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La República 31 Enero 2013
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ENFOQUE
Vicente Rubio y su amor por RD
LIBRO RESALTA LA IDENTIFICACIÓN DEL RELIGIOSO CON REPÚBLICA DOMINICANA
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Fray Juan José de León Lastra, O.P.
Santo Domingo

Fray Vicente Rubio falleció a principios de enero de 2006. Previo a la muerte hubo de pasar por una penosa enfermedad, que afectó a su psiquismo, alzhéimer. Fray Vicente fue un admirado predicador. 

Enviado a la República Dominicana a restaurar la Orden en esa nación en 1954, pronto atrajo la admiración de quienes le fueron conociendo. Allí se interesó por aquellas gentes y por su historia. La República Dominicana, forma parte de la isla La Hispaniola. En ella se produjeron los primeros asentamientos de los españoles en el Nuevo Mundo que luego se llamaría América. Allí  se inició también la presencia oficial de la Iglesia. Santo Domingo es la iglesia primada de América. Allí se fundó la primera Universidad de América en 1538. Pero, sobre todo, allí se desencadenó la reflexión, llevada a España luego, sobre la legitimidad de la presencia de los españoles y los derechos de los nativos. Quien la originó fue la comunidad de dominicos, llegada en el 1510 que encargó a Antón Montesino pronunciar el  21 de diciembre de 1511  su conocido sermón: ¿Es que estos nos son hombres...?,  Al tomar conciencia del gran relieve de la historia del suelo que pisaba, el de la República Dominicana, fray Vicente se entusiasmó por conocer y dar a conocer la verdad de lo acontecido. No sólo en esos primeros momentos, sino también en tiempos posteriores. Sin olvidar a la población que ocupa esas tierras antes de que en ellas desembarcara Colón. De ahí que fray Vicente fue llamado por la Administración de la República para trabajar y ahondar en la documentación de distintos archivos oficiales. Los archivos de Santo Domingo eran claramente insuficientes, por lo que pasó largas temporadas en Sevilla investigando en el Archivo General de Indias.

Fray Vicente fue un minucioso investigador. Pero siempre recelaba de dar a conocer lo por él hallado. Temía que aparecieran nuevos documentos, nuevas fuentes informativas que no apoyaran las conclusiones a las que había llegado. Se animó a publicar algunos de sus hallazgos en el suplemento sabatino de un periódico de la Isla, El Caribe. Algunos que pudimos tener acceso a la lectura de sus trabajos le insinuamos que éstos no eran materia de una publicación diaria, sino de revistas especializadas, o de un libro. Tanta era la erudición que mostraban y el valor documental que ofrecían. Además, fray Vicente utilizaba un cuidadoso lenguaje, que, además, por su fluidez y riqueza, permitía una agradable lectura.

Pues bien, la fundación García Arévalo, en concreto su propio fundador, D. Manuel A. García Arévalo, ha logrado recoger varios de esos artículos de “periódico”,  y con ellos ha preparado una cuidada publicación bajo el nombre  “Indigenismo de ayer y de hoy”. Mucho hemos de agradecer dicha publicación. No se puede menos que aconsejar con viveza su lectura. Además de tratar sobre reconocidos personajes de la presencia española en la Isla, se descubrirán otros que inmerecidamente han pasado desapercibidos. Todos bien estudiados desde la seria investigación en sus vidas, y reinterpretados con tanta agudeza como justicia.

Pero sobre todo lo más interesante es que el libro descubre la persona del P. Vicente Rubio a quienes no le conocían o poseían un conocimiento limitado. A partir de este libro surge como urgencia la tarea de dar a la luz lo mucho no editado, pero sí elaborado sesudamente por el P. Vicente Rubio. No puede quedar oculto lo que tanto puede iluminar. No sólo a especialistas, sino, y sobre todo, a cualquiera que le interese la verdad de la historia del lugar donde primero se aposentaron los españoles y de personajes que, relacionados con La Hispaniola, de una manera u otra, tuvieron misiones de relieve en otros lugares de América. Es un libro, pues, iceberg. Aflora para indicar lo mucho que está escondido. Y no debe estarlo.

