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MUCHACHOS CON DON BOSCO
Equivocaciones graves
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Juan Linares, Sdb

Todos alguna vez, o muchas veces, nos hemos equivocado. Sucede también, que los colectivos, en su conjunto, es decir, las naciones o lo misma humanidad se pueden equivocar. Es preciso mantenerse lúcido y vigilante ante las posibles equivocaciones que podemos cometer, con la finalidad de poder enderezar nuestros errores.

No todas las equivocaciones son iguales, hay a las  que podemos dar el rango de “muy graves”, pues desvían la dirección fundamental que debemos llevar en el correcto camino de la vida personal o de la historia de la humanidad.

Reconocer que nos hemos equivocado es el primer paso para corregir la desviación que se ha producido con la equivocación.

Generalmente nos cuesta mucho reconocer que estamos equivocados y por eso corremos el peligro de mantenernos fuera de la verdad.

La primera gran equivocación de muchas personas y de muchas sociedades es la de considerar que la satisfacción de las necesidades materiales son el objetivo último y absoluto o más importante que hemos de tener. Frecuentemente, se piensa que la felicidad se alcanza con la posesión y disfrute de los bienes materiales. Es este el afán que mueve a muchos pueblos y a muchas familias y personas.

Esto nos lleva a un egoísmo escalofriante, donde lo importante es acumular en abundancia y almacenar cuanto más mejor, montando unas barreras para que nadie nos pueda arrebatar el botín que hemos conseguido. Es verdad que el buscar la satisfacción de las cosas materiales es muy importante, pero esos bienes materiales no tienen el poder suficiente para producir en nosotros la auténtica felicidad.

El ser humano para ser feliz, necesariamente, ha de ser hermano. La clave de la felicidad está en el amor. Es entonces cuando descubre que ser persona, es compartir y no poseer; es dar generosamente y no acaparar; es crear posibilidades de vida y no explotar a los demás.

La segunda gran equivocación es la de considerar que lo importante es tener poder, alcanzar el éxito y el triunfo, ya sea a nivel personal o de pueblo, y esto por encima de todo y a cualquier precio. Cuántas veces pisoteamos a los demás o nos hacemos esclavos de determinadas idolatrías con tal de adquirir fama y estar en primer lugar.

No podemos buscar el prestigio en la competencia y en la rivalidad con los demás, el prestigio auténtico se logra cuando vivimos en el servicio generoso y desinteresado, especialmente con los que más lo necesitan. El verdadero prestigio lo da la humildad.

Una tercera gran equivocación es tratar de enfocar las realidades que nos trascienden concibiendo los misterios de la vida desde un dios o una religiosidad mágica o fundamentalista. La auténtica fe obliga a asumir riesgos y luchas con grandes esfuerzos, sin evadir la realidad.

Ante el misterio, la fe en Dios es la única luz que puede iluminar el camino verdaderamente.

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