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La Vida 16 Agosto 2008
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LA FIGURA:
El general Juan Tomás Díaz
ANTONIO DE LA MAZA Y JUAN TOMÁS DÍAZ FUERON INSEPARABLES EN LA GESTA
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José Miguel Soto Jiménez
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SANTO DOMINGO.-  Las declaraciones del doce de junio de 1961, por parte de Miguel Ángel Báez Díaz, aclaran bastante el papel activo de Juan Tomás. “Hace más o menos dos meses Juan Tomás, quien además de ser mi primo, como todos lo saben, nos tratamos como hermanos, me dijo que la situación política estaba muy mala por el desacuerdo que había con los curas y que se decía que vendría una invasión de Venezuela.

Le dije que no creyera en tonterías de invasión, porque los que venían aquí vinieron y estaban muertos.  Me dijo que el general Román estaba en disposición de respaldar cualquier movimiento para hacerse cargo de la situación.  Entonces fui de inmediato donde su hermano mayor Modesto y le hice saber lo que Juan Tomás acababa de decirme”.

El 30 de mayo, a prima noche, después de haber dado el paseo habitual con el “Jefe”, como “todas las noches”, después de haber visitado a Paíno Pichardo en la Arzobispo Meriño, Báez Díaz se fue a la casa de Juan Tomás, donde compartió con el general, su esposa doña Chana, su hija Marianela y su hermano Tomasito Báez.

A las 8 y 30 de la noche del 30 de mayo, dice en su interrogatorio que llegó con su esposa Marianela el doctor Bienvenido García Vázquez a casa de su suegro, el general Juan Tomás Díaz, encontrándose allí doña Cristiana Díaz, Annerys viuda Cobián y los menores Jaime y Eduardo Díaz.

Al  preguntar por el general, le dijeron que se encontraba en la galería conversando con Bocho Cabrera.  Luego llegó Pedro Livio quien salió con Antonio de la Maza, quien lo estaba esperando en el patio de la casa. Luego  llegarían Modesto, quien entró y salió varias veces; Papucho Pagán Pina, Tomás Báez Díaz y su señora, y Miguel Ángel Báez, que llegó  después de haber paseado con el “Jefe”.

Si atendemos a la declaración de Salvador Estrella, interrogado el 6 de septiembre en San Isidro, comprendemos que Miguel Ángel Báez Díaz era ese personaje de quien de la Maza dijo que le informaría en la casa de Modesto, si Trujillo iría o no a San Cristóbal.   Sin lugar a dudas, esto también informó Amadito por el asunto del uniforme verde olivo que Trujillo solía usar cuando iba para San Cristóbal.  Además, porque perteneciendo al cuerpo de ayudantes militares se percató de que el dictador, después de la caminata, había mandado a buscar el carro que usaba para viajar a su hacienda.  Es claro que el epicentro de la conjura estaba situado en Juan Tomás, que cohesionaba en su dirección a varios grupos que convergieron en el propósito, siempre acompañado de Antonio de la Maza quien era el jefe de los mocanos y el elemento más dinámico, activo y vehemente, por aquello de la venganza por la muerte de su hermano Tavito.

En virtud de una vieja amistad y una mancomunidad de intenciones, muchas de ellas patrióticas, siempre actuaron juntos en la conquista de los conjurados y la planificación del hecho, con  una  marcada diferencia: de la Maza quería primordialmente matar a Trujillo, restándole importancia al hecho político del después, mientras que Juan Tomás concibió la necesidad del secuestro y el golpe de estado para remediar la insoportable situación del país de forma más completa.  El resultado final acondicionante de lo que pasaría, residió definitivamente en los dichos muy dominicanos de que la “culebra se mata por la cabeza” y de que  “muerto el perro se acabó la rabia”.   Y es casi seguro que este fue el argumento usado por el mocano para justificar en la intimidad del grupo, la acción desencadenada. Fallas de coordinación y de otro tipo, detalles nimios que redundaron en la operatividad del suceso, eventos de la persecución final y la hipótesis de que Trujillo no era secuestrable ni apresable, operaron en favor de la íntima convicción del mocano y su verdadero propósito. Unos cambios de luces que no se dieron y que frustró la barrera, el carro que se le dañó a Pastoriza, y las circunstancias de la fase de la persecución vehicular que no salió del todo como estaba previsto.

Es muy probable que para poder imponer tal circunstancia, Antonio, bajo acuerdo razonable, apartó de los acontecimientos de la avenida a Juan Tomás, con la excusa de que garantizara con su liderazgo la segunda fase.

“Una cosa piensa el burro y otra el que va montado”.  Por eso Antonio de la Maza desencadena el  final que siempre caviló, ya que cada cual “amarra su burro donde le da la gana”.

Por eso Huáscar dice a Pastoriza, cuando lo va a buscar después de la refriega: “no, no, venÖ..,  deja ese carro ahí, que ya todo se perdió. Estas gentes lo que han hecho es fajarse a los tiros”. Esto quiere decir que por lo menos para los dos ingenieros, la intención no era esa; o más aún, no era lo que se había  planificado.

Las circunstancias se concatenan para que después, todo salga de forma políticamente inconveniente. Por eso fracasa el golpe de estado que todos mencionan en sus declaraciones.   Y por eso, también, fieles a su compromiso y a la altura de su valor de fieras, Antonio de la Maza y Juan Tomás Díaz reafirman su condición de inseparables en la gesta y en el afecto, para, peleando, irse juntos también por los ignotos e insondables caminos de la muerte.   

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