La icónica Grand Central Terminal de Nueva York celebrará la próxima semana su primer siglo de historia en el que se ha convertido no solo en una estación de trenes, sino en una joya arquitectónica, un plató de cine, un centro comercial y en un punto de encuentro para neoyorquinos y turistas.
Tras más de diez años de obras, la estación que conecta la Gran Manzana con sus localidades vecinas, abrió sus puertas al público un 2 de febrero de 1913 y durante un siglo ha conseguido conservar su estilo y aumentar su popularidad. “Es un edificio precioso y útil para la gente. No es solo eficiente, sino también elegante”, destacó a Efe el historiador de arquitectura y miembro de la comisión de conservación de monumentos de Nueva York Matt Postal. Pese a que ahora es uno de los símbolos de la ciudad de los rascacielos, la estación de ferrocarril más grande del mundo ha tenido que lidiar con diferentes obstáculos a lo largo de los años.