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Puntos de vista 3 Febrero 2013
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Cultura, consumo e identidad
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Mateo Morrison
msacalidadycultura@yahoo.es

Quienes desarrollamos nuestras inquietudes culturales a partir de la década del 60, nos resulta difícil hasta pronunciar la palabra consumo aplicable a los servicios y productos culturales. Este término estaba demasiado ligado al Capitalismo, sistema que queríamos transformar por una estructura socialista.

La verdad es, que desde los tiempos de la Escuela de Frankfurt está claro que las industrias culturales son un componente esencial del mundo contemporáneo, y éstas no sólo abarcan los países capitalistas sino también economías como la de China, que se desarrolla a gran escala bajo el paraguas del Partido Comunista de ese país.  

Las cifras que nos llegan desde España a través del Anuario de Estadísticas Culturales 2012, nos obligan a reflexionar una vez más sobre la realidad de la cultura en el mundo de hoy y las tensiones entre identidad cultural y mercado, a las que nos hemos referido en ocasiones anteriores.

A partir de esos números sabemos que en este país europeo que padece una tremenda crisis económica, el sector cultural sigue creando empleos, 452,700 personas laboran en él, siendo un 2.6% del total.

El cine, los museos y la industria del libro son importantes renglones de la economía del país ibérico. Las crisis no deben ser obstáculos insalvables para adecuar las políticas culturales a las realidades existentes. Dos ejemplos me sirven de soporte para precisar este criterio. 

Cuando Charles de Gaulle informó al Ministro de Cultura, André Malraux de la reducción abrupta del presupuesto debido a la guerra con Argelia, el autor de la obra La condición humana y su equipo activaron los mecanismos de creatividad que hicieron nacer prácticas nuevas y válidas en la acción cultural del país galo.

Otra muestra destacable fue la situación de Cuba en el periodo especial creado por la caída de la Unión Soviética sumado al bloqueo norteamericano y su impacto en la política cultural cubana, uno de los emblemas del régimen. Conocí experiencias significativas que lograron dar continuidad a las acciones culturales en la mayor de las Antillas. El consumo cultural es una realidad, pero tenemos que verlo ligado a los derechos culturales de nuestros pueblos. El Estado debe regular y contribuir a que disminuya la brecha que separa a un pequeño grupo de una mayoría, alejada de los índices de la modernidad que permitan asumir en el ámbito cultural la condición de ciudadanos. 

Como siempre, es inevitable que tengamos presupuestos limitados, por eso entusiasman las señales que en los primeros meses ha dado el Gobierno que preside el licenciado Danilo Medina, reduciendo el gasto a lo esencial y privilegiando la transparencia. Con creatividad y una gerencia efectiva podemos fortalecer nuestra identidad cultural y hacer que la misma contribuya a los objetivos de mejorar la calidad de vida de nuestra sociedad, donde la educación y la cultura deben ser columnas donde puedan aposentarse nuestros sueños.

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