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Puntos de vista 28 Mayo 2008
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Crisis alimentaria y robo famélico
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Sergio Germán Medrano

Las advertencias que se emiten actualmente sobre la inminencia de una crisis alimentaria mundial, convocan gobiernos e instituciones internacionales a buscar soluciones destinadas a aumentar la producción de los alimentos de la canasta familiar. Sin embargo, la falta de alimentos no debe originar preocupaciones exclusivamente económicas, puesto que sus principales repercusiones son directa y preponderantemente sociales. El hambre es un ataque contra la vida humana que provoca reacciones instintivas, en muchos casos constitutivas de violaciones de las leyes penales.

Por consiguiente, ante la posibilidad de una hambruna es conveniente reflexionar sobre el robo famélico. Esta infracción se produce cuando el hambre amenaza la vida humana. En su cátedra de Derecho Penal el profesor Marino Vinicio Castillo la explicaba magistralmente, ilustrándola con el proceso judicial de Luisa Menard. Esta ciudadana francesa desempleada, su madre y su hijo de dos años, hacia un día y medio que no tenían qué comer. Desesperada por el hambre robó un pan de una panadería. Por este hecho fue juzgada por el famoso juez Paul Magnaud, quien en una histórica sentencia la absolvió y dijo que “el hambre es susceptible de arrebatar a todo ser humano una parte de su libre arbitrio y de aminorar en él, en una gran medida, la noción del bien y del mal” y que “un acto ordinariamente reprensible, pierde mucho de su carácter fraudulento cuando el que lo comete obra impulsado por la imperiosa necesidad de procurarse un alimento de primer orden, sin el cual la naturaleza rehúsa poner en ejercicio nuestra constitución física”.

En República Dominicana las muertes violentas causadas por robos famélicos cometidos en barrios urbanos son demostrativas de la pérdida progresiva del valor de la vida humana en los estratos más bajos de nuestra población. La conciencia de que la vida humana es única e irrepetible y que, en consecuencia, debe ser respetada, se ha extinguido en estos estratos. Han perdido el sentido de solidaridad social que nace del vecindario y la pobreza común.

A cambio, han adquirido la rudeza y la crueldad de las turbas impiadosas. Pero este comportamiento no surgió por autogénesis. Es una culpa de nuestra sociedad como un todo. Décadas de irresponsabilidad respecto de la pobreza extrema y vicios institucionales reprobables, no podían transcurrir sin provocar los nocivos efectos sociales que contemplamos atónitos. Son una alarmante advertencia de la imperiosa necesidad de tomar medidas inmediatas para paliar la crisis alimentaria y de la necesidad de fomentar urgentemente en nuestra sociedad la elevación, dignificación y respeto de la vida humana.

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