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Puntos de vista 23 Abril 2010
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Sin bosque no hay agua
(I)
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Enrique Armenteros

Sin bosques no hay agua; sin bosques se sedimentan las presas; sin bosques se irán agotando los acueductos; sin bosques se irán secando los pozos y las corrientes subterráneas que los alimentan. Sin bosques se atenuarían las inundaciones. Esa es la verdad. La lluvia es hija del bosque, no de las nubes.

La lectura de diversos artículos aparecidos recientemente en la prensa nacional sobre la situación de nuestras presas provocó en mí una gran tristeza y un sentimiento de profunda impotencia. Lo que ahí se dice puede constituir una sorpresa para muy poca gente, pues, en realidad,  son cosas que se dijeron y repitieron hasta la saciedad.

En efecto, hace más de veinte años que, desde la Fundación Progressio hemos estado compartiendo ideas y propuestas sobre la problemática del medio ambiente y los recursos naturales, especialmente sobre el agua, a través de publicaciones, comparecencias públicas, conferencias, etc.,

Discurría el año 1988. Don José Hazim, entonces rector de la Universidad Central del Este (UCE), me invitó a pronunciar el discurso de despedida de la clase graduanda correspondiente a ese año. Acepté la distinción porque entendí que era un excelente escenario para lanzar ideas, presentar propuestas, compartir preocupaciones y esperanzas. A esos jóvenes les recordé un viejo proverbio cachemir que reza: “Mientras haya árboles habrá alimentos”, para que apreciaran de una forma sencilla y rápida la importancia del tema que trataría.

Pero, basado en las evidencias de que se disponía en ese momento,  también compartí con ellos mi preocupación por el hecho de que la República Dominicana, al destruir sus bosques, estaba siguiendo peligrosamente el camino trazado por nuestros vecinos haitianos, quienes han convertido su país en un erial, en un desierto.

Este no fue un recurso retórico para dramatizar y preocupar. Manejar un tema tan importante de ese modo hubiera sido una irresponsabilidad. La realidad de lo que señalábamos entonces se evidencia hoy en el hecho de que la cobertura vegetal del país, que en el año 1940 era de un 70%, se ha reducido a un 15% en el 1990. Con respecto a otro indicador tan importante como es la situación de los ríos y arroyos, se habla de que en las últimas décadas se han secado más de 400. Pudiera haber diferencias de opinión sobre la cuantía, pero no sobre los hechos que se señalan.

También les dije a esos jóvenes graduandos, y lo repito hoy con mayor convicción, que este país es de todos y no solo de los políticos. Por lo tanto, todos tenemos que arrimar el hombro para motivar cambios y para asumir la cuota de responsabilidad que nos toca. El sector privado, la sociedad civil, no tiene más remedio que involucrarse en ella. Debe hacerlo y, si no lo hace, lo va a lamentar porque será tarde, el daño estará hecho y la situación será irreversible.

En el año 1989, dirigiéndome a los estudiantes del Instituto Superior de Agricultura (ISA), resaltaba que “el bosque es el actor principal de la naturaleza. Es fuente de agua, suelo, clima y agricultura, además de que defiende la calidad de las aguas costeras que sostienen los corales, que son esenciales para la vida marina”. Por eso planteé ante ellos mi convicción de que el Estado debe realizar programas de reforma agraria en las montañas, reiteré la imperiosa necesidad de asumir con seriedad el futuro del río Yaque del Norte, expresé mis preocupaciones por el impacto del uso de la leña y el carbón para fines domésticos y las ventajas de la conservación de los parques nacionales, del ébano verde y del manglar.

Pero viendo que todo lo que decíamos pasaba sin pena ni gloria, que nuestras palabras motivaban a muy poca gente a la acción, porque no percibían la gravedad de los problemas que apuntábamos o porque se sentían más cómodos ignorándolos, abandonamos esas actividades y nos circunscribimos a algo cuya realización realmente estaba en nuestras manos: sembrar y cuidar árboles. Desde entonces lo hemos venido haciendo en diversos lugares del país, especialmente en Doña Ana (Cotuí), en la Reserva Científica Ébano Ebanoo Verde, en Monte Plata, en Restauración (junto a la frontera con Haití) y en estos días lo hacemos en El Hoyón Hato Mayor).

Sembrar y cuidar el crecimiento de los árboles era nuestra propuesta fundamental. Por eso decidimos concentrarnos en eso y, como hemos dicho en ocasiones anteriores, realizamos esta labor con discreción, en silencio, casi con vergüenza, pero con la certeza y la íntima convicción de que estábamos haciendo lo correcto. La realidad es que poca gente quiere enfrentar esta tarea de la reforestación con seriedad y consistencia. Es una labor humilde y misionera en la que no hay grandes contratas, no hay inauguraciones ostentosas, no se mueven grandes sumas de dinero y, para colmo, hay que esperar años para que se vean los resultados.

Sobre el tema del medio ambiente se pronuncian discursos, se organizan reuniones, se realizan viajes, se firman acuerdos, se promueven lemas, pero no se hace nada verdaderamente significativo. No hay discurso que valga, pues los hechos son contundentes: la cobertura forestal se ha ido reduciendo, los ríos se están secando, la pérdida de suelos en las cuencas hidrográficas crece de forma alarmante, la erosión está desnudando nuestras tierras y sedimentando los embalses de nuestras presas, por lo que ha disminuido el volumen de agua disponible en ellas... Parece que hemos olvidado que, como dijera Franklin D. Roosevelt, “la nación que destruye su tierra, se destruye a sí misma. Los bosques son los pulmones de nuestra tierra, purifican el aire fresco y dan fuerza a nuestro pueblo”.

El autor es presidente de la Fundación Progressio.

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