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EL CORRER DE LOS DÍAS
El carnaval originario
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Marcio Veloz Maggiolo

Los rasgos histórico-culturales de un tal Lolito Flochón.

Según diversos autores dominicanos, Lolito Flochón obtuvo la gracia tradicional del permiso para dar inicio al carnaval del año 1877 por haber encontrado los restos del almirante Cristóbal Colón cuando las reparaciones de la Iglesia Catedral eran llevadas a cabo bajo la supervisión del padre Fancisco Xavier Billini.

Lolito, quien además de albañil, y no plomero, como se ha difundido por Internet, era integrante de las mascaradas; cuando se le solicitó qué premio quería por su hallazgo  afirmó que el de leer el bando con el que se daba inicio a las fiestas, deseo que le fue concedido.

La noticia corrió por la capital llenando de júbilo a la ciudadanía, puesto que se pensaba que los restos de Colón habían sido trasladados a Cuba luego de la firma del tratado de Basilea que cedía a Francia la parte oriental de la isla de Santo Domingo en 1795. Los supuestos restos llegaron fastuosamente a La Habana donde hubo importantes celebraciones, descritas admirablemente por el cronista Wndermann, quien narrara con precisión los actos de orden monárquico que resultaron para las autoridades hispanas en la isla una especie de triunfo, un rescate que evitaba que Francia se hiciera con parte de unas reliquias que vendrían a ser como una muestra del poderío francés del momento frente a una España desgarrada.

El hallazgo de Lolito y lo que pasó luego, permitírsele dar inicio oficial al carnaval, revela que el mismo mantuvo siempre el mismo cuerpo cultural que tuvo en épocas de la colonia. El permiso dado a Lolito Flochón era el de ejecutar el bando que autorizaba las salida de las máscaras por tres días consecutivos. Por lo tanto durante estos tres dias era el verdadero jefe de las fiestas carnavalescas. ¿Es remedo del Momo greco-latino en el carnaval dominicano? El hecho de permitir al albañil, al hombre del pueblo, ser líder de la fiesta, es acaso todavía costumbre llegada de España al través de la Roma que liberó los carnavales de la división de clases?

Los autores dominicanos Francisco E. Moscoso Puello, Francisco Veloz Molina, y Rafael Damirón coinciden en la afirmación del premio a Lolito, hombre del pueblo, obrero, albañil, de clase social humilde. Hemos de recordar que luego de la Independencia de 1844, y de terminada la guerra contra España, el pueblo llano organizaba en los sectores barriales una parte importante del carnaval, mientras que las altas clases y los clubes sociales, desarrollaban el suyo. De esto hay datos en mi libro “Mestizaje, Identidad y Cultura”, publicado por la entonces Secretaría de Estado de Cultura” y en algunos memoriosos y costumbristas,  así  como en varias obras de  folkloristas entre los que vale citar a Fradique Lizardo y Dagoberto Tejeda. Lo cierto es que la apertura del carnaval por Lolito no fue un invento por su hallazgo de 1875, premiado en 1877, sino la continuación de una costumbre colonial en la que en los barrios se usaba un “bando de lectura” para el inicio de las mascaradas, para dejar abiertos los carnavales de la Independencia y la Restauración ya funcionales para esa época.

Lolito podría considerarse ahora, para fines culturales y para identificación del carnaval dominicano, una figura icónica, quizás en un Momo criollo, y no en  la grotesca máscara que en estos días vimos sin visos de verdadera etiqueta. Lolito era un obrero. Podría ser hoy, simbólicamente, un dios del trabajo. El carnaval dominicano, si se ha de presentar en la “marca Lolito”, debe hacerlo con la dignidad que merece. Dije en una reciente reunión de expertos en cultura que  Lolito es parte de la historia, como debe serlo nuestro carnaval. Creo que la figura de Lolito debería ser representada con sus instrumentos de albañil al hombro, por el trabajo que premia, no de plomero como alguien ha repetido en Internet con ignorancia plena de la  historia mínima, cuando se menciona a Lilís como el presidente que lo premia.

Considero que si se quiere enriquecer el carnaval dominicano, hace falta la consolidación de sus viejos íconos, las comparsas, las mojigangas callejeras con obrillas basadas en la vida dominicana, en las historias cotidianas, en las leyendas, y en la historia general. Hemos de recordar representaciones de mojigangas basadas en la lucha de los indios contra los españoles, o de la muerte de Rebeca, o de otras por la actividad real del “robalagallina”. Existe lo que llamo “el carnaval subterráneo”. Se han  olvidado muchas raíces y las caras de los “gremlins”, ahora surgiendo de una tradición plastificada, ausente de historia soportable. Los gremlins nos bombardean con una ola de miedo casi producto de una estética televisiva más que invasiva.  Los que tenemos más de 70 años aportaríamos muchos datos y daríamos una más cercana visión iconográfica de los sectores dominicanos donde persisten carnavales barriales con supervivencia de la visión icónica que se ha perdido o casi ha desaparecido.

En esto hay que trabajar, sin creer que nuestra cultura carnavalesca es sólo el salto y la pantomima, olvidando el contenido histórico, recuperable, de nuestras mascaradas.

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