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PUNTO DE MIRA
La Nochebuena de antes
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Alfredo Freites

El tema musical El Martiniqueño no tenía ningún contenido navideños pero marcaba el inicio de estas  festividades de mi vida de niño capitaleño. La cena de Nochebuena no era el atractivo porque ni comida o libaciones convocaban las ilusiones. Nos deleitábamos con los fuegos artificiales, el mazo de cohetes chinos con su carga interminable de detonaciones. Ya mayorcitos solíamos recoger de las  calles de la Ciudad Colonial los triquitraques que no habían explotado. Los rasgábamos para extraer la pólvora y con los tubos quemados de las “velas romanas” hacíamos petardos. Los chicos traviesos colocaban esos poderoso montantes en los zaguanes. 

La explosión hacia estallar los vidrios. Pero yo no estaba entre esos muchachos. Eso me lo contaron. La cena de Nochebuena era donde pan de frutas, lerenes y pastel en hojas compartían el espacio con las importadas uvas, peras y manzanas (que ignoro cómo vinieron a parar a nuestras mesas); el turrón de Alicante que venía en un tubo metálico como un joya de temporada. Lechón o Pavo asados  eran el centro de la mesa que era atrayente por sus frutas secas, higos y dátiles. Ah, las deliciosas gomitas que destacaban dentro de los dulces navideños.

No teníamos noción el tiempo pero sí sabíamos que en algún momento llegaría lo más importante del calendario: El Día de Reyes. Nunca nos complacieron pero el juguete, cualque fuera, nos hacía olvidar la larguísima lista. Son Las Navidades las fiestas más familiares. Las de mayor arraigo cultural. Muchos de sus elementos son ahora cotidianos. Otros se van sepultando, como la Misa del Gallo y los intercambios entre vecinos. 

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