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24 Octubre 2014, Santo Domingo, República Dominicana, actualizado a las 6:07 PM
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El Presidente que siempre quiso ser
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Ricardo Pérez Fernández

Sin la prudencia y las claudicaciones forzosas que le habían impuesto unas condiciones políticas adversas; sin la precaución que exigía un panorama enrarecido, donde un racismo disimulado y un fundamentalismo conservador dieron vida a extremismos que intentaron boicotear todo lo proveniente desde su litoral; y sin la cautela que aconseja una demostrada adicción al consenso, el presidente Obama pronunció un discurso de toma de posesión que lo consagró como lo que siempre, de manera despectiva, se le ha imputado ser: un adalid de la ideología liberal. 

Embutido en la coraza que desarrolla todo político expuesto constantemente a rechazos y cuestionamientos, y escudado por el halo de libertad que reviste a un presidente que observa, aparentemente impávido, el último capítulo de su historia política, el presidente Obama reveló sus cimientos auténticamente liberales, centrando su discurso en los valores fundacionales de la libertad y la igualdad. Esos valores, contenidos en la declaración de independencia del 4 de Julio de 1776, los que otrora llevaron  a la abolición de la esclavitud, hoy, son sobre los que el Presidente Obama busca sustentar su visión de nación. 

Su perspectiva combina elementos exclusivos de la agenda progresista, con el pragmatismo que deviene de contextualizar y adaptar lo dicho ayer, a las realidades de hoy. Valiéndose de las ideas originarias de la nación forjada por los Padres Fundadores, vindicó como legítima y conminatoria la necesidad de combatir la pobreza y la marginalización; de perseguir la paz a través del dialogo; de enfrentar la probada realidad del cambio climático, y de lograr equidad laboral para mujeres y minorías.

En una proclamación atrevida, y controversial en nuestros días -pero destinada a casarse con la gloria postrera- anunció a su pueblo y al mundo que la lucha por la igualdad de derechos es una y única, equiparando los acontecimientos de Seneca Falls, Selma y Stonewall, sugiriendo con esto, que la lucha por la igualdad de género, la igualdad racial, y los derechos de homosexuales, no guardan entre sí ninguna diferencia. Y que desde luego, si los Padres Fundadores ñaquellos venerados como cuasi-dioses paganos por los ultraconservadores- proclamaron que todos somos creados iguales, entonces todos debemos de poder aceptarnos y querernos como iguales.

Sin miedo a repercusiones de los halcones de siempre, aseguró que trabajaría para derribar las barreras que reniegan de los orígenes estadounidenses -un país fundado sobre la base de la inmigración- para brindar facilidades a quienes todavía consideran a los Estados Unidos como la Meca de las oportunidades.

En un discurso en el que escogió como actor estelar al pueblo, recordándoles de manera reiterativa que el poder transformativo de la política dimana de ellos, sugirió a los conservadores guardianes de las libertades individuales ñparafraseando al homenajeado Martin Luther King- que solo con acciones colectivas se puede garantizar avances significativos, ya que la libertad de un individuo, siempre estará intrincadamente atada a la libertad de todos los individuos.

No pretendió poner coto al eterno debate sobre la incidencia y tamaño del gobierno federal, pero si afirmó, contundentemente, que los programas de asistencia social como el Medicare, Medicaid y la Seguridad Social ñtodos logros del partido demócrata- no dividen a la nación entre receptores y proveedores, sino que estos programas, llamados a cubrir necesidades básicas y a garantizar un nivel de vida mínimo digno, son los que dan la verdadera libertad y encienden la llama emprendedora que siempre ha caracterizado al pueblo norteamericano.

Este discurso fue más que un simple conjunto de posiciones esbozadas de manera coherente. Fue un manifiesto de un liberalismo renovado; un liberalismo, que finalmente asume aguerridamente su agenda tradicional, y que se ve determinado a romper con un centrismo inerte, que nunca tuvo oportunidad de sobrevivir ante los embates de un conservadurismo irracionalmente hostil.

Su alocución fue una confluencia de reflexiones profundas, donde se pretendió desmontar el argumento de los adversarios, valiéndose de las mismas fuentes sobre las que sustentan sus posiciones, y en el que las frases e ideas Martin Luther King, sirvieron de apoyo al credo liberal. Desde aquella gélida tribuna, en un radiante día de invierno, Obama no solo demostró que viene a luchar por sus ideas y las de su partido, también demuestra que comprendió algo fundamental sobre la historia estadounidense: que un legado presidencial trascendente, como el de su venerado Lincoln, no se construye con posiciones centristas, cobardes y tibias. Evidencia que entendió, que un legado presidencial no se erige solo con visión política, sino también con visión patriótica; prueba que asimiló que la gloria siempre ha sido para quienes se atreven, para quienes no hacen lo popular sino lo correcto, y para quienes poseen el don de pausar su existencia, para comprender los procesos históricos en el tiempo.

Pero, lo que realmente revela ese discurso es algo mucho menos profundo y filosófico que lo expuesto anteriormente. Simplemente, revela que Obama, en su segundo y último período presidencial, ha tomado la decisión firme de ser el presidente que siempre quiso ser, pero que las circunstancias no le habían permitido.

El autor es Economista y Politólogo. 

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