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El oro de Sutter y la Barrick Gold

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Silvio Herasme Peña

Las más inverosímiles aventuras y las peores perversidades se han cometido a lo largo de la historia de la humanidad por la obtención del oro.

Donde se supone que hay oro la avaricia no se deja esperar y se han cometido crímenes horribles a través de los tiempos sólo para obtener algunas piezas de oro. 

Hernán Cortez conspiró para que se matara al príncipe azteca, allá por 1520 en México, obsesionado por las fortunas de oro de Moctezuma, el monarca Azteca. Lo mismo hizo Francisco Pizarro quien ahorcó a Atahualpa, el rey Inca, y se apropió de toneladas de oro del imperio incaico en el Perú.

Uno de los biógrafos  de Simón Bolívar asegura que donde se supone que hay oro la avaricia no se deja esperar y se han cometido crímenes horribles a través de los tiempos sólo para obtener algunas piezas de oro.

El azar a veces funciona como broma y otras veces como fortuna. Ese fue el caso de la hacienda del señor John Sutter, un suizo que se nacionalizó mejicano, cuando California aún era mexicana y luego mutó hacia la anexión de ese territorio a la soberanía de Estados Unidos.

Pero un día que sus trabajadores realizaban labores para construir un molino de trigo, de pronto se encontraron con numerosas pepitas de oro que, desde luego, reportaron a su patrón. Sutter le pidió a sus trabajadores que no revelaran el descubrimiento para evitar  que extraños acudieran allí tras el oro que aparecía a flor de tierra. El secreto, sin embargo, no se guardó porque el oro produce un encanto de fascinación, de afortunado. 

Tan pronto el asunto pasó de boca en boca la finca del señor Sutter fue invadida por malandrines detrás de riquezas fáciles. Y no sólo se extendió por San Francisco, a la sazón una población muy pequeña, sino por Oregón y otros estados de Norteamérica, Australia, China, Latinoamérica y Europa.

La propiedad de Sutter desapareció y el pobre hombre que se titulaba general, cayó muerto en un pasillo del Congreso de los Estados Unidos sin que nadie le escuchara sus reclamos legítimos de la tierra en donde se produjo la llamada “Fiebre del Oro”.

Si la codicia por el oro ha movido los peores instintos de oportunistas y apostadores, debe entenderse como legítima la preocupación en un Estado Moderno, como queremos creer que es el dominicano, ante la perspectiva del inicio de la explotación de uno de los yacimientos de oro más ricos de América Latina.

Ya ha comenzado el desbocamiento de oportunistas que sin mayor enfado, propugnan por la nacionalización de la explotación aurífera de Pueblo Viejo. Es una irresponsabilidad que raya en lo absurdo hacer tal proposición en un tiempo en que el “respeto al derecho ajeno es la paz”.

Sobornar o no la Barrick Gold a funcionarios dominicanos es cuestión de la reconocida falibilidad moral de nuestros funcionarios y por tanto un defecto atribuible al carácter de nuestra sociedad.

La Barrick Gold, sin embargo, debe reconocer que pactó en condiciones muy ventajosas para sus intereses y que el contrato que le dio la oportunidad de accesar al yacimiento bajo explotación apenas fue “pasado por agua” por nuestro condicionado Congreso Nacional. 

Se percibe pues, que se impone un nuevo acuerdo de Barrick Gold con el gobierno dominicano -ahora acongojado por una feroz crisis financiera- y con la sociedad dominicana que, con justeza, se considera beneficiaria natural de un bien que puso la naturaleza en su suelo. Se han detectado otros yacimientos auríferos en San Juan de la Maguana y el de la Línea Noroeste que en su momento deben ser negociados con absoluta transparencia por nuestras autoridades.

Es verdad que no estamos en los tiempos de Sutter (1845) en California, ni tampoco en la época de la colonización española, cuando la codicia por el oro de aztecas (1520) e incas (1532), adquirió niveles de rapacidad y saqueos indignantes, pero aún hoy existen oportunistas que no desperdician ocasión para “asaltar a cualquiera” por un mendrugo. 

El presidente Danilo Medina debe tener cuidado con esta campaña que se ha iniciado y debe dar los pasos racionales que las buenas causas aconsejan. Barrick Gold ñpor su parte- debe despejar cualquier duda sobre sus intenciones sobre el país que suponemos honestas. Eso va en beneficio propio.

En el momento actual es un excelente negocio para los inversionistas canadienses realizar sus tareas productivas en el país; a los dominicanos les conviene que esa actividad se haga eficiente y transparente. Así, uno gana lo suyo, y el otro también.

No estamos ni en los tiempos de  la conquista de México y Perú, pero tampoco en los momentos de Sutter.  Este es otro mundo en donde no hay ingenuos. Don Rafael Herrera diría:”Es el momento de dejarnos de vaqueradas”.

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