A veces pienso que estoy en la guerra, en el puro frente de batalla... Pero peor. Porque en la guerra convencional existen códigos que a veces se violan, pero de ordinario se respetan. O se hacen respetar.
He sabido siempre que en este juego hay que abrirse paso a codazos para llegar a la meta.
Es, probablemente, la parte más degradante y penosa de un oficio que hace rato mandó la ética de vacaciones.
Y en esa jungla donde chapoteamos todos, está cobrando espacio la perversidad de los mediocres que operan bajo el anonimato irresponsable y cobarde de las redes sociales sin nombres ni apellidos, pero muy conocidos porque son los mismos de siempre. Ahora sin rostros pero con las mismas caras.
Usando seudónimos o siglas para ocultar su verdadera identidad, arremeten contra cualquiera pretendiendo manchar honras bien ganadas. O tirando “bolas” que a veces se convierten en rumor público.
Por supuesto, las principales víctimas somos casi siempre los periodistas que los derrotamos –“uno a uno como caballeros; a todos juntos, como malandrines”–, porque en el ejercicio convencional de este oficio fuimos triunfadores, progresamos sin hacer daño a nadie, sin chantajes, sin extorsiones.
Sin dejarnos apostrofar por el apandillamiento de un periodismo adocenado en el que la mayoría de ellos quiso erigir un liderazgo falso plagado de simulaciones para ocultar la mediocridad.
Ahora reaparecen con la misma cobardía de hace casi medio siglo bajo la protección de un periodismo digital amarillo como abanderados de las posiciones más dignas, en otro ejercicio supremo de simulación.
Como si en este país tan chiquito no nos conociéramos todos.
Contra Víctor Grimaldi
Víctor Grimaldi siempre ha sido un periodista correcto. Temperamental y apasionado, ha ejercido este oficio con pulcritud y con dignidad, sin ocultar sus posiciones y simpatías políticas y partidarias.
En algún momento estuvo muy vinculado a Juan Bosch.
Cuando para muchos Juan Bosch era una malapalabra y vivían denostándolo. Al grado, que todos los viejos periodistas recordamos aquella mañana en que el líder del PLD echó de su casa al jefe de esa manada.
Pero Grimaldi ha echado la vida cultivándose, estudiando, leyendo, investigando.
Mientras la amargura de la mayoría de sus contemporáneos se ha cebado en su talento y en su extraordinaria condición de escritor. Sólo le reconocen defectos, cuando también está lleno de virtudes.
La última expresión de esa iniquidad se produjo este fin de semana con la publicación, y luego reproducción en todos sus desaguaderos digitales, de un artículo firmado con un seudónimo cobarde –como cobarde ha sido siempre ese individuo, herencia de su padre– para lanzar epítetos y calumnias contra Grimaldi por una carta que éste envió a su amigo el empresario José Luis Corripio Estrada.
Particularmente no estoy de acuerdo con la grave denuncia que formula Grimaldi en su carta a Pepín, pero él tiene derecho a temer un magnicidio contra Leonel. Porque también es verdad que a Leonel le han chubado una jauría hambrienta capaz de cualquier locura.
La satisfacción que debe sentir Víctor Grimaldi es que esta sociedad valora sus aportes en sus 44 años de oficio periodístico, ejercido con dignidad y honestidad. Y eso lo sabemos todos... Hasta ellos, los difamadores.
“Yo, el Embajador”
Todo el que sabe algo de mí, sabe muy bien que hace siete años, cuando ingresé al servicio exterior como embajador en Chile, mis teneres materiales eran tres veces superiores a los de hoy.
Pero la mayor riqueza de un ser humano –la intelectual, la formación, la experiencia en un mundo tan exquisito y distinguido como el diplomático– es hoy seis veces mayor al 2005, cuando lo dejé todo para irme de embajador.
Y esas no son simples palabras.
Lo dicen ustedes que me han visto en este medio desde hace más de 40 años y hoy valoran mis artículos y los ponderan cada día.
Mi intención desde hace casi un año era retornar definitivamente al país para reasumir mi empresa y mis programas de televisión y radio. Lo dije más de una vez en esta columna.
El presidente Medina, sin embargo, al igual que el canciller Morales, me han pedido que permanezca en la Embajada en España, porque me consideran la persona adecuada para ayudar el gobierno a empujar planes específicos con España y Europa en las áreas comercial y de inversión.
Y después de ponderarlo bien, decidí aceptar su oferta.
¡Así es que se les peló otra vez el billete a los difamadores!
No tengo idea de quien se trata cuando se refiere al articulo en contra del Sr Grimaldi de paso en contra suya. Lo que si importa es que usted ratifique si usted actua en su vida laboral como Embajador en España o Director/Dueño de un programa de TV en RD, pues ambas actividades no son compatibles debido a un conflicto de intereses en el uso del tiempo por cual se le paga un sueldo con mis impuestos.
Aristides Martinez