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La tragedia de Coopegas contada por sus sobrevivientes

Lo normal era que Eridania y su esposo, Luis Matos, se pasaran el viernes por la tarde en familia en la galería de su casa con su hermana Griselda Padilla.

Fotos: Víctor Ramírez.

Fotos: Víctor Ramírez.

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Fernando MolinaLicey al Medio, Santiago, RD

La corriente del río es fuerte y le arrebata a Eridania Padilla Corniel a su hija de los brazos. Cuando vuelve a sostener su cuerpo, ya no es el de su hija, sino el cuerpecito de Braiden, el hijo de su sobrina Grissel, que está a punto de cumplir diez meses.

Ese fue el extraño sueño con el que Eridania se levantó el viernes 3 de octubre por la mañana, justo un día antes de que la vida le cambiara.

Lo normal era que Eridania y su esposo, Luis Matos, se pasaran el viernes por la tarde en familia en la galería de su casa con su hermana Griselda Padilla Corniel (o como ella le llamaba, Gris) y sus sobrinas, quienes vivían a unos pocos pasos de su casa. Lo normal también era que conversaran y bebieran una que otra cerveza en Limonal Arriba, un pequeño barrio de casas de block, muchas de ellas construidas por los mismos propietarios. Este sitio es de calles estrechas y personas unidas.

Aquel viernes, Gris estaba en Santiago con su esposo, Juan Francisco de los Santos Cepín, y no la pudieron ver durante el día completo. A quien Eridania sí vio en el atardecer, cuando el sol estaba puesto, fue a su sobrina Grissel de los Santos Padilla, hija de Gris.

Lo que sigue es un relato de las agónicas horas que vivieron los residentes de Limonal Arriba el sábado 4 de octubre. El relato de una tragedia que los ha dejado traumatizados y por el que en las noches les cuesta dormir. Uno que involucra el mal manejo de una planta de gas, mala suerte y lecciones. Uno que no puede ser olvidado, pero que lamentablemente muchos olvidarán. Uno que pudo haberse evitado.

Grissel era una niña flaca, de unos quince años, que había dado a luz a Braiden, y que el sábado 4 de octubre, el mismo día de la explosión, iba a cumplir diez meses.

Vivía con su mamá, su papá; su esposo, un joven de 18 años llamado Samuel Gabino Ulloa; su hermana menor, Grismeilyn de los Santos de 11 años, apodada Gorda, y su bebé llamado Brainden Gabino de los Santos.

La familia residía en una pequeña casa de block de un solo piso, construida por sus padres a unos pocos pasos de la casa de su tía Eridania. En total, eran seis personas en la vivienda que se ubica justamente detrás de una planta de expendio de gas propano, que hoy con letras consumidas dice “Coopegas”.

—Mira, para que veas al niño que no lo has visto hoy, —le dijo Grissel a Eridania.

Eridania lo agarra y le sonríe al bebé.

—Mañana te lo traigo para que celebremos sus diez meses.

—¡Ay, pero está grande él! —le dijo sonriéndole a Brainden.

—Un hombrecito ya, — le respondió Grissel

Ambas se despidieron y Grissel se fue camino a casa.

El sábado 4 de octubre, la mañana en la que despertaron entre fuego y humo, Nelson Osoria, un joven de 25 años que vivía por la zona, junto a otro muchacho que residía en una vivienda de madera azul, fueron de los primeros en ver que las cosas no iban bien. El humo emanaba con insistencia de la planta, y el aire que respiraban ya era puro gas. Fueron a la casa familiar de De los Santos, que era la más cercana y donde vivía su amigo Samuel, para advertirles del peligro y ayudarlos a salir.

En ese momento, Cojoyo, el guachimán que cuidaba la planta, había visto el humo y en vez de huir fue a buscar la válvula que controla el escape de gas para ver si podía parar la fuga.

En la misma carretera La Peña, donde están las ruinas de la planta de Coopegas, justo al lado, hay un residencial llamado Brisas del Palmar que tiene patio y casas amplias bien pintadas de dos pisos.

Nilson Reyes y Juana Bisonó, dos residentes del residencial que tenían su casa justo al lado de la planta, se levantaron por un fuerte olor a gas y descubrieron la casa inundada de un humo blanco.

Sus cuerpos viejos no son los más ágiles para salir rápido de la casa. Lo primero que hicieron fue despertar a su nuera, Julissa Ortiz, quien desde que abrió los ojos agarró a su hija de un año y le pegó su cabeza a su pecho, justo encima de su corazón. Luego todos salieron de la casa y mientras caminaban en el patio del vecindario la planta estalló.

Luis y su esposa Eridania se levantan con el estruendo. Él salta de la cama y va directamente al frente de la casa donde está su hijo pequeño y lo encuentra tirado en el suelo con la sábana encima y aturdido: la onda expansiva lo había tumbado de la cama. Atrás escucha a Eridania gritando: —¡Qué pasa! ¡Qué pasa! ¡Qué pasa!

