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PENSAMIENTO Y VIDA
La hora de todos a una
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Fco. José Arnaiz S.J.

La historia moderna ha demostrado hasta la saciedad que el verdadero éxito de los pueblos no está en los gobiernos ñsobre todo absorbentes y sobrecargados de funcionesñ sino en una sociedad civil orgánica, dinámica, bien estructurada, sabia, eficientemente técnica, laboriosa, honesta, solidaria y creativa.

En una sociedad así el elemento clave es el ser humano. Pero no un grupo privilegiado de ella sino todos, o al menos su inmensa mayoría. El individuo concreto, que por culpa propia o ajena, no es positivo y constructivo, se torna necesariamente carga y rémora de la nación. Mayor carga y rémora a medida que el número de tales individuos sea más amplio.

Al no estar restringido el  genio y la habilidad o destreza a un número reducido de ciudadanos es evidente que cuantas más cabezas piensen y organicen, más corazones se enardezcan con la virtud y el bienestar de todos y más manos se muevan diestramente en un conglomerado humano, mayor será el orden, la organización, la productividad y la producción, el rendimiento, la riqueza, el bienestar y la paz.

El saber, sin embargo, el hacer cualificado y eficiente y la superación humana no son un resultado connatural del ser humano. Es el fruto de una fuerte inversión. Inversión de tiempo, personas, conocimientos, aprendizajes, experiencias y por supuesto de dinero.

No hay duda que una de las raíces profundas del subdesarrollo y de su dificultad de despegue está en la debilidad y precariedad del recurso Enfrentar este problema en los países rezagados no es solamente deber de los que rigen los destinos de los pueblos, de los gobiernos,  sino de la sociedad civil entera, acudiendo a su solución, sobre todo cuando los gobiernos son incompetentes, insuficientes o miopes en esta responsabilidad.

La creación entonces de Fundaciones, Asociaciones, Organizaciones No Gubernamentales y Voluntariados de todo tipo con este objetivo arguye no sólo responsabilidad cívica sino sagacidad y visión. Es mucho más rentable gastar abundantemente en formar y capacitar seres humanos, en elevarlos y potenciarlos, que sostener, después, sin beneficio alguno, un peso muerto de incapacitados, inempleables y proclives a toda clase de delitos.

Del ingenio y destreza adquirida de todos los que componen una sociedad o pueblo surge la producción  abundante, la riqueza, el bienestar y la paz de esa sociedad de la que todos saldrán beneficiados. Y surge así la verdad del dicho:”Den y se les dará”.

Hay otro fenómeno en nuestro mundo eterno, que sería injusto olvidarlo: gente con legítimas aspiraciones de superación personal y profesional o técnica, pero sin posibilidad real de acceso a la financiación formal y que necesitan por lo tanto de ayuda económica para arrancar y consolidarse;  organizaciones o instituciones beneméritas dotadas a veces de personal de increíble generosidad y entrega, pero que se sienten frenadas o languidecen por no poder desplegar toda su potencialidad por carencia de recursos económicos;  y necesidades básicas imposibles de satisfacer por los que las padecen y que repercuten gravemente en sus vidas.

Es aquí donde todas estas instituciones de ayuda y apoyo pueden y deben volcar sabiamente su generosidad y solidaridad. La tipología de tales instituciones es hoy amplísima. Las hay estatales en forma de operaciones concretas a favor los pueblos o grupos necesitados. Las hay privadas y mixtas. Las hay de un solo objetivo específico y de múltiples objetivos. Y las hay regionales, nacionales e internacionales.

En un período histórico de grandes brechas entre pueblos ricos y pobres; y entre grupos debatiéndose en la pobreza y miseria y grupos disfrutando de la mayor opulencia dentro de las mismas naciones. Providencialmente se han ido multiplicando estas instituciones de ayuda y apoyo al desarrollo integral de los individuos y de los pueblos.

Tal multiplicación arguye y prueba la creciente sensibilidad social del mundo moderno y toma de conciencia de la necesidad imperiosa de la solidaridad.

Han contribuido eficazmente a ello los poderosos medios de comunicación, que nos han metido por los ojos esos dantescos cuadros de la miseria actual. Ha favorecido también esa multiplicación de iniciativas el sentido globalizante  del planeta,  el derrumbamiento progresivo de fronteras y la búsqueda e integración de bloques supranacionales, camino de la integración total, que es consecuencia e intuición de que objetivamente es poco los nos separa a los individuos y a los pueblos en comparación de lo que nos une e identifica.

