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La Vida miércoles, 25 de julio de 2012
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FOLCLOREANDO

Vivencias cotidianas

  • Vivencias cotidianas
Xiomarita Pérez
xiomaritabaila@gmail.com

Si la gente supiera lo feliz que soy con tan poca cosa. Sí, con tan poco cosa, pero que vale un montón. Disfrutar de la gente común que transita por las calles de la ciudad, brindar una sonrisa, darle el paso y entablar una conversación, eso sólo se logra en un carro público, en una guagua, en los pasillos de instituciones, en los campos, en los trenes... Cada vez que me traslado a un lugar y ando buscando “lo que no se me ha perdido”, me lleno de regocijo. Siento en mi interior un remanso, porque ya crecí junto a mis hijas que son adultas y disfrutan al igual que yo. Algunas personas me preguntan el porqué mis hijas no me acompañan en mis andanzas y le contesto que ya ellas me acompañaron en la etapa de sus vidas que tenían que estar conmigo y yo con ellas, esa etapa que como padres no debemos perder, porque luego vuelan. Las he visto crecer, aunque ahora se me olvide cuándo fue la primera vez que Nathalia dijo sus primeras palabras, Noelia dio sus primeros pasos o que Amelia me escribió una linda cartita. Ahora estoy dándome esos “chapuzones”, sin saber nadar, cada vez que tengo oportunidad.

Este fin de semana fui parte de un grupo pequeño que visitó lugares y personas que llenan mi ser. Hacer escala donde el doctor Morán, en La Vega,  a olfatear la mata de berrón y las flores de azahar; luego ir a Santiago, donde doña Benilda Llenas, quien junto a sus hijos y nietos nos recibió en su hogar. Compartir la experiencia de las artesanas tejedoras de sombreros y canastos de Gurabo no tiene precio. Una noche en la casita de Argentina Betances en una loma de Pedro García fue estar más cerca de Dios, aunque las tuercas se me flojaran en el camino. Detenernos en Los Macaos y visitar a Chela Eguren y René, su hijo discapacitado, y éste brindarnos una tierna sonrisa y bendiciones al partir. Eso no tiene precio. 

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