Luis agarra a su hijo y mira por la ventana delantera donde ve la casa de De los Santos, donde vive Gris y su compadre Juan Francisco, encendida y explotada.

—¡Santo Dios! ¡Ay Dios mío Eridania ¡Ay Dios mío! —comienza a gritar Luis.

Vuelve a su habitación y encuentra a Eridania con su hija en sus brazos, temblando de pies a cabeza.

—¡Eridania la casa de Gris! ¡La casa de Gris!

Ambos fueron a la galería y encontraron el vecindario en un completo caos. Todo el mundo estaba corriendo y gritando, la gente salía de sus casas en pijama y dejaban la puerta abierta, buscando a sus familiares entre todo el desorden hasta escapar de la escena.

Al mismo tiempo de aquella catástrofe, en el vecindario Brisas del Palmar, Don Nilso, Doña Juana y Julisa se quemaron con la explosión y comenzaron a gritar. Los vecinos escucharon todo el ajetreo y salieron de sus casas. Uno de ellos salió en ropa interior y vio a Juana tirada en una esquina con la ropa en llamas, fue corriendo hasta donde ella y se quitó su ropa interior y con ella empezó a apagar el fuego.

Don Nilson caminó hasta el patio donde había grama y unos bancos de piedra; los vecinos vieron cómo el abuelo, encendido en fuego, se sentó en la grama y se quedó ahí hasta apagarse.

Cada pocos segundos sonaban explosiones y se veían llamaradas que salían del local de Coopegas. En la calle donde vivían Eridania y su esposo Luis todo el mundo gritaba y corrían alejándose del área.

En ese momento Eridania distingue dos sombras, las de Gris y la Gorda caminando a pasos cortos y con los ojos completamente abiertos.

No lloraban, no estaban gritando, parecían muertas caminando hacia ella, recuerda.

— ¿Y esa es Gris? ¿Gorda? ¡Ay dios mío! ¡Ay dios mío! —grita Eridania.

Luis buscó las llaves para abrir el portón pero sus manos le temblaban tanto que no lograba entrar la llave correcta en el cerrojo. Fue su hermana, que vive en una de las casas de al lado, la que se acercó y abrió el portón de la casa.

Luis trató de sostener a Griselda, pero esta no podía mantenerse de pie porque tenía las plantas de los pies quemadas. Es por eso que tropieza y cae en el portón. Eridania, con ayuda de su hermana, tomó a sus hijos y a la Gorda, que estaba quemada y blanca con ronchas rojas y sangre en toda la piel, y se fueron calle arriba entre todo el reguero de personas para salir del peligro.

Luis logró sentar a Gris en una silla y en ese momento un joven que se parece a Samuel viene corriendo, quemado, rojo con la piel hinchada y desprendida.

— ¡Me estoy quemando! ¡Me quemo! ¡Me voy a morir! —Grita Samuel.

Samuel entra a la casa corriendo y llega a la habitación principal. Luis controla sus nervios, lo sigue a su habitación y le enciende el abanico y se lo pone enfrente para que no le arda tanto la piel. Cuando Luis vuelve a salir a su galería ve a su compadre Juan Francisco, que tenía la ropa quemada y la piel blanca y encendida. En la mano llevaba a su perro quemado y muerto en sus brazos.

— ¡Compadre! ¡Ay Dios Santo pero qué es esto! — recuerda Luis Matos que le dijo.

Juan Francisco soltó al perro frente al portón y resbaló en un muro dentro de la galería.

Luis salió a buscar ayuda y en la calle se encontró con el hermano de Nelson Osoria y ambos regresaron a la casa.

Se seguían escuchando explosiones, pero los gritos habían cesado. Entre los dos envolvieron a Juan, Samuel y Gris en sabanas y los montaron en la parte de atrás del carro y Luis Matos se dirigió a CEMELI (Centro Médico de Licey). En los asientos de atrás, los tres iban gritando y quejándose y en reiteradas veces mencionaban el nombre de Braiden, preguntaban dónde estaba. Luis Matos veía por el retrovisor las caras irreconocibles, deformadas por las quemaduras de los familiares con los que hacía dos días había hablado y comido completamente normal.

No lograba hacer sentido a nada de lo que ellos le decían.

En ese momento Eridania iba descalza corriendo en la multitud, cargaba a su hija, y atrás venían sus dos hijos pequeños, su hermana y la Gorda que iba a un paso lento, callada, sin prestar atención al ambiente, como si estuviera sonámbula.

Estaba hinchada y semi desnuda porque su ropa se había quemado.

La hermana de Eridania encontró un carro y le dijo:

—Vete tú con los niños, yo me llevó a la Gorda a la clínica.

Luego de que Eridania saliera de la zona de la explosión con sus dos hijos y su hija encontró a una conocida, ésta le prestó ropa y unas chancletas. Luego, consiguió que alguien la llevara a casa de su suegra.

