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PENSAMIENTO Y VIDA
La huída a Egipto
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Francisco José Arnaiz S.J.

Hoy que tantos niños, apenas estrenado el don inefable de la vida, sufren persecución; son amenazados de muerte, o son, por luchas incomprensibles de los adultos, trasladados por sus padres a duros campamentos de refugiados. Lee uno con estremecimiento lo que nos narra el evangelista Mateo: “Apenas se marcharon los Reyes Magos, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto. Quédate allí hasta nuevo aviso, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo. José se levantó, tomó al niño y a su madre de noche, se fue a Egipto y se quedó allí hasta la muerte de Herodes. Así se cumplió lo que dijo el Señor por medio del Profeta: “Llamé a mi hijo para que saliera de Egipto”. (Os. 11, 13) (Mt 2, 13-15).

Uno en primer lugar se estremece ante la perversidad de Herodes. De Herodes Papini con su típico estilo huracanado escribe en su Historia de Cristo: “Herodes era un monstruo, uno de los más pérfidos monstruos de los tórridos desiertos de Oriente, que ya habían engendrado más de uno, horribles a la vista. No era hebreo, no era griego, no era romano. Era idumeo: un bárbaro que se arrastraba ante Roma y halagaba a los griegos para asegurarse mejor el dominio sobre los hebreos. Hijo de un traidor, había usurpado el reino a sus señores, a los últimos desgraciados asmoneos. Para legitimar su traición se casó con una sobrina suya, Mariamna, a la que después por injustas acusaciones mató. No era su primer delito. Antes había mandado ahogar a traición a su cuñado Aristóbulo, había condenado a muerte a otro cuñado suyo, José, y a Arcano II, último reinante de la dinastía vencida. No contento con haber hecho morir a Mariamna, mandó matar también a Alejandra, madre de ésta, e incluso a los pequeñuelos de Baba, únicamente por ser parientes lejanos de los asmoneos. Entre tanto se divertía con mandar quemar vivos a Judas de Sarifeo y Matías de Margaloth juntamente con otros jefes fariseos. Más tarde temiendo que los hijos habidos de Mariamna quisieran vengar a su madre, los mandó estrangular. Próximo a morir dio orden de matar también a un tercer hijo, Arquelao. Lujurioso, desconfíado, impío, ávido de oro y gloria, no tuvo nunca paz ni en su casa, ni en Judea, ni consigo mismo. Con el fin de que olvidasen sus asesinatos hizo al pueblo de Roma un donativo de trescientos talentos para que se gastasen en fiestas, se humilló ante Augusto para le guardase las espaldas en sus infamias y al morir le dejó diez millones de dracmas y además una nave de oro y otra de plata para Livia”.

Dios hecho hombre, nada más nacido, tuvo ya la experiencia humana de lo que era vivir entre los hombres y ser víctima de sus prevaricaciones. Camino del destierro forzado en Egipto, tomaron sin duda el camino de los caravaneros hacia el desierto. Pasando por Hebrón y Bersabee llegaron pronto a la antigua ruta cerquita del mediterráneo que enlazaba Palestina con Egipto. En Bersabee, hoy como ayer comienza la estepa desierta y árida pero de suelo todavía compacto fácil de caminar. Ya en la delta del Nilo surge abrumador el verdadero desierto. Arena y tunas de arena. Ni un matorral ni una brizna de hierba ni una piedra. Y si sopla el siroco, oleadas tórridas, encegadoras y asfixiantes de viento y arena. Pero, sobre todo, la falta absoluta de agua.

El año 55 antes de Cristo hicieron ese camino los oficiales romanos de Gabinio. Dice Plutarco que aquellos duros oficiales hechos a toda clase de dificultades y fatigas temían aquella travesía más que a la misma guerra que les esperaba en Egipto. El año 70 después de Cristo, tomaron también esa ruta, en sentido inverso, las tropas de Tito con el fin de asaltar Jerusalén pero lo hicieron con el apoyo de los espléndidos servicios militares que empleaba Roma en sus conquistas. El último ejército en atravesar ese desierto fue el inglés en la Segunda Guerra Mundial a la conquista de Palestina. Lo hizo ya con todos los medios modernos pero fueron unas jornadas durísimas. A medida que avanzaban, establecieron una conducción de agua desde el Nilo en una extensión de 150 kilómetros hasta el-Arish, el antiguo Rhinocolura. 

Los evangelios apócrifos, para suplir el laconismo de Mateo, recurrieron como siempre a la fantasía. Según ellos, fue un viaje triunfal. Las bestias feroces corrieron a tenderse mansamente a los pies del niño y las palmeras se inclinaron a su paso para ofrecerles sus dáctiles.

