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Diálogo con Juan Pablo Duarte
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Margarita Cedeño De Fernández

Amado y eternamente venerado Juan Pablo Duarte:

Han transcurrido doscientos (200) años desde TU nacimiento, y cada día la bandera tricolor, símbolo de la Patria que forjaste, sopla con más arrojo y esplendor en todos los continentes del mundo.

El 15 de julio de 1876, PASASTE de lo terrenal a la eternidad. Duarte es eterno, porque como señala el laureado poeta, José Rafael Lantigua, en su libro Hacia una revalorización del ideal duartiano: “Su sistema ideológico, la amplia gama de su pensamiento, sus verdades, la nobleza de sus concepciones, no tendrían valor si no hubiesen traspasado la frontera de las limitaciones y de las permeabilidades humanas”.

Han transcurrido doscientos (200) años de TU llegada a este mundo terrenal, y cada día el pueblo dominicano se apega más a tus designios.

Han transcurrido doscientos (200) años desde tu nacimiento, y sigues siendo, en dimensión creciente, el guía, el norte y la inspiración del noble pueblo dominicano.

Tu voz nos alienta.

Tus ideas resplandecen.

Tu amor a la patria se expande.

Tu sacrificio nos inspira.

Tus valores nos sostienen.

Hemos tomado tu sacrificio y entrega a la Patria, como ejemplo, para afrontar todos los avatares que puedan presentarse en el presente y el porvenir.

Las injusticias y maltratos de que fuiste objeto por tus propios hermanos, y más aún, de los aprovechados que usurparon el poder y se beneficiaron de tu obra independentista, constituyen el mejor de los ejemplos de que en política también hay que convivir con los traidores y malvados.

TU vida estuvo, como relata el poeta José Rafael Lantigua, “preñada de angustias, saturada de irónicos desprecios, turbada por desconsuelos y agravios, azotadas por los vendavales de la maledicencia y la envidia”.

Hoy, al celebrar los doscientos (200) años de TU vida, te decimos que la ingratitud de que fuiste objeto, también la padecieron Simón Bolívar y José de San Martín.

El apóstol de la Independencia de Cuba, don José Martí, en una carta que envió al general Máximo Gómez, en uno de sus párrafos conmovedores reflexiona sobre ese acto malvado de miseria humana de que FUISTE objeto, cito:

“Patria, que lo vio luego, víctima de sus propios hijos, echado del poder, que era en sus manos como el arca de la República, y morir en la expatriación, triste y pobre, como servicio último a la patria, ante cuyos apetitos y desmayos se debe erguir la libertad, a fin de preservarse mejor, con la poesía del sacrificio”.

Y como si fuera por la poderosa fuerza del destino, luego le correspondió al ilustre hijo de tu tierra, don Federico Henríquez y Carvajal, expresar ante los restos mortales de tu homólogo, el apóstol de la Independencia de Cuba, José Martí, el razonamiento siguiente:

¡Oh América infeliz, que sólo reconoces a tus grandes hombres, cuando son ya, tus grandes muertos!

A pesar de las vicisitudes que después de TU partida física ha tenido que afrontar el pueblo dominicano, cada día nos acercamos más a TU ideal supremo.

Gran atino, el juicio certero del emperador Napoleón Bonaparte, cuando dijo: “Los hombres verdaderamente grandes son meteoros destinados a brillar para alumbrar las tinieblas de su época”.

La autora es Vicepresidenta de la República. 

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