El libro es presentado por Mons. Francisco José Arnaiz, S.J., obispo emérito de Santo Domingo. Mons. Arnaiz, que conoció de cerca al P. Rubio, presenta la obra de los dominicos en la isla para encuadrar la persona y las tareas del P. Vicente: la admiración que produjo su predicación así como sus investigaciones sobre la ciudad, y lo que hemos indicado sobre la historia de la nación; así como su carácter acogedor, que mereció que tantas personas acudieran a él para recibir consejos y estímulos en su vida cristiana. 

Tras el prólogo de Monseñor Arnaiz, el editor, D. Manuel A. García Arévalo, nos introduce en el conocimiento del P. Vicente Rubio y en los asuntos que aborda el libro. Su introducción manifiesta el lúcido trabajo realizado al seleccionar los artículos, con perdón de la redundancia, muy bien articulados. Una gran labor la del Dr. García Arévalo al presentar y editar el libro. Es necesario valorarla y agradecérsela.

El punto de partida de la reivindicación de un trato justo a los indios no podía ser otro que el sermón de Montesino. Venciendo oposiciones de relevantes personajes de la política e incluso de la religión, las tesis defendidas por la primera comunidad de la Orden de Predicadores en América, que expuso fray Antón reiteradamente con tanta fuerza y claridad el 21 de diciembre de 1511, fueron decisivas para que un año después aparecieran las Leyes de Burgos, seis meses más tarde las de Valladolid y en 1514, en octubre,  la Cédula Real de la Coruña. Ese sermón determinó la conversión de Bartolomé de las Casa en defensor del indio. El P. Rubio es nítido defensor de la figura del “defensor de los indios”. Por cierto a él pertenece un trabajo relevante que recoge cartas de Bartolomé de las Casas que él organiza, presenta e interpreta en una larga introducción, que está esperando desde hace años su edición. El libro va haciendo aparecer otras figuras de dominicos empeñados en la justicia en el trato con el indio como Julián Garcés. Así como la relevante figura del obispo de Santo Domingo, Sebastián Ramírez de Fuenleal, gran indófilo, defensor en España de Bartolomé de las Casas, que quiso  ser enterrado en el convento de dominicos por él fundado, en Villaescusa de Haro.

Ahora bien, el hilo conductor del libro es el indigenismo, como reza su título. Más en concreto lo referente al mestizaje. Pronto aparecieron figuras mestizas de relieve: en el gobierno de los territorios, en la literatura, en la vida religiosa.  El P. Rubio expone cómo fue deseo de la Corona que se realizara ese mestizaje. No oculta  el P. Rubio las atrocidades que se cometieron con los indios, señalando personajes concretos. En fin, al final del libro ofrece una reflexión de cómo siglos después el indígena ha sido maltratado en diversos lugares de América, sin que aparecieran voces claras y contundentes, como la de Montesino o Bartolomé de las Casas que lo denunciaran, ni respuesta política como la que se produjo  siglos antes por parte de la Corona española.

Volviendo sobre lo antes indicado, con estas líneas no pretendo ofrecer solo una recensión del libro, que mereciera una pluma más autorizada que la mía.  Mi intención es despertar el interés por la figura del P. Vicente Rubio y porque salgan a luz sus muchos trabajos inéditos. Es una muestra de lo que el P. Rubio era capaz de ofrecer a un simple suplemento de periódico. Sin publicar quedan trabajos de investigación por él realizados, que rebasan el ámbito y la exigencia de un suplemento semanal de diario. Él no se concedió a sí mismo ese mérito de ser autor y mostrar los resultados de su esfuerzo y bienhacer investigador.Su humildad debe de ser premiada sacando a la luz lo que “está oculto debajo del celemín”. 

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