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EL CORRER DE LOS DÍAS
Santo Domingo a finales del siglo XVII
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Marcio Veloz Maggiolo

(Noticias de la Isla Española, Santo Domingo, 10 de agosto de 1690. Fray Fernando Carvajal y Rivera.)  

Según Cipriano de Utrera, fray Fernando Carvajal y Rivera, Arzobispo de Santo Domingo ya en 1689 comenzaba a enviar informaciones sobre el estado de la Isla y sus problemas. A Carvajal se deben  notables datos  sobre la vida dominicana en los finales del siglo XVII, en los que la colonia había perdido su manera de explotar el medio durante la crisis producida por las emigraciones y el abandono de la isla por la Corona. El XVII ha sido bautizado por los historiadores dominicanos como “el siglo de la miseria”; Carvajal hizo enormes esfuerzos y esgrimió numerosos argumentos sobre las emigraciones producto de la pobreza, y sobre  las necesidades de fomentar la Isla.

El cronista hace un largo análisis de las posesiones españolas y de la actitud de las familias “proto-dominicanas”. Pero igualmente resalta el problema de las múltiples carencias en puntos tales como el titulado “Misa de noche”, donde resalta la situación del vestido y la decencia en el vestir, afectados por la gran crisis. “Celébrense los días de precepto misas de noche, mucho antes del amanecer, porque de no ser así, se quedarían sin oírla las dos tercias partes de la gente de ambos sexos por no tener vestidos decentes en la ciudad, donde todos son conocidos” Está, como se ve, hablando de la ciudad de Santo Domingo. Las otras villas están en peores condiciones.

Tras un listado donde describe las situaciones sociales, eclesiásticas y locales de Cotuí, Monte Plata, La Vega, Azua,  Bánica, y luego de  un recuento de conventos y órdenes hace las propuestas que considera  que  podrían dar resultados positivos para la recuperación de la colonia.      

El proto-dominicano, como se apunta con más claridad en las posteriores crónicas francesas, es considerado por todos los que escriben desde el siglo XVII en adelante, como valiente y arrojado en la lucha hasta infundir temor. Se le describe como frugal y decidido a defender hasta con la vida su territorio. Si bien existen apreciaciones sobre la cotidianidad de la sociedad hatera y el hombre rural en relación con su “desinterés por el progreso”, razones que habría que explicar, uno de los perfiles fundamentales señalados para el mismo es el de la valentía.

Dice el arzobispo citado: “Confieso señor, que al paso que esta Isla Española, Primada de las Indias, por las más fructífera de ellasÖ..que cría hombres tan valientes”. “Aseguro a V.M. que he andado hasta esta hora, por tierra y por mar, tantas leguas que no es fácil  numerarlas y he tratado con las más de las naciones conocidas y no he hallado gente más valiente ni que con amor tan desinteresado y fidelidad fina, sirvan a su señor natural, y tan de lejos; vista de V.M. se minoran o deshacen los ejércitos  por no haber para los pagarÖ” “Muchos sucesos gloriosos han logrado los naturales de esta isla fuËlo el del ingles, año de 55 (Nota. Se refiere a la invasión de Penn y Venables)  y sólo represento por más cercanos el  de este julio, de los vecinos de Santiago, que tan pocos de ellos, esforzadamente, acometieron a un ejercito numeroso de Francia, llenos de boca de fuego,  y con un pedazo de caballería  les quitaron parte del bagaje, algunas caballerías y tomaron no pocos caballos, armas, y hasta la caja de medicinas, y esto lograron los que no reciben sueldo de Vuestra Majestad. Suplico a V.M. que crea las miserias en que está la isla para que le aplique remedio.” “Además que de esta isla se han ido muchos naturales por la pobreza de ella...”   

Ruega por el refuerzo de la esclavitud, “bien” casi perdido, pues se sabe que hacia 1690 el esclavo tenía cierto albedrío dada su carestía y el cuido necesario por la dificultad de comprarlo”, y pide rediseñar el uso de la moneda, y la desintegración de lugares de reciente fundación de negros escapados, como los del poblado de Los Minas.

El arzobispo Carvajal clama para que la monarquía honre a los “prebendados”, que no poseen reconocimientos para el ánimo y suplica que se “atienda a estos sujetos cargados de méritos y servicios en tan suma pobreza.” La miseria era sólo una parte de una sociedad atacada por los temores, la violación de todos los estatutos y la aceptación de la corrupción total como modus vivendi.

El debilitamiento de la iglesia católica se percibe claramente en la incapacidad de cubrir todo el territorio, donde a veces el propio cura no tiene quien le confiese a la hora de su muerte, como bien apunta el obispo.

Se deduce de estos hechos que estamos frente a una sociedad flexibilizada, que desde el punto de vista cultural atenderá más a la subsistencia que a las formas religiosas impuestas, y en la que los elementos populares y las creencias se conforman con acuerdo a las necesidades. Del mismo modo vale pensar en las diferencias entre las creencias y festividades en núcleos urbanos, como Santiago, La Vega, o Puerto Plata, y la propia capital, que en lugares donde las iglesias y el culto estaban totalmente en crisis, y donde el personal era mínimo.

Muchos de los puntos señalados por Carvajal y Rivera, se perciben en crónicas posteriores, porque no es sino  hasta la llegada del poder de los Borbones, en 1801, cuando se comienza a producir el cambio social y el dinamismo que se percibe ya a mediados del siglo XVIII. Pero lo cierto es que la vida rural y la del hato ganadero no cambiaron mucho. En su novela titulada El Montero, cuyas acciones al parecer son ubicadas por Pedro Francisco Bono en 1808, las descripciones que el escritor apunta, parecen ser las mismas que desde el siglo XVII se daban en un sector de la economía “proto-dominicana” que necesitaba, como lo destacan casi todos los cronistas, de muy poco para vivir y de una libertad de movimiento obligado que tenia como objetivo la explotación controlada e incontrolada de la vacada, punto de apoyo de la economía del hato.

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