FÁBULAS EN ALTA VOZ

La ‘frescura’ de la política dominicana

Marta Quéliz

Hablar de política no es mi fuerte. Es un tema pesado, y en países como el nuestro, hasta engorroso. Sin embargo, hay una parte fresca que, al menos a mí, me atrae. Se trata de la forma en que la población permite la burla de los políticos, y sin más ni más aplaude sus incongruencias. Algo ‘chistoso’ es ver cómo cuando las cosas les convienen, las halan por los moños para ajutarlas a sus propósitos, y cómo cuando no les favorecen, se las ingenian para ‘defender’ al pueblo. A mí me parece tan simpática la forma en cómo queda al descubierta su incoherencia, y es ahí cuando le reconozco la frescura que tiene nuestro sistema político. En búsqueda de una real frescura me trasladé a una ciudad fabulosa donde el pueblo baraja las cartas para tomar una decisión política, no los involucrados. Allí el trabajo siempre apunta al bienestar de la gente, nunca de unos cuantos que, en nombre de luchar por el desarrollo, llenan sus arcas a expensas del trabajo de hombres y mujeres que les dan sus votos para alcanzar el poder. No hay cabida para burlas, y la traición no encuentra razón de ser. Un candidato es escogido porque cuenta ya con apoyo de todos. Eso de tener ‘cuchumil’ partidos tirándose los trapitos al sol, en ese lugar no existe. La política allí no es un chiste. Es un tema serio, pero digerible. Tanto que hasta los más pequeños pueden entenderlo. Ello permite que desde temprana edad, los habitantes respeten y preserven la integridad de su Constitución. Sus modificaciones tienen que ser justificadas por los cambios que imponen los avances, nunca jamás por lo que le conviene a uno u otro político. La palabra clientelismo no se conoce. Los intercambios de favores solo son válidos en la cotidianidad de una ciudad que hace de su política su herramienta más fuerte para el bienestar de todos, no importa quién los gobierne. Es tan diferente a la realidad que vivimos los dominicanos, quienes, dependiendo de lo que nos conviene u ofrecen nos reímos de los chistes de nuestros líderes o los criticamos cuando ya no nos aportan nada. Ojalá dejemos de ver la política como una ficha de dominó para ganar o peder el juego, y comencemos a exigir respeto por encima de las conveniencias.