En cuanto a Grissel, la mamá de Braiden, no se había dirigido a casa de Luis Matos, se había quedado atrás. Estaba hinchada en todo el cuerpo y con la ropa quemada, iba por la calle donde todo el mundo iba gritando y corriendo.

—No me dejen morir por favor, ayúdenme, llévenme a un hospital. — Le decía Grissel a la gente.

Luego de un tiempo alguien se fijó en ella, la tomó de la mano, la montó en un carro y llevó a CEMELI.

Cuando Luis llegó a la CEMELI el personal los ayudó a sacar a todos del carro. Todos los ojos del parqueo miraban la escena de los tres quemados entrando a la clínica en silencio. Desde que Luis pudo se montó en el carro y volvió al barrio a buscar a sus hijos, pero cuando llegó otra vez a su casa encontró las calles cerradas por las autoridades. Un vecino que se encontró le dice que su esposa Eridania se fue a casa de su mamá.

Cuando Eridania llegó a la casa de su suegra no podía llamar a Luis porque nadie andaba con celular, pero a los pocos minutos entró por el marco de la puerta su esposo. Ahí se reunieron todos.

Luis Matos llevó a Eridania a la CEMELI y dejó a sus hijos con su mamá.

En Brisas del Palmar, desde su ventana, José Abreú, un joven de 23 años, había visto toda la escena de Don Nilson, Doña Juana, Julissa y su bebe. Salió de su casa y encontró el patio del vecindario en candela. Su reflejo fue entrar a la marquesina, sacar el carro de su papá y montar a Julissa y a su niña y llevarlas a La Unión Médica. En el viaje iba callado, nervioso y rápido. Miraba por el retrovisor y escuchaba la bebe llorando y a Julissa gritando.

Cuando José Abreu llegó a la clínica contó en emergencia todo lo que sucedió y les entregó a Julissa y a la niña. Volvió al vecindario y cuando llegó le informaron que ya habían llevado a Don Nilson y a Doña Julissa a emergencias.

A Don Nilson lo había llevado Katherine Hernández y su papá, quienes luego de la explosión salieron al parque del vecindario y lo vieron tirado en la grama carbonizada. Mientras su padre sacaba el carro, ella con ayuda de otros vecinos tomaron a Don Nilson y lo entraron en el asiento de atrás. Lo llevaron a emergencias de La Unión Médica y ahí llamaron a sus familiares.

A Doña Juana la llevaron los Contreras, una pareja de vecinos que la montaron en su carro hasta el HOMS (Hospital Metropolitano de Santiago). Sus conductores temblaban, gritaban, y hablaban en voz alta por los nervios, iban más asustados que ella, pero ella les decía en absoluta calma que estaba tranquila y en paz, que no se preocuparan por ella.

El hijo de Grissel y Samuel, Braiden, murió inmediatamente con la explosión en su décimo mes de cumpleaños. Su cuerpo, chamuscado, fue encontrado por las autoridades luego de haber apagado el fuego.

En los días consecutivos las víctimas fueron llevadas a diferentes hospitales, donde fueron falleciendo. Gris murió el cinco de octubre. A ella le siguió su esposo, Juan Francisco, que murió el siete de octubre. Grissel murió el ocho y su hermana, la Gorda, falleció el día quince. Dos días después murió Samuel.

Nelson Osoria, Don Nilson, Doña Juana y Julissa también fallecieron en este mes de octubre. Los únicos dos sobrevivientes fueron el niño de la casa azul y la hija de Julissa, quien siempre estuvo en el pecho de su madre durante el accidente.

En total hubo doce muertos que han dejado a los familiares y vecinos completamente traumatizados. Eridania y Luis lloran recordando aquel día, condenan a la empresa de Coopegas y que esta no haya tenido ningún tipo de regulación del Estado. Luis Matos dice que tiene problemas para dormir en las noches y que se levanta a las cuatro de la madrugada cada día.

En el caso del vecindario Brisas del Palmar los vecinos están enojados con Coopegas y demandan que no se vuelva a abrir la planta. La señora Contrera que llevó a doña Juana, dice que no puede dormir en las noches y que cuando escuchan sonidos fuertes dentro de la casa se asustan. Uno de los vecinos de Don Nilson y Doña Juana dijo que “la única terapia que necesitamos para recuperar la tranquilidad paulatinamente es saber que esa planta no va a abrir.”

Limonal Arriba y la carretera La Peña respiran un aire fúnebre. Coopegas tiene plataformas de zinc que tapan la planta para que los curiosos no puedan ver hacia adentro, pero sí se da la vuelta a la calle donde residen Luis y Eridania, se puede ver la casa de De Los Santos destrozada, negra, y en su patio algunos juguetes y el coche de Braiden.

Han pasado 22 días desde el momento en que la vida se les torció a los habitantes de Limonal Arriba, en Santiago. Y desde entonces, lo que respiran es un aire fúnebre.