Disgregados y mucho más enfrentados, nos empequeñecemos y destruimos. Uniéndonos y fundiéndonos nos potenciamos y agigantamos.

La Humanidad, siendo múltiple y diversa, es una y necesariamente vinculada entre sí. La solidaridad, fundamento y motivación de todas las Instituciones de apoyo y ayuda, no es otra cosa  que la percepción puesta en marcha de la real dependencia mutua e interrelación de todos los seres humanos. Un común origen, naturaleza y destino nos une aunque después nos diferenciemos en realidades secundarias. El ser humano sin los que le rodean y precedieron no es viable. Y cuanto más uno sea y posea, mayor será su deuda con los demás pues es más lo que ha recibido de ellos.

Y naturalmente cada uno será más y poseerá más cuanto más sean y más posean los que le rodean. El ser humano nace, crece y se desarrolla gracias al auxilio de los demás. Por eso favorecer y engrandecer al prójimo es favorecer y engrandecerse a sí mismo.

Esto hace que la solidaridad sea una especie de síntesis entre el amor y la justicia.  La justicia es expresión efectiva del amor en cuanto obligación de humanizar las estructuras para permitir que las relaciones sociopolíticas y económicas sean justas entre las personas. La justicia, por eso, al reclamar derechos y deberes, se mueve en el plano de lo objetivo, de lo que hay que hacer; mientras el amor, sin embargo, nos  compromete subjetivamente en la causa de la justicia.  El prójimo es un alguien con nombre y apellido concreto, dotado de irrenunciable dignidad connatural  que hay que respetar y promover. Por eso el amor hace que entablen relaciones exigentes con él.

La solidaridad, imperativo y exigencia de la fe cristiana, integra la subjetividad del amor y la objetividad del compromiso de la justicia.

Las Instituciones, según esto, de ayuda y apoyo tienen una cuádruple responsabilidad a la que deben ser fieles: 1) la de sentir como propias las necesidades ajenas; 2) la de despertar la conciencia de todos, en especial la de los que más tienen, para que den no de acuerdo a lo que les sobra sino de acuerdo a la necesidad de los que les rodean; 3) la de distribuir lo recibido de modo planificado y serio en conformidad  con una escala prefijada de prioridades; y 4) la de acompañar los proyectos aprobados para que los recursos otorgados cumplan con el cometido para el que fueron pedidos. 

No se trata en esto último de una mera fiscalización  sino de reforzar la eficacia y ser realistas ante la fragilidad humana. El ser humano es fácilmente dilapidador.  Hay quienes raquíticamente tienen la falsa concepción que todo el dinero adquirido por ellos es para su exclusivo disfrute.

Lamentablemente estos individuos olvidan su deuda con la sociedad a la que tanto deben  y sin la cual no serían lo que son ni tendrían lo que tienen.

Olvidan gravemente su responsabilidad y obligaciones con el desarrollo y perfección crecientes de cuantos les rodean. Y olvidan su responsabilidad y obligaciones con la naturaleza que sabia y hábilmente dominada por el ser humano, debe ser puesta al servicio de toda la humanidad.

El fin, según esto, de todo capital bien adquirido es no sólo atender a las necesidades y conveniencias propias, sino, también, al mismo tiempo compartirlo sobre todo con los necesitados e invertirlo productivamente para aumentar la riqueza disponible y crear nuevos puestos de trabajo en un mundo crecientemente marcado por el desempleo. Uno de los grandes dramas de la actualidad. Un acaudalado comerciante de la Isla vecina de Puerto, fundador del Auxilio Mutuo, ha dicho con ribetes de aforismo: “El  dinero que demos a los demás será siempre el que hará que podamos disfrutar con satisfacción y gozo el dinero que reservemos para nosotros”. Es evidente, por otro lado, que no raras veces en el amasamiento de ciertos caudales o fortunas ha andado por medio el inicuo expolio ajeno, quedando de este modo la justicia y equidad mal heridas. Una manera de devolver la salud y brillo a la noble justicia y equidad o, más en general, de volver a distribuir la riqueza conforme a esas dos virtudes es destinar honestamente partes notables de nuestras disponibilidades económicas en favor de los demás, a favor del desarrollo integral del pueblo en que estamos insertos y de la comunidad de pueblos a la que ineludiblemente pertenecemos. 

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