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El Coronel en el alma del hijo agradecido
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Ignacio Nova
ignnova1@yahoo.com

Algún día, las almas de bien reconocerán que en la historia humana el protagonismo de las grandes hazañas debió pertenecer sobradamente a hombres y a mujeres a quienes la prudencia, el deber y la entereza impusieron la obligación de permanecer en las sombras.

Y si no debió corresponderles por entero, al menos les toca un lugar señero en la conciencia ciudadana y, por su forma de actuar, el cálido reconocimiento.

Es justo hacerlo. La historia de las instituciones y de las sociedades no es la de sus estrellatos efímeros y fugaces. Jefes, comandantes, presidentes, gerentes y otros tantos principales, investidos por la fortuna, sus esfuerzos y ostensibles habilidades para estar en el lugar justo en el momento justo para lograr investiduras de principalía fueran materia gris del olvido y los fracasos sin los aportes silenciosos y tesoneros de colaboradores; de las capacidades y dedicación de los gallardos pobladores de las sombras luminosas.

Ellos han estado detrás de los principales; sirviendo austera y dignamente; siendo la tramoya que empuja y mueve las historias; engranajes esenciales y a veces invisibles de maquinarias sociales, garantes de funcionamientos institucionales determinados por el perfil y las circunstancias.

Son hombres y mujeres sin los que es imposible concebir o imaginar organización o industria humana alguna, privada o pública.

El pasado 31 de diciembre, mientras las agudas campanas de las esperanzas y los parabienes por un tiempo mejor (el 2013) tintineaban, enterneciendo las almas más terribles, hambrientas de la redención todavía que desde Dios puede escucharse, fallecía un hombre que ha de contarse entre los pobladores insignes de las sombras luminosas del honor, el deber y la entereza.

Se trata del coronel Isidoro Cristóbal Montás Rodríguez. Me lo presenta Luis Montás, su hijo agradecido. Recuerda que su padre mereció el aprecio de sus colegas policías. “Lo trataban como a un General, aunque no fue investido del rango que, por escalafón y función, le correspondía”, me dice.

Hoy sus diez hijos vienen a las calles y respiran con orgullo el vínculo a un padre que, habiendo desempeñado importantes funciones en la institución del orden público y en la seguridad de entidades oficiales y privadas, vivió con una austeridad de dimensiones retadoras. Con ella entró al territorio de las eternidades sin dejar riquezas materiales.

Alrededor de su hombría de bien, entre cuyos lindes hay anécdotas cuasi públicas, su hijo Luis Montás, amigo querido y entrañable, se solaza en el recuerdo digno de su entereza. Con sentimientos de integridad y satisfacción resarce la pérdida y llena los pulmones de su origen.

Su padre, el coronel Montás Rodríguez, ocupó en tres ocasiones la sub jefatura de la Policía Nacional sin dejar, amasar o cultivar enconos, animosidades, rencillas o enemigos.

Creyente de Dios ólo más importante para Luis Montás, formado al calor de la verdad y la luz de los olivosó, renunció a vendettas incluso cuando su hogar fue atacado en los sesenta. “No preguntó por los agresores, no los persiguió haciendo abuso de sus altas investiduras”, dice y siento que agrega: “eso sí, se elevó hasta donde sólo crecen las almas nobles y puras: el perdón y el olvido”.

Luis Montás me habla de su padre y en sus ojos vienen a caer la sal con todos sus océanos azules. Revolotea un sentimiento de pérdida orgullosa y digna. Una falta que engrandece. Una pérdida que dignifica. Él pronuncia la razón: “Nuestro padre es un motivo de orgullo”.

Los diez hijos del coronel Montás Rodríguez así deben sentirlo. Y así lo sienten, dicen Luis.

Él llegó como raso a la PN y escaló hasta los cargos más altos: Oficial Ejecutivo del Palacio (PN); Subjefe Ejecutivo No. 1Ö Autodidacta, queriendo convertirse en escribano, aprendió el código civil, los reglamentos institucionales para actuar al pie de la Ley, de nuestra Ley.  “En la Policía encontró la razón de ser de su vida, siendo ejemplo de honestidad, rectitud y cumplimiento rígido del deber”, enfatiza Luis Montás, a todas luces un hijo agradecido. Fue un “observador escrupuloso de los reglamentos, por eso sus compañeros le decían La Biblia”, recuerda.

Afuera el sol es impenitente. El aire humedece su luz cálida y la empaqueta en un terruño de afectos, agradecimientos y remembranzas. Es la honra que revolotea. Entra y sustituye esa presencia ida, quedada para el recuerdo y paradigmas, valores y referencias esenciales de una familia.

Tienen razón para sentirlo. Y para presentarlo a sus descendencias como la más valiosa heredad.

Aparte de las funciones en el Ministerio Público (juzgados de paz) y la PN, el coronel Montás Rodríguez sirvió dos veces como Gobernador del Club Naco; fue asignado a la seguridad de la Súper Intendencia de Bancos... Para servir en instituciones así, la idoneidad se exige como currículum.

Los diez hijos que suceden al coronel Montás Rodríguez asistieron a sus exequias con el orgullo de que él no les dejara riqueza material alguna. Recuerdan su carácter fuerte, “combinado con el trato afable de sus maneras finas y educadas”. Lo admiran y presentan como ejemplo. A pesar de todo lo que pudo, vivió austeramente. En una sociedad donde eso no abunda, también es motivo de gran orgullo.

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