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DOMINICANEANDO
Los tres que echaron a Pedro en el pozo
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José Miguel Soto Jiménez

“Los tres que echaron a Pablo en el pozo”, nombre de un relato de don César Nicolás Pensón. Muestra, junto al “Enriquillo” de Galván, de esa “historia novelada” de la que tanto se discute, aunque poco importe, porque: “La realidad supera a la ficción” o como decía Wilde: “La naturaleza imita el arte”.

Este relato no es novela. Es cuento.

Genero que fascina al criollo y que en este caso sospecho histórico, si atendemos que el libro “Cosas Añejas”, está compuesto por narraciones sobre “cosas” ocurridas en los tiempos del autor.

Pero resulta, que como lo “añejo” fermenta, el cuento ya no es cuento, ni se llama así. De hecho no le pertenece a su autor, porque es sentencia popular muy socorrida.

Originalmente, no fue a Pedro al que “echaron en el pozo”, sino a Pablo. El cuento que es ahora “dicho”, le pertenece a la gente común, que lo hizo suyo.

Con la levadura de su ingenio, le cambiaron el nombre: “Los tres que echaron a Pedro en el Pozo”. Lo de Pedro supongo, por ser más dominicano y cercano a su síntesis.

Para el autor, que sus compatriotas se hayan “empoderado” de su obra, haciéndola cultura popular, es gran reconocimiento.

Figura vernácula integrada a nuestra manera de pensar, sentir y hacer la vida. Herramienta de esa lógica dominicana autentica. Elemento autóctono intemporal, sin el cual dejamos de parecernos a nosotros mismos.

La frase solo tiene ya los residuos del hecho lamentable del siglo IX que originó el relato, y del escritor queda únicamente el ilustre referente.

Convertido por la vulgata en “dicharacho” con olor a “pulpería”, quiere decir ya otra cosa.

La frase alude a cierta culpabilidad y complicidad de un trío, atenuada por la manía que tenemos de darnos “chances” y “tirarnos la toalla”. Entonces nos damos por conformes, por desentendidos, “haciéndonos de la vista gorda”.

Confirmación de sospechas agudas.

Fórmula para recalcar el “no me diga´ na, que yo te vi”, haciendo de conocimiento nuestra suspicacia, para demostrar que “no tenemos un pelo de pendejos”.

Perdonar y perdonarnos, “echándole agua al vino”. Cuanto más grave es la cuestión, entre impunidades, apatías e intolerancias, solo se alcanza la connotación ritual de abrir los ojos, y pronunciar el: “uno dos, tres pisácolá” de la advertencia.

Estamos ahora sumidos en una crisis estructural que integra en su complejidad muchas aspectos. La crisis moral, económica y social, dominan la “clarividencia del desastre”, sugiriendo culpabilidades y complicidades.

“Pecados de hechos y omisión” que mortifican la interrogante del ¿que hacer? Gritando el nombre indeseable de la “bestia de la corrupción”.

La aseveración de que otros aspectos, conforman los pormenores de una gran crisis política, es indudable.

Con “ella y en ella”, también están en aprietos la credibilidad, la fe y la confianza.

Un estudio que se ha hecho denuncia cual radiografía, las causas de nuestro problema: “Falta de voluntad política”, para resolver las graves dolencias del Estado.

Voluntad empeñada en esas veleidades y relaciones de poder de ahora y de antes, de espaldas siempre al interés colectivo.

¿Quien ha echado a Pedro en el oscuro pozo de nuestras dificultades y problemas? Foso lóbrego de la incertidumbre, carencias y dificultades.

¿Quiénes han arrojado al “Compadre Pedro Juan” a las profundidades de una democracia vacía de contenido social? La crisis política se explica sin retoricas, en la verdad de que los partidos mayoritarios del sistema han pasado cada uno varias veces por el poder y no han resuelto los problemas fundamentales de la población y eso basta.

La sospecha recae sobre aquellos que han ejercido más de una vez el poder en nuestro país.

La inconformidad popular, señala “los que están”, como culpables inmediatos.

La oposición se “frota las manos” para acudir a una alternabilidad que “no garantiza el cambio”, sino la continuación empeorada de la situación: “quítate tú, pa´ poneme yo”. “Aguántame eso ahí, que vengo ahorita”.

Justo cuando la gente se está “jartando” de la misma “vaina”, dándose cuenta de que esos tres partidos de nuestras culpas, son en realidad “los tres que echaron a Pedro en el Pozo”.

¡Hay que volver a Capotillo!

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