Puntos de vista 15 Febrero 2013
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VIVENCIAS
Una mujer de detalles
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Juan Francisco Puello Herrera

Después de treinta y nueve años en la exquisita compañía de una mujer como Mirtha, a Julio le parece que el tiempo no corre, se desplaza suavemente como el viento, a su ritmo, oportunamente, sin nada que lo haga variar. Esto sin contar tres años previos a su encuentro con Cristo a través del Sacramento del Matrimonio aquel 17 de febrero de 1974. Como tampoco aquellos años en el pueblo natal de ésta, cuando Julio se encontró con ella por primera vez contando apenas con cinco años de edad. Durante todo ese período Julio ha encontrado tanta paz y sosiego, porque Dios puso en su camino a una mujer de unas cualidades insuperables.

Así es Mirtha, una mujer de detalles, de una profunda solidaridad y una acendrada personalidad. Desde que Julio tuvo aquellos reencuentros periódicos con ella en la adolescencia, algo estaba pautado en su vida. Pareciera que estaba condenado a sus encantos. Una y otra vez aparecía en su vida, queriendo recordarle que ya Dios tenía preparada esta alianza para toda la vida.

Ya con la madurez que dan los años, le llamó  la atención la forma como Mirtha tenía preparado cada detalle, escrito con la dulce fragancia de cada amanecer y adornado con su cautivante sonrisa. Con una alegría sin límites, propia de la que transmite Mirtha, ésta ha llenado todas las expectativas que se había hecho de una compañera: dejando entrar en su corazón un amor sin límites, venciendo temores, cumpliendo sueños, participando y compartiendo sus ilusiones, materializando proyectos, manteniendo viva la llama de la fidelidad, alejando el fantasma de la duda, matizando esperanzas, reflejando un Cristo vivo, enseñando que la oración lo puede todo, que la unión familiar es signo de la presencia de Dios en nosotros.

¿Qué más se puede pedir después de pasar balance a estos años maravillosos que el Señor le ha regalado a Julio? Esperar con fe los años por venir, para que juntos, Mirtha y Julio, puedan seguir dando testimonio, de que el amor matrimonial es fuente permanente de la gracia de Dios.

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