseo de que María cuide a Carmita, nombre amoroso con el que se refiere a Carmen Miyares, su protectora. No puede Martí dejar de recordarle y de escribir para que también ella se haga eco de la correspondencia escrita supuestamente para María, pero en verdad pensando en ambas. Son casi quince años de relaciones, de ayuda, de mezcla de proyectos que ella ha apoyado. Desgraciadamente Carmen Miyares no tenía la vocación de escritora. Quizás si la hubiese tenido habría escrito las páginas más importantes de la vida privada, ¿familiar?, de José Martí en el Nueva York que compartieron y sufrieron.

La última salida de Martí para encontrarse con los generales Gómez y Marcos del Rosario, azuzaba sus temores de muerte. Se trataba de un Martí cansado, casi obligado moralmente a culminar su labor para el logro de una guerra de liberación que sus ánimos y debilidades físicas apenas hubieran soportado. Algunos historiadores han pergeñado la idea de que el líder antillano precipitó su muerte.

Luego del largo viaje y ya en tierra cercana a Montecristi, durante su casi final estancia en Cabo Haitiano, el 9 de abril de 1895, Martí aconseja a Maria Mantilla, en una carta que es casi una despedida: “Que cuando mires dentro de ti, te encuentres como la tierra por la mañana, bañada de luz. Siéntete limpia y ligera como la luz. Deja a otras del mundo frívolo: tú vales más. Sonríe y pasa. Y si no me vuelves a ver haz como el chiquitín cuando el entierro de Frank Sorzano: pon un libro -el libro que te pido- sobre la sepultura, o sobre tu pecho, porque ahí estaré enterrado yo si muero donde no lo sepan los hombres. Trabaja. Un beso y espérame.

Tu Martí”.

Tenía entonces María Mantilla casi quince años.

Siempre en esas ocho cartas usó, como en casi toda correspondencia, su apellido para identificarse.

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