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La República 26 Febrero 2013
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MENSAJE DE LOS OBISPOS
Piden imitar honradez de Duarte


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Como Duarte, todo el que quiera salir triunfante en un proceso de liberación, ha de llevar consigo, como a un amigo, al sacrificio y la austeridad. Son los medios más eficaces en momentos de crisis morales, económicas y sociales para subsanar los errores pasados.

VII. Duarte: honradez, honestidad y transparencia
Duarte regresó de Venezuela el 14 de marzo de 1844, día de júbilo para la ciudad de Santo Domingo. El Gobernador Eclesiástico de la Arquidiócesis de Santo Domingo, el P. Tomás Portes e Infante, le saludó: “Salve Padre de la Patria”. Y fue nombrado miembro de la Junta Central Gubernativa y Comandante del Departamento de Santo Domingo, con encargo de coordinar con Pedro Santana la estrategia a seguir en la Guerra de Independencia.

Al no lograrse el acuerdo, después de la Batalla del 19 de Marzo, en Azua, la Junta ordenó a Duarte regresar a la Capital, y el Patricio entregó un pormenorizado informe sobre los gastos incurridos por la tropa, devolviendo el resto del dinero al Departamento de Hacienda. Ese dinero se lo habían entregado sin recibo y nadie le había dicho que tenía que rendir cuentas, pero él sabía que el dinero pertenecía al Estado y debía devolverlo a la Tesorería.

El 4 de febrero había dado prueba de su pureza como patriota y ahora la daba de su pulcritud como administrador. El 12 de abril de 1844, Duarte devolvió al Tesorero Nacional, Miguel Lavastida, $827 pesos de los $1,000 recibidos e hizo entrega de un informe pormenorizado de $173 pesos gastados en la tropa. Durante la campaña militar anotó cuidadosamente los gastos desde su salida, como eficiente Contador. He aquí el paradigma de honradez, honestidad y transparencia, para todo dominicano que participe en la política pública. Esta rendición de cuentas constituye un permanente ejemplo y estímulo para los gobernantes y ministros que manejan fondos públicos o administran dinero ajeno, teniendo a su disposición, hoy, tantos medios sofisticados para una rápida y exacta rendición de cuentas, que acredite su honorabilidad .

VIII. Duarte: democracia, defensa de la ley y bien común
En junio de 1844 Juan Pablo Duarte volvió a trabajar el proyecto de la Constitución de la República, manteniendo los principios proclamados el 16 de julio de 1838, rechazando el protectorado o cesión de la península de Samaná o cualquiera otra parte del territorio nacional.

En el proyecto de Constitución que elaboró, deja Duarte siempre claro la superioridad de la ley sobre toda dominación de persona o nación extranjera: “Siendo la Independencia Nacional la fuente y garantía de las libertades patrias, la ley suprema del pueblo dominicano es y será siempre su existencia política como Nación libre e independiente de toda dominación, protectorado, intervención o influencia extranjera, cual la concibieron los Fundadores de nuestra asociación política al decir (el 16 de julio de 1838) DIOS, PATRIA y LIBERTAD, REPÚBLICA DOMINICANA y fue proclamada el 27 de Febrero de 1844... declarando además que todo gobernante o gobernado que la contraríe, de cualquier modo que sea, se coloca ipso facto y por sí mismo fuera de la ley” .

Establece como fin último del Estado el principio del Bien Común: “Puesto que el gobierno se establece para bien general de la asociación y de los asociados, el de la Nación Dominicana es y deberá ser siempre ante todo, propio y jamás de imposición extraña...”. Pero, más que nada define el carácter del gobierno: debe de ser propio, no impuesto; popular, procedente de la voluntad del pueblo; electivo, fruto de un proceso electoral; representativo, de las voluntades e intereses de sus electores; republicano, elegido y alternativo; y sobre todo, responsable de sus actos. Y para la mejor y más pronta expedición de los negocios públicos se distribuye en poder municipal, legislativo, judicial y ejecutivo.

IX. Duarte: gratitud y sentido de justicia
Duarte tuvo un sentido de la justicia que guió todos sus pasos. En las relaciones personales fue siempre fiel, y en las políticas coherente con sus ideas libertarias.

Por encomienda de Junta Central Gubernativa, Duarte marcha al Cibao en labor conciliadora. Se detiene en Cotuí, La Vega, Santiago y Puerto Plata; y en esos pueblos, empezando por La Vega, es proclamado candidato a la Presidencia de la República.

Ante el pronunciamiento de Puerto Plata, Duarte responde desde Santiago, el 20 de Julio de 1844: “Sensible a la honra que acabáis de hacerme, dispensándome vuestros sufragios para la primera magistratura del Estado, nada me será más lisonjero que saber corresponder a ella llenando el hueco de vuestras esperanzas, no por la gloria que de ello me resultaría, sino por la satisfacción de veros, cual lo deseo, libres, felices, independientes y tranquilos, y en perfecta unión y armonía llenar vuestros destinos, cumpliendo religiosamente los deberes que habéis contraído para con Dios, para con la Patria, para con la Libertad y para con vosotros mismos. Me habéis dado una prueba inequívoca de vuestro amor, y mi corazón agradecido debe dárosla de gratitud. Ella es ardiente como los votos que formo por vuestra felicidad. Sed felices, hijos de Puerto Plata, y mi corazón estará satisfecho aún exonerado del mando que queréis que obtenga; pero sed justos lo primero, si queréis ser felices. Ése es el primer deber del hombre; y sed unidos, y así apagaréis la tea de la discordia y venceréis a vuestros enemigos, y la Patria será libre y salva. Yo obtendré la mayor recompensa, la única a que aspiro: el veros libres, felices, independientes y tranquilos” .

