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MUCHACHOS CON DON BOSCO
Autoridad y obediencia
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Juan Linares, Sdb

Un pueblo sin autoridad se encamina a un anarquismo y un pueblo que no obedece es un pueblo que anda como chivo sin ley.

Una familia sin autoridad camina a la deriva, como un barco sin capitán, y una familia donde no se obedece está desarticulada y no puede haber un verdadero plan familiar.

La obediencia es un valor que nace, crece y se desarrolla en los procesos educativos, fundamentalmente, en la familia, en la escuela y en las instituciones educativas.

Una buena autoridad y un buen ejercicio de la obediencia son dos instrumentos de primera clase para la armonía, la convivencia, el desarrollo y la paz de toda sociedad.

La autoridad no es imposición, es guía en el acompañamiento. Es muy importante en la educación de niños, niñas, adolescentes y jóvenes, no imponer  los caminos a recorrer sino enseñar a caminar, caminado con ellos.  Cuando en una familia o en una institución se da un fuerte autoritarismo se genera inmadurez, pasividad, agresividad y conformismo, pues se obedece por imposición o por miedo, logrando una sumisión en vez de lograr una auténtica obediencia que es el valor que debemos alcanzar.

El valor de la obediencia surge cuando se da una verdadera autoridad que viene a reforzar los compromisos que todos tenemos de cumplir las normas y de ser responsables.

La autoridad es muy importante y necesaria en la educación, pues los niños y los jóvenes necesitan que alguien les dé normas claras, que les dé seguridad y al mismo tiempo les ponga límite a sus actuaciones. Autoridad y obediencia nos hacen madurar y crecer a nivel personal. Al que le corresponde ejercer la autoridad, es necesario, también, que la conquiste. Esto se logra cuando aquello que se dice o que se ordena corresponde con lo que se hace. La autoridad hay que ganarla, en primer lugar, y luego, mantenerla. La autoridad no consiste solo en dar órdenes, la autoridad es también corregir errores, crear normas, aplicar consecuencias y valorar resultados y esfuerzos. El ejercicio de la autoridad requiere una exquisita pedagogía.

El ejercicio de la autoridad, como el de otras funciones que debemos realizar, debe rodearse de una serie de manantiales que la fortalecen.

El ejercicio de la autoridad y obediencia se alimentan con el diálogo, pues es la mejor mediación que favorece una buena relación entre adultos, jóvenes y niños. El diálogo favorece mucho la capacidad de escucha, haciéndonos más cercanos y comprensivos.

La serenidad, en el que ejerce la autoridad, hace que el mensaje o la determinación lleguen mejor, con más claridad y convicción obteniendo una eficacia mayor.

La autoridad hay que ejercerla con decisión y claridad, lo que es sí, es sí, y lo que es no, es no. Y al mismo tiempo hay que estar poseído de mucha paciencia, tanto para madurar un tipo de intervención como para esperar los resultados de la misma.

En la modernidad, ni autoridad ni obediencia estará de “moda”, pero sí serán el “modo” para alcanzar una mejor convivencia.

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