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25 Octubre 2014, Santo Domingo, República Dominicana, actualizado a las 8:10 PM
La República 11 Febrero 2013
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LA RUTA DE LA VIOLENCIA
Una optimista que superó la tormenta
LA PEOR PARTE DE SU PROCESO SE DIO DESPUÉS DE LA DECISIÓN DE SEPARARSE
  • Zoila Fernández, sobreviviente de violencia de género.
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Isabel Soldevila
maria.soldevila@listindiario.com
Santo Domingo

Zoila Fernández desborda seguridad en sí misma. Tiene una mirada honda como el tiempo y una sonrisa pegajosa que invita a reír con ella. Camina derechita, como dueña de su menudo cuerpo, lleva sus rizos al aire y tiene proyectos, sueños, metas profesionales y sociales que le ocupan tiempo y esfuerzos.

Una la ve y no se imagina que esta radiante mujer de Pimentel, provincia Duarte, que es odontóloga y madre vivió 12 años con miedo.

A veces esos ojos sabios la delatan. Se ensombrecen y muestran un dolor que toma tiempo para sanar.

La violencia que vivió Zoila Fernández no se ve en la piel. Ella la califica de “sutil”, aunque terminar escondida en un apartahotel con su hijo mientras esperaba la actuación la Fiscalía del Distrito contra un agresor que destruyó desde muebles y documentos hasta los zócalos de la casa no es algo para tomar a la ligera. No le quedó un solo objeto material, pero sí la vida para vivir, su hijo para verlo crecer y fuerzas para ayudar a otras a superar la violencia.

“Como la mayoría de las mujeres sufrí el combo de la violencia: violencia sexual, violencia patrimonial o económica, violencia física”. El tratamiento que ha recibido en el Centro de Atención para Sobrevivientes de Violencia de la Fiscalía del Distrito Nacional le ha permitido reflexionar sobre los niveles de agresión que fueron impactando su ser.

Penúltima de una familia muy unida y muy tradicional de siete hermanos, con un padre proveedor, cariñoso y exigente y una madre ama de casa, protectora, abnegada y líder de su comunidad católica, Zoila Fernández siempre soñó con formar su propio núcleo.

Ese deseo de mantener una familia la llevó a sorportar los silencios prolongados, el encierro en sí mismo de su pareja; la inestabilidad laboral producto del mal carácter de su entonces esposo y luego los gritos, los insultos.

Aguantaba callada y adaptaba su carácter, sus inquietudes, sus dudas, sus anhelos. Trabajaba más para suplir la ausencia de colaboración económica de su compañero. Callaba sus problemas y angustias para no molestarlo. “Una se va secando por dentro”, reflexiona en voz alta Zoila Fernández, y esos ojos que la delatan recuerdan los años de soledad en compañía.

Violencia estructural
En República Dominicana, donde hay unos 200 feminicidios cada año, según estadísticas de la Procuraduría General de la República, la cultura de la violencia contra las mujeres está tan arraigada que sus primeras manifestaciones datan de la época colonial.

En su más reciente libro “La población dominicana: razas, clases, mestizaje y migraciones”, el historiador Franklin Franco documenta la primera denuncia de violencia de género que se conoce en este territorio: la hizo el padre Las Casas, y se refería a la indignación que llevó a los taínos a quemar el Fuerte de la Navidad tras la violación de las mujeres nativas.

Zoila Fernández se acostumbró a sentir siempre miedo. A que la culpa por cada enojo, por cada percance recayera sobre ella. Es lo que había visto desde pequeña. ¿Por qué tendría que ser diferente en su casa?

A los 16 años llegó a la capital a estudiar. Aquí se unió a sus hermanos, que empezaron a compartir tareas: ya no solo cocinaban y fregaban las mujeres. Se abría un mundo de posibilidades y Zoila Fernández se adaptó sin problemas a su nueva situación.

Su exesposo, al que define como un hombre “muy bien preparado y una persona muy inteligente” llegó después a su vida. Se casaron cuando ella tenía 29 años y él 40, tras seis meses de un noviazgo en el que ella se sintió libre, aceptada, apoyada. “¿Qué es lo que más me molestaba? No hablaba. Si había una diferencia, simplemente no hablaba. Era una pared. Llega un momento en que una no encuentra qué hacer”.

Ese silencio pesado estanba en todo, y la enmudeció a ella. “Si tenía algún problema y quería contarle me decía: ‘ahí vienes tú a quejarte’. Si había algún reclamo, no podía decir nada, pues temía que de allá para acá viniera una agresión”.

Y la hubo. Una vez, por un reclamo vinculado a asuntos económicos, su esposo la empujó delante de su hijo. “Ahora reconozco que eso es violencia física. Ese fue el momento en que decidí que no iba a estar reclamando. Entiendo que no recibí violencia física de mayor envergadura porque me mantuve todo el tiempo callada, soportando sin hablar. En mí lo que más pesó fue el deseo de mantener la familia”. Zoila Fernández no se separó por ella. Lo hizo al saber que su hijo había sido víctima de maltratos Ella pensaba que su infierno era lo normal. Apoyo emocional

Este renglón del Núcleo ofrece apoyo emocional a mujeres, adolescentes, niños y niñas que presenten diferentes problemáticas a nivel psicológico, teniendo como eje central de trabajo los casos de violencia de género. Yohanny Lucrecia es colaboradora de la entidad. Invisible

En mi casa nunca se discutió, mis vecinos no pueden decir que escucharon una discusión, ni que vieron una pelea. Era un matrimonio que se manejaba dentro de los cánones de normalidad, siempre y cuando yo no me quejara", explica Zoila Fernández.  una rutina que le ha costado tiempo y chorro de llanto. Yohanny es madre de tres varones y la niña “Me sentía orgullosa de mantener un matrimonio estable, a pesar de estar con un hombre agresivo. Ahora, estaba pagando un precio por eso”.  “Siteníamos alguna diferencia él iba manejando se ponía agresivo y en determinados momentos yo sentía temor de que adrede chocara o se tirara por el Malecón. Era muy sutil, pero una sabe”, cuenta Zoila Fernández, sobreviviente de violencia de género.

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DESPUÉS DE SEPARACIÓN SE DESATÓ LA TORMENTA

MALTRATO A SU HIJO
Es al llevar a su hijo a tratamiento por lo que sospechaba era hiperactividad, que se da cuenta de que era víctima de maltrato físico y psicológico. “Mucho tiempo después me contó que su papá lo agarró por cuello y lo estrelló en la cama”. También que lo golpeó en el carro por haber llevado un juguete al colegio.  Trataron llevar al padre a terapia, pero al retirarle la palabra al niño, romperle su computadora y llegar hasta a amenazarlo de muerte, Zoila Fernández entendió que no podía esperar más para actuar. “El mismo psicólogo me remitió a la Fiscalía”. Aún pensaba que la situación podía salvarse. Se equivocó.

Persecución
“En el último año supe que era una persona celosa y no lo expresaba. Me daba seguimiento a mi celular”.

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