En una carta dirigida por Duarte a su amigo Félix María Del Monte, señala: “Escrito está: ´Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque ellos serán hartosª; y el buen dominicano tiene hambre y sed de la justicia ha largo tiempo, y si el mundo se la negare, Dios, que es la suma bondad, sabrá hacerla cumplida y no muy dilatado...” . También se refiere al desacuerdo de los enemigos de la Patria, respecto “del amo que quieren imponerle al pueblo”. Y termina la carta a su amigo Del Monte con un rasgo cariñoso: “Mil cariños a los niñitos y mándame decir cuántos tienes y cómo se llaman y su edad...” .

X. Duarte: perseverancia en la fe y moral católica
Respecto a las creencias religiosas, en su proyecto de constitución Duarte redactó: “La religión predominante deberá ser siempre la Católica, Apostólica, sin perjuicio de la libertad de conciencia y tolerancia de cultos y de sociedades no contrarias a la moral y caridad evangélicas”.

Estando exiliado en Venezuela, en 1857, un misionero de origen italiano (el padre Juan Bautista Sangénis) se encuentra con Duarte y lo convence de trasladarse a San Fernando de Apure, más cerca de la civilización. Reanimado Juan Pablo por la amistad con el sacerdote, quien al conocer su historia de sufrimiento, su robusta fe cristiana, su amplia formación académica, disciplina religiosa y el conocimiento de la lengua latina, le dio una definida orientación a abrazar la carrera eclesiástica; sin duda que Juan Pablo recordaría a los sacerdotes que trató en su niñez y adolescencia en la Iglesia de Santa Bárbara, al Dr. José Ruiz, abogado, quien al enviudar, se había ordenado sacerdote, y luego a su hijo Alejo Ruiz, quien también ingresó al estado clerical, cumpliendo ambos su misión sacerdotal en la Iglesia de Santa Bárbara .

“Por gratitud a él (Padre Sangénis), ñdice Juan Pablo en sus notasñ me avecindé en el Apure. Quería que me dedicara a la Iglesia, pero los asuntos de mi Patria, que esperaba concluir, me impedían tomar estado” .

Duarte permaneció católico aunque en aquellos tiempos muchas personas identificaban al imperio español y al catolicismo, y confundían uno y otro; permaneció católico a pesar de que un miembro cualificado de la misma Iglesia pidiera obediencia a los mandatos y órdenes del general Pedro Santana y de la Junta Central Gobernativa, la que un mes más tarde declararía como traidores infieles a la Patria a los próceres de la Independencia. La fe cristiana mostrada en el juramento trinitario y la invocación de Dios en la primera palabra del lema sagrado, el incluir la Biblia y la cruz en el escudo revelan cómo conservó su fe. En su vida personal, siempre conservó un comportamiento piadoso, al punto que estando en Venezuela, su párroco le recomendó que ingresara al sacerdocio.

Mons. Juan Félix Pepén Solimán, escribiendo sobre la importancia de la religión en Juan Pablo Duarte, destaca: “La profunda fe religiosa de Duarte es algo que se hace evidente en toda su vida”. En ese sentido, añade: “Duarte fue, quizás sin saberlo, un místico, por vocación y por práctica. Un hombre que hizo de cuanto don recibió de Dios, un instrumento de servicio a los hombres. Un varón en permanente comunicación, por los vínculos sutiles de la fe y el amor con el Creador” .

Daniel Nicanor Pichardo Cruz, secretario general y administrador del Instituto Duartiano, señala que “el apóstol de la dominicanidad, Juan Pablo Duarte y Diez, llamado por Joaquín Balaguer ´El Cristo de la Libertadª, formado en los principios del cristianismo, militó toda su vida, por su actuación y por su comportamiento, en el catolicismo” .

El Arzobispo Fernando Arturo de Meriño, que conoció a Duarte en Venezuela, dice de él: “Educado en la piedad religiosa, guardó siempre intacto el tesoro de su fe y acudía al Señor en las congojas de su corazón. En su grande alma mantuvo altar para su Dios y para su patria, y así sus virtudes cívicas llevaban el suavísimo perfume de sus virtudes cristianas” .

XI. Duarte: humildad y sufrimiento
El 22 de agosto de 1844 la Junta de Gobierno daba a conocer el documento firmado por Bobadilla y Caminero con la disposición que declaraba a Duarte, Sánchez, Mella, Pedro Pina, Gregorio del Valle, Juan Jiménez, J. J. Illás y Juan Isidro Pérez, “traidores e infieles a la Patria, y como tales, indignos de los empleos y cargos que ejercían, de los que quedan depuestos y destituidos desde este día; ordena que todos ellos sean inmediatamente desterrados y extrañados a perpetuidad del país, sin que puedan volver a poner el pie en él, bajo pena de muerte...”. Este decreto revela la afrenta y dolor profundo sufrido con humildad por Duarte y los demás trinitarios; precio amargo, pagado para que hoy tengamos un nombre y una nacionalidad.

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