La realidad fue muy diferente. Durante el día tuvieron que caminar fatigosamente sobre la movediza y frenadora arena, y bajo un sol inclemente, y de noche intentar dormir tendidos en tierra, no contando en todo momento mas que con la escasa agua y escaso alimento que hubiesen llevado. El viajero actual que quiere o se ve obligado a hacer esta travesía pasará a la fuerza varias noches al raso vivo, insomne y deseoso que amanezca. Durante el día caminará lenta y fatigosamente y si tiene suerte solamente entreverá, en medio de una arenosa neblina suspendida sobre el desierto de el-Arish, a algún pequeño grupo de hombres acompañados de algún asnillo cargado de provisiones: Los verá resignados a la fatalidad, taciturnos y pensativos.

¡Qué realidad tan distinta a la que pintan los apócrifos!

Rhinaculura era la frontera entre los dominios de Herodes y el Egipto romano. Entrar en esa región era estar ya fuera de su poder, y esto suponía para la sagrada familia un gran respiro. El terror de ser alcanzados en su huída por los esbirros del sanguinario Herodes necesariamente la acompañó a lo largo de su ardua travesía hasta llegar a Rhinaculura. A las dificultades de aquel recorrido José y María añadieron ésta. Rebasada esta frontera el viajero del desierto caminaba hasta la ciudad de Pelusio. Pelusio era el lugar de tránsito habitual a propiamente Egipto. Era una ciudad pequeña, cosmopolita, con gente de muchas partes y diversas lenguas que ofrecía a los transeúntes una variada gama de comodidades. A ella llegó en brazos de María Jesús.

Mientras los apócrifos y las leyendas tardías nos ofrecen muchos datos de la estancia de Jesús en Egipto, el evangelista Mateo nada nos dice del tiempo y lugar en los que permaneció allí Jesús con sus padres. 

Respecto al tiempo, sin embargo, podemos estar seguros que fue muy breve. Los cálculos científicos dan que Jesús nació a finales del año 748 de Roma. La huida a Egipto, no pudo ser sino después de algunos meses, es decir después de la purificación de María en el Templo y la llegada de los Reyes Magos, intervalo de unos meses y en este caso es fácil deducir que su huida a Egipto se produjo en la primavera del año 749 del calendario romano.

Donde quiera la vida del exiliado es dura, sobre todo a los principios. Las costumbres son distintas, las gentes son incógnitas por descifrar y frecuentemente hay que aprender una nueva lengua. Y está actuando siempre en el hondón del espíritu la nostalgia de cuanto se dejó.

José, María y Jesús, perseguidos por Herodes, llevaban en Egipto algunos meses, cuando les llegó la noticia de que Herodes había muerto. La muerte del monstruo había acontecido en marzo-abril del 750. Tras unos meses de enfermedad, llenos de sufrimiento atroz Herodes había muerto en Jericó a la edad de casi setenta años y treinta y siete después de haber sido proclamado rey en Roma. Su cadáver había sido llevado con solemnidad y pompa pero sin lágrimas en los presentes desde Jericó al Herodium, el actual Djebel Furcidis (Monte del Paraíso) colina donde él se había hecho construir su tumba. Desde esa altura, a seis kilómetros, hacia el noroeste se otea la aldea de Belén.

Mateo nos cuenta la vuelta del destierro con el mismo laconismo con que nos narró la ida. Dice así en su evangelio: “Apenas murió Herodes, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José en Egipto y le dijo: levántate, toma al niño y a su madre y vuélvete a Israel. Ya han muerto los que intentaban acabar con el niño. Al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea, como sucesor de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allá. Entonces avisado en sueños, se retiró a Galilea y fue a establecerse en un pueblo llamado Nazaret. Así se cumplió lo que se dijo por medio de los profetas, que se llamaría Nazareno”. (Mt 2, 19-21).

Muerto Herodes se procedió a dar cumplimiento al último de sus tres testamentos que trataba de su sucesión. Arquelao se haría cargo de Judea, la Idumea y Samaria; Antipas, hermano de Arquelao, era designado tetrarca de Galilea y Perea; y Filippo, hijo de Herodes y de Cleopatria gobernaría en las regiones septentrionales de la Traconítide, Gaulanítide, Batanea y Hauranítide. San José, según esto, huyendo de Arquelao, se fue al territorio de Antipas a la ciudad de Nazaret.

La vuelta del destierro, aunque sea por el mismo camino, tiene el gozo de volver a lo propio. 

Dios al hacerse hombre se identificó en todo, menos en el pecado como dice San Pablo, con nosotros para que nosotros nos identificásemos con él. Pablo quería ser otro Cristo en la tierra y pretendía que lo fuesen todos sus cristianos. 

A lo largo de la historia de la humanidad el destierro voluntario o forzado, económico o político, de los seres humanos ha sido y es un fenómeno repetido y masivo. Jesús lo conoció muy pronto. Se identificó, pues, con esos millones de desplazados de la tierra que les vio nacer y les proporcionó de esta manera el consuelo y la fortaleza de identificarse en esto con él. No ha sido raro que en muchos de esos destierros haya mediado la actuación de monstruos humanos, verdaderas réplicas de Herodes el Grande. En esto Jesucristo quiso identificarse con esas víctimas de la maldad humana. 

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